Évano
Libre, sin dioses.
La carretera es nueva, zigzagueante, llana y atraviesa un angosto valle que comunica por fin, después de siglos, dos aldeas vecinas. Estamos a principios de agosto, en un lunes de sol radiante. Alberto y sus dos hijas pasean en bicicleta la poco transitada carretera de alta montaña. Las laderas del valle se alzan en verdes mientras el rumor del río se oye cercano.
Alberto se ha desviado por un sendero que corretea junto al río. Es muy antiguo, el utilizado desde siempre para ir de una a otra aldea. Es estrecha, ideal para hacer senderismo, aunque incómoda para la bicicleta; aún así, Alberto, decide adentrase un poco, hasta donde emana una fuente de agua fresca y deliciosa.
La bicicleta de montaña traquetea a causa de los cantos rodados del sendero. Este sí tiene subidas y bajadas, aunque no excesivas.
Tras girar a la derecha, antes de divisar a la fuente, se encuentra con un pequeño descampado que hay entre los matorrales. Hay un círculo de piedras en él. Un montón de ascuas, casi apagadas, y una cruz en medio donde, atada, cuelgan los restos de una persona carbonizada.
-¡Parad, no sigáis! -grita mientras se da la vuelta-.
Al arribar junto a las hijas, Alberto dice, disimulando todo lo que puede:
-Mejor que volvamos a casa, estoy un poco cansado.
Dos días antes.
Las mesas del bar las ocupan gente jugando a las cartas; al mus unos, otros al tute. En los seis taburetes de la barra están una pareja que discute y Alberto. Las otras tres se van llenando y vaciando por personas que van y vienen de las partidas. Son las doce de la noche y la camarera vuelve a rellenar la jarra de cerveza de Alberto.
-Haces cara de enfadado hoy, Alberto.
-Te lo puedes imaginar. Mi mujer... no quería venir de vacaciones al pueblo, como cada año.
-Es normal, yo también preferiría unas vacaciones en la playa... Benidorm, Mallorca, Marbella... ¡No puedes enfadarte por eso! Mira a esa pareja, discuten por lo mismo, creo.
-¡Menudo bombón! Yo haría otra cosa con ella, y no discutir, precisamente.
-¿Teniéndome tan cerca y asegurada... te aventuras?
La camarera se ha ido a continuar con su trabajo. Alberto aprovecha para desnudar con la vista a la joven que discute. Es alta y delgada, rubia, con cara de Barbie y luce un vestido rojo sin mangas, muy corto, tanto que al sentarse enseña las bragas. Alberto está excitado, tanta discusión con su mujer le baja la bilirrubina y le alarga el tiempo de hacer el amor, cada vez más. El hombre que acompaña a la barbie está de espaldas a él. De pronto sale del local, a la terraza, y enciende un cigarrillo. Nervioso pasea una y otra vez la puerta, mirando a su compañera, hasta que, cigarrillo en mano, da unos cuantos pasos en el interior del local y le grita: "¡Me largo, ahí te quedas, busca quien te lleve a dónde te dé la gana! ¡A la mierda, hija de puta!"; y se marcha, tras mirar de reojo a un Alberto absorto en la joven, un Alberto que no parece haber oído el insulto. La gente del bar ha girado en dirección a los gritos y luego a la mujer, que mantiene la cabeza gacha. Al momento vuelven a sus pasatiempos. El hombre de los insultos se ha refugiado en su coche y fuma muy nervioso mientras juguetea con una pistola.
Alberto, con la excusa de ver mejor la televisión, se acerca al taburete continuo a la joven y la invita a una copa. Extrañado por el sí de la bella mujer, recibe la mirada de reprobación de la camarera, amiga suya. Él entiende esos ojos que en silencio le dicen un " Te estás metiendo donde no te llaman, tendrás problemas". "Problemas ya tengo", se dice.
Más de una hora dan para mucha bebida y charla, incluso para intimidar, si se quiere. Ebrios, casi los últimos, abandonan el bar y se encaminan al coche de Alberto. La mujer le ha dicho que quiere ir tomar otras copas, a alguna cafetería o discoteca que conozca. No se han dado cuenta que una sombra sudorosa los acecha desde el interior de un vehículo, una sombra que continua jugueteando con una pistola.
Alberto se detiene a las puertas del Seta León y coge por la cintura a la mujer. Se ha dicho: "Ahora o nunca. Si me rechaza por lo menos lo habré intentado". Reticente al principio, la joven se deja besar y ser atraída por unas manos que acarician cinturas y posaderas; se ha dejado desnudar por completo, allí mismo, tan cerca del bar, a la luz de una farola que los delata. El hombre sale de las sombras con la pistola fuertemente empuñada. Silencioso se aproxima a los inconscientes que se besan y manosean con pasión. Está al otro lado del vehículo, apuntando a la cabeza del Alberto. La joven se ha dado cuenta, pero continúa dejándose tocar sus partes íntimas, manteniendo los ojos fijos en quién no hace mucho la llamó hija de puta.
El ruido de la puerta del bar se oye al abrirse.
-Aquí no, vayamos a un lugar más tranquilo. Nos pueden ver -le susurra a Alberto, excitada y con la mirada aún sobre el hombre de la pistola.
Alberto aparca el vehículo detrás de unos árboles próximos a la carretera. La luz interior los alumbra. Es una pequeña luminosidad de lujuria en medio de una noche oscura e inmensa. No hay nadie cerca. No hay nada que moleste, o eso es lo que piensan. A las puertas del orgasmo, Gloria, que así se llama la mujer, ve cómo alguien está mirándolos por los cristales empañados del coche; pero no se detiene, sino que incrementa y exagera los gestos y los gemidos de placer, aún después de haberle dicho a Alberto que alguien los espía. A Alberto no le ha importado, está demasiado entretenido con la desnudez de ella. El rostro del hombre se difumina por la oscuridad de la noche y por los cristales empañados. "Puede ser cualquiera", le ha comentado a Alberto; "Pero ojalá fuera el idiota de mi amante". Alberto no piensa parar, sino que está más excitado por ello.
Suena el teléfono del móvil de Alberto. Lo saca del bolsillo de un pantalón que anda por los suelos y se cerciora de quién es la llamada, aunque sabe perfectamente que es de su mujer. Le han dado ganas de darle a la tecla del dibujito del teléfono verde, para que su mujer oiga cómo hace el amor con otra, que sienta recorrer la saliva entre los pechos de Gloria, y entre el cuello y la nuca y la espalda y las nalgas y los muslos y el vientre y la entre pierna; para que disfrute como él; pero se ha retenido y lo ha dejado sonar. El mirón ha estado observando mientras se masturbaba, incluso le ha enseñado el pene a Gloria, la cual bajó la ventanilla para hacerle una felación, pero sin querer mirar el rostro. A Alberto tampoco le ha importado compartir a su reciente compañera de juegos amorosos. Una vez eyaculado, el mirón se ha marchado y Alberto y Gloria, después de fumar un canuto de marihuana, descansan un poco para volver a hacer el amor una y otra vez, hasta el amanecer.
Alberto no ha querido volver con su mujer y ha alquilado una casa rural, "Por unos días", le ha dicho al recepcionista antes de pagar con tarjeta de crédito el adelanto. Ha oído el mensaje dejado por Ana en el contestador de su teléfono móvil. Ana es su mujer, pero no quiso llamarla, ha preferido irse a la cama con la todavía desnuda Gloria.
Continúa abajo...
Alberto se ha desviado por un sendero que corretea junto al río. Es muy antiguo, el utilizado desde siempre para ir de una a otra aldea. Es estrecha, ideal para hacer senderismo, aunque incómoda para la bicicleta; aún así, Alberto, decide adentrase un poco, hasta donde emana una fuente de agua fresca y deliciosa.
La bicicleta de montaña traquetea a causa de los cantos rodados del sendero. Este sí tiene subidas y bajadas, aunque no excesivas.
Tras girar a la derecha, antes de divisar a la fuente, se encuentra con un pequeño descampado que hay entre los matorrales. Hay un círculo de piedras en él. Un montón de ascuas, casi apagadas, y una cruz en medio donde, atada, cuelgan los restos de una persona carbonizada.
-¡Parad, no sigáis! -grita mientras se da la vuelta-.
Al arribar junto a las hijas, Alberto dice, disimulando todo lo que puede:
-Mejor que volvamos a casa, estoy un poco cansado.
Dos días antes.
Las mesas del bar las ocupan gente jugando a las cartas; al mus unos, otros al tute. En los seis taburetes de la barra están una pareja que discute y Alberto. Las otras tres se van llenando y vaciando por personas que van y vienen de las partidas. Son las doce de la noche y la camarera vuelve a rellenar la jarra de cerveza de Alberto.
-Haces cara de enfadado hoy, Alberto.
-Te lo puedes imaginar. Mi mujer... no quería venir de vacaciones al pueblo, como cada año.
-Es normal, yo también preferiría unas vacaciones en la playa... Benidorm, Mallorca, Marbella... ¡No puedes enfadarte por eso! Mira a esa pareja, discuten por lo mismo, creo.
-¡Menudo bombón! Yo haría otra cosa con ella, y no discutir, precisamente.
-¿Teniéndome tan cerca y asegurada... te aventuras?
La camarera se ha ido a continuar con su trabajo. Alberto aprovecha para desnudar con la vista a la joven que discute. Es alta y delgada, rubia, con cara de Barbie y luce un vestido rojo sin mangas, muy corto, tanto que al sentarse enseña las bragas. Alberto está excitado, tanta discusión con su mujer le baja la bilirrubina y le alarga el tiempo de hacer el amor, cada vez más. El hombre que acompaña a la barbie está de espaldas a él. De pronto sale del local, a la terraza, y enciende un cigarrillo. Nervioso pasea una y otra vez la puerta, mirando a su compañera, hasta que, cigarrillo en mano, da unos cuantos pasos en el interior del local y le grita: "¡Me largo, ahí te quedas, busca quien te lleve a dónde te dé la gana! ¡A la mierda, hija de puta!"; y se marcha, tras mirar de reojo a un Alberto absorto en la joven, un Alberto que no parece haber oído el insulto. La gente del bar ha girado en dirección a los gritos y luego a la mujer, que mantiene la cabeza gacha. Al momento vuelven a sus pasatiempos. El hombre de los insultos se ha refugiado en su coche y fuma muy nervioso mientras juguetea con una pistola.
Alberto, con la excusa de ver mejor la televisión, se acerca al taburete continuo a la joven y la invita a una copa. Extrañado por el sí de la bella mujer, recibe la mirada de reprobación de la camarera, amiga suya. Él entiende esos ojos que en silencio le dicen un " Te estás metiendo donde no te llaman, tendrás problemas". "Problemas ya tengo", se dice.
Más de una hora dan para mucha bebida y charla, incluso para intimidar, si se quiere. Ebrios, casi los últimos, abandonan el bar y se encaminan al coche de Alberto. La mujer le ha dicho que quiere ir tomar otras copas, a alguna cafetería o discoteca que conozca. No se han dado cuenta que una sombra sudorosa los acecha desde el interior de un vehículo, una sombra que continua jugueteando con una pistola.
Alberto se detiene a las puertas del Seta León y coge por la cintura a la mujer. Se ha dicho: "Ahora o nunca. Si me rechaza por lo menos lo habré intentado". Reticente al principio, la joven se deja besar y ser atraída por unas manos que acarician cinturas y posaderas; se ha dejado desnudar por completo, allí mismo, tan cerca del bar, a la luz de una farola que los delata. El hombre sale de las sombras con la pistola fuertemente empuñada. Silencioso se aproxima a los inconscientes que se besan y manosean con pasión. Está al otro lado del vehículo, apuntando a la cabeza del Alberto. La joven se ha dado cuenta, pero continúa dejándose tocar sus partes íntimas, manteniendo los ojos fijos en quién no hace mucho la llamó hija de puta.
El ruido de la puerta del bar se oye al abrirse.
-Aquí no, vayamos a un lugar más tranquilo. Nos pueden ver -le susurra a Alberto, excitada y con la mirada aún sobre el hombre de la pistola.
Alberto aparca el vehículo detrás de unos árboles próximos a la carretera. La luz interior los alumbra. Es una pequeña luminosidad de lujuria en medio de una noche oscura e inmensa. No hay nadie cerca. No hay nada que moleste, o eso es lo que piensan. A las puertas del orgasmo, Gloria, que así se llama la mujer, ve cómo alguien está mirándolos por los cristales empañados del coche; pero no se detiene, sino que incrementa y exagera los gestos y los gemidos de placer, aún después de haberle dicho a Alberto que alguien los espía. A Alberto no le ha importado, está demasiado entretenido con la desnudez de ella. El rostro del hombre se difumina por la oscuridad de la noche y por los cristales empañados. "Puede ser cualquiera", le ha comentado a Alberto; "Pero ojalá fuera el idiota de mi amante". Alberto no piensa parar, sino que está más excitado por ello.
Suena el teléfono del móvil de Alberto. Lo saca del bolsillo de un pantalón que anda por los suelos y se cerciora de quién es la llamada, aunque sabe perfectamente que es de su mujer. Le han dado ganas de darle a la tecla del dibujito del teléfono verde, para que su mujer oiga cómo hace el amor con otra, que sienta recorrer la saliva entre los pechos de Gloria, y entre el cuello y la nuca y la espalda y las nalgas y los muslos y el vientre y la entre pierna; para que disfrute como él; pero se ha retenido y lo ha dejado sonar. El mirón ha estado observando mientras se masturbaba, incluso le ha enseñado el pene a Gloria, la cual bajó la ventanilla para hacerle una felación, pero sin querer mirar el rostro. A Alberto tampoco le ha importado compartir a su reciente compañera de juegos amorosos. Una vez eyaculado, el mirón se ha marchado y Alberto y Gloria, después de fumar un canuto de marihuana, descansan un poco para volver a hacer el amor una y otra vez, hasta el amanecer.
Alberto no ha querido volver con su mujer y ha alquilado una casa rural, "Por unos días", le ha dicho al recepcionista antes de pagar con tarjeta de crédito el adelanto. Ha oído el mensaje dejado por Ana en el contestador de su teléfono móvil. Ana es su mujer, pero no quiso llamarla, ha preferido irse a la cama con la todavía desnuda Gloria.
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