Un hombre ha muerto, y nadie llora.
Gotas vanas duermen en carne rojiza.
Gritos desgarran por nada los sentidos,
y matan al humo de culpabilidad.
Un hombre ha muerto, y nadie llora.
La muerte alimenta la eterna gula
de los egos de los andantes,
creyéndose mejores por un temblor de pecho.
Un hombre ha muerto, y nadie llora.
Consagran su recuerdo con plegarias falsas,
carne de plástico, vino de humo y uvas de corcho.
Creen no merecer la suerte
de los que ya la perdieron.
Un hombre ha muerto, y nadie llora.
Un humo gélido y verde brota,
cual longevo ciprés, de la chimenea egoísta,
y arranca de los tejidos viscerales
el oro de lo acontecido en suspiros.
Olvidamos que olvidar es un don
presente en los malnacidos enfermos.
Un hombre ha muerto, y nadie llora.
Pues es mejor arrancar perlas envidiosas
del tímido cielo de los cráneos esponjosos.
Vacilar ante el sobresalto de lo común,
soplar a los volcanes del paseo de la Tierra,
regalar papel en vez de horas, minutos, vidas.
Un hombre ha muerto, y nadie llora.
Llorar es hilo de violín que corta venas.
Sudores que jamás debieron independizarse.
Tanto erra el mono sabio de esquizofrenia,
que ni la duda desenvaina de la electricidad.
Un hombre ha muerto, y lloro.
¿Cuándo el hombre traspasó la barrera
del orgullo por sus actos, para curar
su magullado sentido común
con las penurias de los inocentes?
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