Tus ojos buscaban el abrazo acostumbrado, ese que anteriormente se nutria de la figura de tu cuerpo, que vagaba por los contornos de tu silueta.
Que bello era ser testigo presencial de tu primer parpadeo, aquel que cada mañana hacía resucitar mis fantasías.
Dónde habíamos dejado el pasado, por qué razón las razones se diluían y el tacto ya no sentía las caricias.
Era tiempo, era el momento. Cómo decírtelo, los años habían dejado al descubierto nuestros lazos y erosionado, lentamente, los muros de un palacio que juntos habíamos edificado. Los anocheceres solo traían consigo insomnios y ansiosos pecados, un frío polar y un retrato antiguo que era prueba suficiente de que éramos partícipes de un cambio.
Allí iba mi sombra, pendiente de mi cuerpo pero con la necesidad de separarse de tu lado, revolviendo pensamientos, calculando toda posibilidad, destruyendo la incertidumbre, ideando dónde conseguir luz cuando comience el temporal.
Allí quedabas tú, revolviendo libros, acomodando por enésima vez los mobiliarios, preparando una cena que nos mantendría callados, deshojando las flores en busca de un nuevo príncipe encantado. Y ninguno de los dos afrontaba la realidad que cada minuto golpeaba a la puerta, que cada instante, en nuestras conversaciones vagas, irrumpía para que enfrentemos el quiebre de un mundo que ya no era nuestro.
Que bello era ser testigo presencial de tu primer parpadeo, aquel que cada mañana hacía resucitar mis fantasías.
Dónde habíamos dejado el pasado, por qué razón las razones se diluían y el tacto ya no sentía las caricias.
Era tiempo, era el momento. Cómo decírtelo, los años habían dejado al descubierto nuestros lazos y erosionado, lentamente, los muros de un palacio que juntos habíamos edificado. Los anocheceres solo traían consigo insomnios y ansiosos pecados, un frío polar y un retrato antiguo que era prueba suficiente de que éramos partícipes de un cambio.
Allí iba mi sombra, pendiente de mi cuerpo pero con la necesidad de separarse de tu lado, revolviendo pensamientos, calculando toda posibilidad, destruyendo la incertidumbre, ideando dónde conseguir luz cuando comience el temporal.
Allí quedabas tú, revolviendo libros, acomodando por enésima vez los mobiliarios, preparando una cena que nos mantendría callados, deshojando las flores en busca de un nuevo príncipe encantado. Y ninguno de los dos afrontaba la realidad que cada minuto golpeaba a la puerta, que cada instante, en nuestras conversaciones vagas, irrumpía para que enfrentemos el quiebre de un mundo que ya no era nuestro.