Walter René
Poeta recién llegado
Hace unos meses andaba escaso de calcetines, lo normal es andar escaso de dinero o de amores pero el problema en fin era la merma de las medias; los tres pares en uso estaban más rotos que el corazón de un amante abandonado. Hago el súper en el súper de la zona, de paso aprovecho para ojear las novedades en el área de higiene, aunque en este país somos expertos en ensuciar más que en limpiar. Ese día los calcetines estaban al dos por uno, qué suerte la mía. Invierto más en las prendas de vestir que las chicas te sacan cuando te hacen el amor; en los calcetines ni reparan, con que lleves los dos del mismo color todo bien. En cambio las gentes que gastan en medias elegantes es porque van al gimnasio o juegan golf, yo no corro ni para coger el bus y juego al golf en pantalones largos. Me ahorré la mitad de la plata y el dinero restante lo utilicé para marcar a aquellas amistades que llamas cuando no tienes nada que hacer. Con el último minuto, por mera gana de desperdiciarlo, marqué a casa. Vivo solo y esperaba que el contestador diera la nota pero al tercer timbre una voz chillona saludó del otro lado con el típico "Aló". Anonadado corté, el estupor duró algunos minutos, los suficientes para que cuajara la idea de tomar el metro y sorprender al supuesto ladrón. Por si no lo he dicho, trabajé 10 años en la comisaría antes de ser escritor de novelas policiacas, toda una vida. Al llegar, encuentro la casa con el orden de las cosas que no han sido adulteradas. Sorprendido me digo, "Mariano, marcaste un dígito equivocado". Días después andaba en el mercado negro comprando películas oscuras para verlas por la noche con mi novia afroamericana que tiene gustos tétricos y se me ocurre telefonear otra vez. El procedimiento, el mismo y nuevamente al tercer pitido el ya esperado "Aló"; esta vez me armo de valor y pregunto por yo.
-¿Está Mariano Rajoy?
No, salió a comprarse unas películas de ciencia ficción.
-Muchas gracias.
Con el tiempo mis llamadas fueron periódicas y las respuestas también. La costumbre puede más que la sorpresa y lo que antes era motivo de asombro, pronto se volvió rutina. Pero hace unos días, en el ya consolidado itinerario de las llamadas telefónicas, marqué e hice la pregunta habitual, la voz dijo: "Sí, está, lo comunico", más helado que un muerto en el velorio espero en línea y alguien dice:
-Mariano Rajoy, para servirle, ¿con quién tengo el gusto?
-Hombre, conmigo, me llamo igual y estoy llamando a casa.
-Tocayo, qué coincidencia, precisamente hace unos días descubrí que mi línea interfiere con otras líneas y las llamadas se cruzan, eres el tercero que llama con la misma vaina.
-Ah, hombre, qué alivio, pensaba tomarme unas clorpromazinas y largarme de vacaciones al psiquiátrico, gracias a Freud no hará falta.
-De la que te he salvado y el ahorro que te harás, esos psiquiatras salen más caros que vivir en tu locura. Como sea, fue un placer.
-Chao.
Cuelgo aliviado y tranquilamente me tomo un ansiolítico. La vida es tan rara que un día vas por un par de calcetines y te das cuenta que el servicio telefónico es un asco.
Última edición:
