iadra
Poeta que considera el portal su segunda casa
Un viernes de nuevo, y preparo las maletas,
para salir de mí un rato, de viaje por
campos menos muertos, con flores
que no devoren humanos.
Nublado el día, me tomas de la mano,
mi guía personal hacia Ningún Lado Conocido,
mapa que muestra las zonas que nunca he visitado.
El coche aparcado afuera de Casa,
listo y revisado
para emprender el recorrido que me trazaste en piel,
manos, labios, alma.
¿Lista? No estoy, pero nunca he de estarlo,
solo llevo mi termo con café recién hecho,
y un paquete de galletas fabricadas por la señora
que siempre lleva velas en las manos, y reza
en voz alta en lengua antillana.
El aire es triste, de color desolador, pero invitante
a beberlo por las aletas, aspirarlo con su aroma de un reinicio.
Pero temo, temo mucho que tú conduzcas,
que lleves tu brújula mientras yo ando perdida,
pues puedes llevarme a donde tu quieras, y eso me asusta.
Tu mano en mi alma, aún no se si es garra y penumbra,
aun no sé nada, aunque nunca lo he sabido,
y si veces anteriores di el paso al precipicio con certeza
de caer y destrozarme en pedacitos insalvables,
mis pies entienden que deben caminar, caminar
hasta que tropiecen o lleguen a un lugar.
Así que subo al auto, en marcha el motor que se estrellará
o llegará al sitio deseado.
Viernes que parece recién desempacado, un aire gris, pero nuevo
aliento, rumor de ver algo que no se prueba estando sentada
a la orilla del dolor encerrado.
Que no se ve con los ojos hinchados de lágrimas y alcohol,
y lluvias que veo correr a través de cristales,
ahora, me mojarán el alma.
¿Quieres café y galletas? Están algo amargas.
para salir de mí un rato, de viaje por
campos menos muertos, con flores
que no devoren humanos.
Nublado el día, me tomas de la mano,
mi guía personal hacia Ningún Lado Conocido,
mapa que muestra las zonas que nunca he visitado.
El coche aparcado afuera de Casa,
listo y revisado
para emprender el recorrido que me trazaste en piel,
manos, labios, alma.
¿Lista? No estoy, pero nunca he de estarlo,
solo llevo mi termo con café recién hecho,
y un paquete de galletas fabricadas por la señora
que siempre lleva velas en las manos, y reza
en voz alta en lengua antillana.
El aire es triste, de color desolador, pero invitante
a beberlo por las aletas, aspirarlo con su aroma de un reinicio.
Pero temo, temo mucho que tú conduzcas,
que lleves tu brújula mientras yo ando perdida,
pues puedes llevarme a donde tu quieras, y eso me asusta.
Tu mano en mi alma, aún no se si es garra y penumbra,
aun no sé nada, aunque nunca lo he sabido,
y si veces anteriores di el paso al precipicio con certeza
de caer y destrozarme en pedacitos insalvables,
mis pies entienden que deben caminar, caminar
hasta que tropiecen o lleguen a un lugar.
Así que subo al auto, en marcha el motor que se estrellará
o llegará al sitio deseado.
Viernes que parece recién desempacado, un aire gris, pero nuevo
aliento, rumor de ver algo que no se prueba estando sentada
a la orilla del dolor encerrado.
Que no se ve con los ojos hinchados de lágrimas y alcohol,
y lluvias que veo correr a través de cristales,
ahora, me mojarán el alma.
¿Quieres café y galletas? Están algo amargas.
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