danie
solo un pensamiento...
Hoy tengo tantas palabras rotas,
tantos engranajes oxidados
de un tranvía viejo,
algo maniático y también un poco excéntrico,
con tantos kilómetros que le pesan sobre sus hombros,
con tantas paradas sin estación,
y tantos pasajeros sin destino
que ya ni siquiera sabe como perderse
entre los descarriados rieles de la vivencia.
Hoy tengo esa hoja en blanco
que ya se cansó hasta de supurar la sangre de los versos,
pero sin embargo
sigue intentando darle una forma a este silencio,
a esta afonía de garganta muerta,
a esta mudez que seca hasta los huesos,
y que sólo sabe escribir sobre las heridas abiertas;
pero cuando tiene que gritar no grita,
sólo se guarda en lo íntimo, se esconde en el clóset,
en las ventanas que dan a los muros,
en las puertas que no se abren
para mirar al perímetro y tragárselo
entre parpadeos diluviados, entre azoteas sin alba,
entre biografías vagabundas y nocherniegas.
Y ni hablar del corazón y sus grietas
de horas que se ahorcan con la rutina y sus corbatas,
esos minutos que siempre se visten de traje,
se hacen los refinados
y hasta los más calificados para al trabajo,
que ven con hipocresía al aire urbano
y echan una sonrisa algo quebrada
para conseguir un poco de aceptación
"la cual se liquida en oferta",
y sin contar que son capaces de hasta matar a sus madres
para conseguir la popular aquiescencia.
¡Ay! Qué triste que es eso;
mientras más pienso en lo mismo
más moribundo me siento.
Y es que incluso los moribundos
están más llenos de vida
que este envase náufrago
y, hoy por hoy, obsoleto.
tantos engranajes oxidados
de un tranvía viejo,
algo maniático y también un poco excéntrico,
con tantos kilómetros que le pesan sobre sus hombros,
con tantas paradas sin estación,
y tantos pasajeros sin destino
que ya ni siquiera sabe como perderse
entre los descarriados rieles de la vivencia.
Hoy tengo esa hoja en blanco
que ya se cansó hasta de supurar la sangre de los versos,
pero sin embargo
sigue intentando darle una forma a este silencio,
a esta afonía de garganta muerta,
a esta mudez que seca hasta los huesos,
y que sólo sabe escribir sobre las heridas abiertas;
pero cuando tiene que gritar no grita,
sólo se guarda en lo íntimo, se esconde en el clóset,
en las ventanas que dan a los muros,
en las puertas que no se abren
para mirar al perímetro y tragárselo
entre parpadeos diluviados, entre azoteas sin alba,
entre biografías vagabundas y nocherniegas.
Y ni hablar del corazón y sus grietas
de horas que se ahorcan con la rutina y sus corbatas,
esos minutos que siempre se visten de traje,
se hacen los refinados
y hasta los más calificados para al trabajo,
que ven con hipocresía al aire urbano
y echan una sonrisa algo quebrada
para conseguir un poco de aceptación
"la cual se liquida en oferta",
y sin contar que son capaces de hasta matar a sus madres
para conseguir la popular aquiescencia.
¡Ay! Qué triste que es eso;
mientras más pienso en lo mismo
más moribundo me siento.
Y es que incluso los moribundos
están más llenos de vida
que este envase náufrago
y, hoy por hoy, obsoleto.
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