Estábamos dispuestos a querernos
para toda una muerte
yo pensaba en la cara que pondrías
cuando vieras las cosas que te escribo,
cuando sintieras en tu propia carne
el látigo amarillo del silencio.
El tiempo puso nombre a los extraños
y aprendimos a vernos
con la invidente claridad del loco,
descubrimos el ámbar de las cosas
que no se pierden porque nunca han sido,
la cruda realidad de lo irreal
en la fingida eternidad de un verso.
Así nos conocimos
quizá hasta el punto de sentirnos uno
y desandar el sueño de los tristes.
Aquella dualidad definitiva
ha mordido mis dedos.
No hay espejos que pongan en la cara
la soledad que crece en los paréntesis
de una vida sin ti,
y hay heridas que vierten la costumbre
de no ser escuchado.
Así es la soledad cuando comparte
la emoción de una risa que no existe,
así muere un poeta
por eso ha de quererse locamente
para toda la vida.
Luis Oroz.
para toda una muerte
yo pensaba en la cara que pondrías
cuando vieras las cosas que te escribo,
cuando sintieras en tu propia carne
el látigo amarillo del silencio.
El tiempo puso nombre a los extraños
y aprendimos a vernos
con la invidente claridad del loco,
descubrimos el ámbar de las cosas
que no se pierden porque nunca han sido,
la cruda realidad de lo irreal
en la fingida eternidad de un verso.
Así nos conocimos
quizá hasta el punto de sentirnos uno
y desandar el sueño de los tristes.
Aquella dualidad definitiva
ha mordido mis dedos.
No hay espejos que pongan en la cara
la soledad que crece en los paréntesis
de una vida sin ti,
y hay heridas que vierten la costumbre
de no ser escuchado.
Así es la soledad cuando comparte
la emoción de una risa que no existe,
así muere un poeta
por eso ha de quererse locamente
para toda la vida.
Luis Oroz.