Vevero
Poeta reconocida en el portal
Como es altamente previsible y comprobable en el 80 % de los casos, el auto sufre algún desperfecto mecánico en cercanías de la travesía veraniega. Y fue de este modo que cuando faltaban 7 días para partir, nuestro vehículo pasó a engrosar la lista de los automóviles que verifican mi teoría. Por este motivo y ante mi desesperación de quedarme sin el preciado sol gesellino, decidimos aventurarnos en un viaje (bautismal para mis hijos) en micro.
Llegamos a las 0:35 hs a la terminal que apestaba de gente, de bolsos, de heladeritas, de sombrillas y demases, pero escaseaba de ómnibus. Nos enteramos allí que por una protesta piquetera estaban en su mayoría demorados unas 3 horas y decidimos sentarnos en algún rincón a aguardar que llegara el nuestro con hora de la salida original 1:10 AM y con hora de salida real, incomprobable. Fue grande nuestra sorpresa cuando a la 1:02 anunciaron por los altoparlantes que estaba arribando a la plataforma 6, el coche que nos llevaría a nuestro destino. Felices, cargados y agotados nos ubicamos en nuestros asientos para empezar las vacaciones. Obvio que primero mis hijos subieron y bajaron el respaldo de sus respectivos asientos infinidad de veces; abrieron y cerraron las cortinas otras tantas; encendieron y apagaron las lucecitas aproximadamente unas 50 veces cada uno mientras revisaban todo lo que los rodeaba como si hubiesen entrado a una pirámide egipcia y tuvieran permiso de excavación en búsqueda de vaya a saber uno qué tesoros antiguos y celosamente guardados durante siglos. Todos estos movimientos que imaginaban iban a sucederse en la exacta forma en que se registraron, no hicieron otra cosa que cansarlos aún más y una vez pasada la excitación y ansiedad de lo que para ellos no era otra cosa que una novedosa aventura, se durmieron a la hora y media de haber partido; por lo que me propuse - en ese instante - disfrutar del viaje. Hecho altamente improbable para quien como yo tuvo un accidente en la ruta volviendo de Mar del Plata unos 25 años atrás y con el condimento de que en este viaje nos acompañó una tormenta de agua y viento que hacía tambalear el segundo piso del micro como si estuviésemos en una hamaca, pero el resto del pasaje parecía no enterarse del asunto ya que todos dormían o simulaban hacerlo muy agradablemente en sus butacas-camas.
A las 6:23 llegamos a Gesell, todos contentos, con los músculos entumecidos de estar en posiciones ridículas tratando de soportar lo más placenteramente posible el viaje. En mi caso, debo añadir que estaba sumamente agobiada por los nervios y con sueño atrasado de dos días. Fue así que nos sentamos en un bar a esperar que transcurrieran las horas hasta que a las 10:00 pudiésemos ocupar el departamento que habíamos alquilado y fue ahí también donde poco a poco descubrimos que el primer día de vacaciones se asomaba lluvioso y nublado. Pero no solo fue el primero, sino que también el segundo y mitad del tercero; hecho que no me afectó, ya que cuando finalmente entramos al departamento, mi cansancio y sueño eran tales que me desplomé sobre la cama y me quedé dormida y al despertarme cerca del mediodía descubrí que estaba afiebrada. Esta fiebre me acompañó dos días enteros en los que dormí, comí, volví a dormir mientras mi marido se llevaba a los chicos a los jueguitos.
Felizmente, el sol del tercer día asomó tímida pero confiadamente sus rayos y algunos aventureros (por no decir, desesperados) nos dirigimos en forma masiva a la playa donde como todavía estaba un poco afiebrada volví a quedarme dormida.
Llegamos a las 0:35 hs a la terminal que apestaba de gente, de bolsos, de heladeritas, de sombrillas y demases, pero escaseaba de ómnibus. Nos enteramos allí que por una protesta piquetera estaban en su mayoría demorados unas 3 horas y decidimos sentarnos en algún rincón a aguardar que llegara el nuestro con hora de la salida original 1:10 AM y con hora de salida real, incomprobable. Fue grande nuestra sorpresa cuando a la 1:02 anunciaron por los altoparlantes que estaba arribando a la plataforma 6, el coche que nos llevaría a nuestro destino. Felices, cargados y agotados nos ubicamos en nuestros asientos para empezar las vacaciones. Obvio que primero mis hijos subieron y bajaron el respaldo de sus respectivos asientos infinidad de veces; abrieron y cerraron las cortinas otras tantas; encendieron y apagaron las lucecitas aproximadamente unas 50 veces cada uno mientras revisaban todo lo que los rodeaba como si hubiesen entrado a una pirámide egipcia y tuvieran permiso de excavación en búsqueda de vaya a saber uno qué tesoros antiguos y celosamente guardados durante siglos. Todos estos movimientos que imaginaban iban a sucederse en la exacta forma en que se registraron, no hicieron otra cosa que cansarlos aún más y una vez pasada la excitación y ansiedad de lo que para ellos no era otra cosa que una novedosa aventura, se durmieron a la hora y media de haber partido; por lo que me propuse - en ese instante - disfrutar del viaje. Hecho altamente improbable para quien como yo tuvo un accidente en la ruta volviendo de Mar del Plata unos 25 años atrás y con el condimento de que en este viaje nos acompañó una tormenta de agua y viento que hacía tambalear el segundo piso del micro como si estuviésemos en una hamaca, pero el resto del pasaje parecía no enterarse del asunto ya que todos dormían o simulaban hacerlo muy agradablemente en sus butacas-camas.
A las 6:23 llegamos a Gesell, todos contentos, con los músculos entumecidos de estar en posiciones ridículas tratando de soportar lo más placenteramente posible el viaje. En mi caso, debo añadir que estaba sumamente agobiada por los nervios y con sueño atrasado de dos días. Fue así que nos sentamos en un bar a esperar que transcurrieran las horas hasta que a las 10:00 pudiésemos ocupar el departamento que habíamos alquilado y fue ahí también donde poco a poco descubrimos que el primer día de vacaciones se asomaba lluvioso y nublado. Pero no solo fue el primero, sino que también el segundo y mitad del tercero; hecho que no me afectó, ya que cuando finalmente entramos al departamento, mi cansancio y sueño eran tales que me desplomé sobre la cama y me quedé dormida y al despertarme cerca del mediodía descubrí que estaba afiebrada. Esta fiebre me acompañó dos días enteros en los que dormí, comí, volví a dormir mientras mi marido se llevaba a los chicos a los jueguitos.
Felizmente, el sol del tercer día asomó tímida pero confiadamente sus rayos y algunos aventureros (por no decir, desesperados) nos dirigimos en forma masiva a la playa donde como todavía estaba un poco afiebrada volví a quedarme dormida.