VASO VACÍO, POEMA TRISTE
Como el vivir de una herida
como el morir del aire traspasado por un ave
como la nube enflaquecida, árida madre,
así mis huellas sobre la piedra.
Cosido a parches de humo
entrelazado a los surcos donde alguien me sembró
allí, en la lejanía que imagino
tras un horizonte cárdeno.
A veces una voz me llama
para que vuelva a la vida, pobre Lázaro insepulto
y yo me aferro a las raíces de mis dedos
que perforan mi roca madre.
Vivió sin vivir en ella
y yo vivo en esa muerte callada que es la tristeza
sin sombra de árbol ni pedestal de granito
como un trozo de barro soy
Los últimos destellos del sol agonizante
me traen mi alimento de luz, al borde ya de la noche
entré en sus ojos nubes eran de ónice azul
prisión se hicieron para mí tras sus párpados de acero
Llueven cánticos de ángeles
desde las nubes blandas y oscuras. Alimento mi soberbia
y creo que sólo yo las escucho -Oh, el “Magníficat”-
a través de las paredes permeables de mi alma.
Y sólo yo puedo escuchar los sollozos
de las piedras que ruedan sobre la playa vacía
El mar, alma mater, las acuna para pulir sus aristas
como muñecos para las aves de paso
Mar, amor, esperanza de mis noches
la canción quebrada desde el arpa de los pinos
llega hasta mí con su horario confundido
yo espero la madrugada para ser manumitido.
Vuelvo la página en blanco
del libro gris de mi vida. Duermo de nuevo
esperando otro sueño atroz
el sueño de mi irreparable silencio.
Como el vivir de una herida
como el morir del aire traspasado por un ave
como la nube enflaquecida, árida madre,
así mis huellas sobre la piedra.
Cosido a parches de humo
entrelazado a los surcos donde alguien me sembró
allí, en la lejanía que imagino
tras un horizonte cárdeno.
A veces una voz me llama
para que vuelva a la vida, pobre Lázaro insepulto
y yo me aferro a las raíces de mis dedos
que perforan mi roca madre.
Vivió sin vivir en ella
y yo vivo en esa muerte callada que es la tristeza
sin sombra de árbol ni pedestal de granito
como un trozo de barro soy
Los últimos destellos del sol agonizante
me traen mi alimento de luz, al borde ya de la noche
entré en sus ojos nubes eran de ónice azul
prisión se hicieron para mí tras sus párpados de acero
Llueven cánticos de ángeles
desde las nubes blandas y oscuras. Alimento mi soberbia
y creo que sólo yo las escucho -Oh, el “Magníficat”-
a través de las paredes permeables de mi alma.
Y sólo yo puedo escuchar los sollozos
de las piedras que ruedan sobre la playa vacía
El mar, alma mater, las acuna para pulir sus aristas
como muñecos para las aves de paso
Mar, amor, esperanza de mis noches
la canción quebrada desde el arpa de los pinos
llega hasta mí con su horario confundido
yo espero la madrugada para ser manumitido.
Vuelvo la página en blanco
del libro gris de mi vida. Duermo de nuevo
esperando otro sueño atroz
el sueño de mi irreparable silencio.