Ven después del infierno (obra finalizada—boceto—)

Évano

Libre, sin dioses.
Hace no sé cuánto, quizás en algún lugar
de esta tierra, quizás en este mundo.


—¿Lo tienes todo preparado, Job?

—Sí, creo que sí.

—Mejor, porque ya viene.

—Sí, me he dado cuenta.

Job entró en el establo, respiró hondo
y revisó la leña, la paja, el centeno,
el trigo, las hojas de roble, el resto
de la comida para los animales y a estos.
Observó la curiosa tranquilidad de vacas, ovejas
y bueyes mientras acariciaba a un mastín que no
se separaba de él. El gato, desde la puerta del establo,
parecía esperar con agrado a este mal tiempo.

Salió a la puerta del establo y observó el valle,
a los esqueletos de chopos, fresnos; helechos,
a la hierba marchita y a un río obligado
a ralentizar sus aguas por el frío adherido
a la compacta masa de niebla que se avecinaba.

A la mañana siguiente, el infierno blanco se habría
apoderado de valles, cielos, prados, calles, casas,
adoquines, iglesia. Aprisionaría el otoño hasta dejarlo
comprimido, incapaz de mover ni una hoja si antes
no cavabas en esa tupida niebla de nieve inmensa.

Se acostó apesadumbrado. Cada vez le afligía más
enfrentarse y soportar aquello. Sopló la vela e intentó
dormir, pero fue la noche cansada la que lo obligó
a cerrar los ojos un poco.

Se levantó al alba y abrió la ventana aun sabiendo
que lo único que vería sería a la nieve y a la niebla
intentando penetrar en la casa para invadirla también
de nieve. Antes de cerrar la ventana, empuñó un trozo
de ese infierno blanco e hizo una bola y lo masticó,
volviendo a sentir el frío dentro de la boca, cómo bajaba,
sin sabor alguno por su esófago para desaparecer después
por el calor del estómago. Al rato, como cada vez, lo vomitó.
Era un ritual que llevaba a cabo desde que murió su madre,
en un día como este.

Cogió una tabla de madera y abrió la puerta de la calle.
La nieve le cerraba el paso. Cerró los ojos, apesadumbrado
por volver a ver la luz blanquecina, casi de color óseo,
de esa niebla maldita; una luz como una cortina que no dejaba
ver nada más allá de las narices. Fue cavando a un lado y a otro,
y al frente. Lograba así un túnel por donde a penas pasaba
su robusto cuerpo.

Excavó hasta la calle que daba al puente. Allí se encontraría
con el túnel de un Paco más madrugador que él. Eso si duerme,
se decía cuando lo vio llegar sudoroso por el esfuerzo.

—Parece que este año será más duro el infierno; aunque puede
que sea yo el que está más cansado y viejo.

—No, tienes razón, Paco, viene más duro, y más frío.
¿Han empezado los otros a perforar sus túneles?

—No. Me dijeron que esta vez lo pasarán en sus casas,
que no vale la pena tanto esfuerzo. Creo que se han rendido.

—Y si necesitan algo, ¿que harán?

—Resignarse y morir, supongo.

—Yo sigo, hasta el camino del río, ya sabes que me gusta verlo.

—Yo por hoy lo dejo, Job. Mi mujer está a punto de caer.

—No sabes cómo lo siento, Paco. Mañana iré a verla.
¿O quieres que vallamos ahora mismo?

—¡No!, mejor ven mañana.

—De acuerdo, mañana iré sin falta.


Job continuó excavando durante todo el día, hasta llegar
a la orilla del río. Se metió dentro del agua y esta ondeó
al verse libre de la presión de la masa blancuzca.
Poco a poco escavó hasta la otra orilla. Había creado
un amplio hueco donde los peces acudirían atraídos
por la mayor libertad que ello suponía. El Mastín
se abalanzaba una y otra vez sobre la espesa niebla infinita,
abriendo sus caminitos propios, los que le llevarían adonde
enterró la comida en el buen tiempo. Las repartía cerca, para
adentrase demasiado en aquello que odiaba tanto.

Empezaba a oscurecer y se volvieron a casa. Por la noche
el Infierno ya no era blanco, sino el negro más negro
que era capaz de imaginar y el frío se intensificaba tanto
que podías dibujar en el vaho exhalado por una boca
temblorosa de dientes.

Dio de comer a los animales acurrucados entre ellos
y acarició al gato, un gato que no saldría hasta
la siguiente estación.

Bebió un cuenco de leche y comió un gran trozo de queso
de oveja a la luz de una vela mientras pensaba en el recorrido
de su vida, en el tiempo que le avenía y en la soledad
de esa dichosa estación malévola.

Se introdujo en el lecho y se tapó con varias mantas de pieles.
Con su perro al lado, se durmió pensando en la soledad.

Amanecía. Se calzó las botas de piel de oso revestidas
con cuero de ciervo y se vistió con ropas de abrigo de mamut,
como le preguntaba.

Desayunó lo mismo que cenó la noche anterior,
además de unas gachas tomadas en un plato de barro
que se le cayó, rompiéndose. Mala suerte, se dijo.

Fue al establo y recogió los excrementos de animales
y los arrinconó en una esquina del establo para que secaran
y sirvieran más tarde como abono y leña. Esparció paja
a vacas y bueyes y hojas de roble a las ovejas.

Los animales permanecían casi acostados, en grupo;
así afrontaban la crueldad de ese tiempo. A lo largo del día,
de vez en cuando, daban cortos paseos por el establo,
como ensimismados, para luego tornar a juntarse
como con miedo y resignación.

Pensó que empezaba el segundo día del infierno blanco,
por lo que la tierra y el valle habrían sido enfriados al no llegarles
más que esa difusa luz de un sol que correteaba entre el laberíntico
espesor de esa inmensa masa gélida invasora de lo alto, lo largo
y lo ancho de ese mundo.

Miró los tenues rayos de sol cayendo a un suelo de escarchas
mientras se calzaba en el umbral de la puerta las madreñas
con clavos para visitar a Paco y a la mujer moribunda de este.

Va a ser cansado y duro, se murmuró, lo que recorro en un instante
me va a costar el día, eso si me acompañan las fuerzas.

Excavaba el pasadizo en este amanecer de arcoíris
formado por una nieve niebla tan extraña como amarga;
casi lo único agradable de la época.

Avanzaba con la idea de la desgracia en la cabeza,
le echaba la culpa al cuenco de barro que rompió.
Luego, pensando en la mujer de Paco, se dijo
que bien podría haber sido la suya de no mediar
la amistad entre ellos, que ahora no viviría
en la otra parte del poblado, sino con él.

Con estos pensamientos se inclinaba en el túnel
e hincaba con más fuerza la madera, dejando
en el suelo una jarra azulada con miel de cerezo
para regalarle a Eva, la mujer de Paco. Al pensar
en ella paraba un momento para continuar
clavando en la niebla la tabla de madera con rabia,
apretándola hacia los lados para caber mejor dentro
de la prisión en la que se hallaba. De vez en cuando
daba un trago de miel para retomar energías
mientras se preguntaba si le sería útil la miel
a Eva en ese nuevo camino que pronto emprendería.
Estos pensamientos le oprimían pecho y garganta,
y algo de dentro quería salir por sus ojos.

El mastín le acompañaba resbalando a cada
paso por un suelo helado que no descongelaría
hasta que la nueva estación derrotara a este maldito
infierno blanco. Las gotas de agua exudadas
por las paredes y los techos del túnel
caían sobre las espaldas de Job y su mastín.
El calor del esfuerzo consigue ablandar un poco
al infierno, se dijo creyendo que este pensamiento
era más profundo que las palabras que lo contenían,
aunque no lograba ver con claridad la profundidad
de lo pensado porque no se quitaba de la cabeza
a la mujer de Paco. Quizás sea la misma niebla la que produce
el goteo; o era el rocío de la mañana abriéndose
paso hasta llegar a él. Prefería que fuera lo último,
quizás porque mezclado con Eva alegraba
y ayudaba al esfuerzo del cansancio de cavar.

Aun a riesgo de deslomarse, el mastín inseparable de Job
le seguía sin echar la mirada atrás. Job avanzaba
con menos penurias, gracias a una flecha de piedra atada
a la punta de un bastón de dura madera de enebro
apoyado en sus espaldas; así no resbalaba mientras abría el túnel.

Veía y notaba el vaho exhalado por las bocas
pululando durante unos segundos dentro del pasadizo,
permaneciendo visible en el aire un rato antes de desaparecer
poco a poco.

El camino hasta la casa de la moribunda era
prácticamente llano, exceptuando el tramo final,
que ascendía por la ladera de la alta montaña del poblado.
En esa parte ayudaría a su querido perro.

La distancia se le hacía más larga que otras veces,
quizás porque ya era un año más viejo y la lentitud
del andar de los pasos se acrecentaba; o la fuerza disminuía.
El miedo a romperse algún hueso en esas fechas también
lo atemorizaba al tener la certeza, de que si ocurría,
lo llevaría a la tumba a él, y a sus animales.

El techo y paredes dejaron de gotear cuando llegaron
al pasadizo abierto por Paco, lo que agradecieron en silencio
tanto Job como el perro. Job alzó la vista al techo
del túnel y comprobó la forma lisa de este. Paco siempre
tan meticuloso en el trabajo, dijo a su mastín Consciencia.
Raro nombre te puse para ser un perro, aunque creo
que me comprendes mejor que mi consciencia,
por lo que no encuentro tan raro el nombre.
El mastín miraba y oía el sonido emitido por ese animal
tan alto de dos patas que le daba de comer sin pedir a cambio
nada más que compañía. No sabía qué decía o hacía,
pero estaba allí, con él, y no lo abandonaría aunque
no le diera más comida y agua.

Con gran esfuerzo ascendió el tramo final.
Con cuidado de no romper la jarra,
la dejó apoyada en la puerta de la casa de Paco y Eva
y volvió a bajar para ayudar al mastín que pataleaba
en vano en el intento de subir tan pronunciada
cuesta helada. A penas ascendía un poco cuando la pendiente
lo devolvía al comienzo.

Job llegó y se puso detrás de él y lo fue empujando
hasta conseguir alcanzar el umbral de la casa.

Después de descansar un rato, Job extrañó que Paco
no saliera a recibirle.

Gritó y oyó como respuesta un Adelante seco,
como de piedra pesada.

Consciencia se quedó apostado en la puerta con sus grandes
capas de pelo denso y claro resguardándole del frío.

Job entró y vio la silueta de Eva entre el humo. Tosió.
Fue entonces cuando salió de sus ojos aquello
que hacía un rato retuvo. Lloró aprovechando que podría echarle
la culpa al aire irrespirable de la cocina-comedor.
¡Pero qué diablos estoy pensando!, se exclamó.

Eva estaba tumbada en la banca de madera que hacía de sillas
de la mesa. La cubrían varias pieles.

Paco, sentado a su lado, difuso por el humo, acorralado por el
fuego de la cocina. Job, tosiendo bruscamente, dijo:

—Paco, si no apagas el fuego moriremos.

—Lo sé, pero Eva tiene mucho frío. Ya se va. Aguanta un poco más.

Job quiso decirle que no le importaba aguantar, que si quería
se tumbaban junto a Eva y morían con ella. Jamás había tenido
tales pensamientos ni tan raro el pecho. Se lo palpó, pero
no le dolía. No tenía nada roto.

—Le traigo miel de cerezas. Espero que no sea tarde —dijo
mareado por la falta de oxígeno.

—No, dámela, quizás sea lo último que haga; y deja
que entre tu perro, ya sabes que para ella era como de la familia.

Consciencia entró y lamió los pies de Eva, la cual tragaba,
a duras penas, el poco de miel de cerezo que le daba Paco.

Eva lanzó una mirada moribunda al perro, después una larga
a un Job paralizado. Jamás Eva lo había mirado de tal manera.
Job observó con grandes ojos abiertos a Paco mientras daba
Eva un último suspiro, para luego, en un instante, irse para siempre.

Paco apagó el fuego. Se hizo un largo silencio en el que los presentes
recordaron en silencio algunos momentos vividos.

Job recordó cuando intentaron aquel año escapar
del infierno blanco, el año donde Paco se emparejó con Eva.

Mucho tiempo atrás, en la adolescencia,
Paco y él decidieron excavar hasta la cima de la montaña.
Una vez allí, subidos en el más alto árbol,
con larguísimas varas pincharon la niebla todo lo arriba posible,
pero no vieron el final del infierno blanco,
por lo que decidieron librar a media docena de robles
del estrujo de la niebla que los apretaba
y agobiaba para utilizar el espacio conseguido para correr,
jugar y subirse a los árboles. Al final a Job se le ocurrió
que bien valía para recinto donde poder bailar y retozar
con las mozas del pueblo, en concreto con Eva, mujer
a la que Job ya le había echado el ojo; pero fue Paco,
al confesarle que quería a Eva como mujer,
el que la consiguió, a pesar de que albergaba la seguridad
de que Eva lo deseaba a él. El fuerte lazo de amistad
que le unía a su amigo le impidió luchar.

—Seré incapaz de soportar su cuerpo cerca
hasta la próxima estación —dijo Paco, sacando
del ensimismamiento a Job.

—¿Cuál es tu idea, entonces?

—Enterrarla ya en el cementerio.

—Nunca se ha hecho tal cosa, siempre se ha dejado
el cuerpo entre la niebla y se ha enterrado con el buen
tiempo, en presencia de todo el poblado.

—Lo sé, pero no me veo capaz de pasar esta época
junto a su cadáver.

—Puedes dejarla por donde mi casa —La voz de Job
era casi imperceptible.

—No, no quiero que pase tantos días y noches
metida entre esta maldita niebla. ¿Me ayudarás?
No respondas. Hoy la velaré. Mañana, si quieres,
ven al alba y me ayudas a cavar hasta el cementerio.

—Vendré, Paco. Aquí estaré.




Al día siguiente, Job se sorprendió camino de casa
de Paco al ver la multitud de túneles que se unían
al excavado los días anteriores. Se encontró con algunos
aldeanos ampliando el pasadizo, y con otros yendo
hasta la casa de la difunta.

Preguntó cómo se habían enterado de la muerte
de Eva y todos le dijeron lo mismo: Su perro
se había presentado en las puertas de cada uno,
por lo que pensaron que algo malo había ocurrido
en la casa de Paco, ya que el buen perro los dirigía hacia allí.

Este perro posee un instinto fantástico, se dijo Job,
bien podría haberse perdido y congelado para siempre
entre la niebla de araña esta que no deja ver ni un paso
más allá. Maldita nieve niebla que se vuelve a cerrar
aunque la abras mil veces. Malditos vecinos que solo acuden
ante las desgracias, y a chafardear para luego volver
a la seguridad de sus podridas casas, para ver quién
cae antes que ellos, quién sufre más que ellos.

Job meditaba y maldecía mientras se dirigía
a casa de la muerta. Ahora el túnel era más ancho
y cómodo por las pequeñas prolongaciones realizadas
por los vecinos.

Cuando arribó discutía Paco con los del poblado;
estos argumentaban que jamás se enterró cuerpo alguno cuando
el infierno blanco reinaba, que era algo sabido desde
tiempos inmemoriales. Paco contestaba que se marcharan
si no pensaban ayudarle, que no abandonaría a su mujer
dentro del infierno blanco, que la enterraría
ya en el cementerio sí o sí.

Todos le dieron el pésame y velaron un rato a Eva,
para marcharse después a sus viviendas,
aduciendo que no contrariarían las leyes de los ancestros.

Paco y Job empezaron a excavar hacia el camposanto,
situado en la planicie, a mitad de la montaña,
por lo que el pasadizo era en pendiente continua.
Alguna que otra vez se desviaban del sendero, pero las malezas,
o algún tronco de árbol, los devolvía al camino correcto.

Job empujaba al cuerpo sin vida de Eva desde detrás
de una camilla de madera curvada para el hielo
mientras Paco tiraba desde delante, de una cuerda
deshilachada que acabó por romperse, pillando
descuidado a Job.

La camilla arrastró a Job toda la pendiente ganada,
acabando al principio de la rampa, con las mantas
que cubrían a Eva desperdigadas a lo largo del trayecto.
La muerta Eva rodó hasta los pies de Job. Estaba totalmente
desnuda. Job la miró y entonces volvió a salir de su pecho
y de sus ojos aquel extraño sentimiento convertido
en lágrimas.

De pronto explotó con una ira y una rabia inmensa.
El cuerpo de Eva estaba plagado de grandes moratones,
magulladuras, cortes y una hendidura abría su estómago,
a todas luces realizada por un cuchillo de grandes
dimensiones. La besó y se dio cuenta que tenía la lengua cortada.

Se arrodilló ante ella y la abrazó. Paco bajaba corriendo,
patinando por el helado suelo. Al ver la escena,
Paco sacó de su espalda un gran cuchillo.
Job levantó la cabeza, mostrando sus ojos encendidos.

—¿Por qué, Paco, por qué? —gritó, sin levantarse
y sin dejar de abrazar a Eva.

—Porque te quería a ti, porque hablaba de ti
hasta en sueños, porque me quería abandonar
—vociferaba la rabia de Paco, con una cólera
que jamás le había oído Job.

—¡No es razón, Paco, no es razón! ¡Yo me sacrifiqué
por ti! ¡Bien habrías podido hacer lo mismo tú!

Una fuerza inmensa tensó unos músculos a los que afluían
energías inenarrables que se abrían paso por cada célula
de un Job que saltó encima de Paco, cayendo este
de espaldas al suelo y soltando el cuchillo porque Job
le estrujó la muñeca de tal manera que se la rompió.

Job empuñó como un rayo el cuchillo y apuñaló
tantas veces el pecho de Paco que la sangre cubrió
en un instante todo el suelo y las paredes heladas
de todo el alrededor.




Introdujo el cadáver de Paco entre la niebla,
detrás de unas piedras que limitaban un terreno
de sembrado, y volvió a rellenar el pequeño
túnel. Después estiró con cuidado el cuerpo de Eva
sobre la camilla y la tapó con las mantas y,
antes de proseguir abriendo el túnel hasta el cementerio,
fue a su casa y liberó a los animales.

Dejó las puertas abiertas y toda la comida para ellos a mano.
Luego se llevó a Eva para enterrarla en el cementerio.

Tal era la ira de Job que avanzaba ahora más deprisa
que cuando excavaba el túnel junto al que creyó su amigo,
y eso que tuvo que unir la cuerda también
a un mastín incapaz de avanzar por su cuenta.

Escuchaba maullar. Miró para atrás, a la bajada,
y hubiese sonreído, a no ser por el trágico momento,
al ver que, extrañamente, su gato les seguía. Este también
tiene otro sentido, se murmuró. Parece que sabe
que me voy para siempre. Lo siento por los animales,
pero aquí no me queda nada.

Se le había olvidado recoger víveres, por lo que pasó
varios días perforando la niebla sin comer ni beber.
Además, la muerta, por mucho que la hubiese querido,
olía y, a pesar del frío del túnel, empezaba
a descomponerse, por lo que el mal olor se adhería al dolor
y al excavar.

No quería recordar a Paco y a Eva; deseaba borrar
de su cabeza a todo el maldito poblado. Trataba
de pensar en cualquier cosa. Se hablaba él mismo,
se preguntaba como medio ido el por qué
por las noches los túneles se estrechaban; y él mismo
se respondía que quizás la niebla se ofendía
al ser ultrajada. Job, tendrás problemas si quieres
volver al poblado; si quisieras, pero no quieres,
así para qué me digo eso. Ya no hay nada
que me ate a este infierno de valle. Mi mejor amigo
y mi primer y único amor ya no están; ¿qué hago allí,
entonces? Juro avanzar entre el infierno blanco,
aunque eso me cueste la vida. Encontraré el final
o moriré en el intento.

Sudoroso y mal oliente entró en el cementerio.
Enterró a Eva casi a la entrada, a la derecha,
junto con los esqueletos de los antepasados de Eva.
Colocó cantos de río sobre la tumba y ramas
de acebo robadas de una adyacente.
Luego abrió, de rodillas, pequeños huecos
hacia otras tumbas en las que sabía que habría quesos,
carnes curadas en sal, frutos secos y manzanas o peras;
además de vino para los muertos varones y agua de rosas
para las hembras. Eran ofrendas de los seres queridos,
para el último viajes de sus fallecidos.

En las mantas que arroparon a Eva de su desnudez
y martirio, introdujo los víveres y ató algunos de ellos
al perro y otros a la espalda de él mismo.
Se apretó bien el calzado y las ropas y continuó cavando
el túnel en dirección a la cima de la montaña. Una vez allí,
proseguiría hacia el sur, hasta encontrar la salida o la muerte.

Cuando le quedaba poco para arribar al alto de la montaña,
giró la vista y a penas pudo ver restos de lo excavado.
El túnel se cerraba casi por completo. Tan duro había sido
el cavar por el terreno del último tramo, de pronunciada
pendiente, que había tardado tanto que la niebla le cerraba
el paso a sus espaldas. No hay paso atrás, amigos, comentó
a un perro y a un gato que intuían un peligro mortal,
pero no lo demostraban.

Se acurrucaron en la cima de la montaña,
con la sensación de estar en un nicho.
Se acordó de Eva. La tristeza alcanzaba hasta los dos fieles
compañeros. Consciencia le lamió las largas barbas.
El gato arrullaba, sonido que adormecía a los tres.

Los diminutos arcoíris formados por la nieve niebla
le advirtieron que la mañana se presentaba.
Enderezaron los huesos, cada uno como pudo,
y prosiguió cavando y cavando hasta el anochecer.
Así un día y otro; una semana y otra. Los víveres
se acababan. De vino y agua de rosas a penas
quedaba una calabaza de las medianas.
A pesar de haber racionado los víveres a lo mínimo,
se acaban.

Era la tercera semana y ya no tenían nada
que llevarse a la boca. Veía el volver casi tan imposible
como avanzar. Eran ahora muy pocas las fuerzas.

Se sentó junto a Consciencia, para acostumbrarse
a la muerte. El gato se adentraba de vez en cuando
en el infierno y, por gordo que estaba, y no como ellos,
que habían perdido más de diez quilos cada uno,
se diría que no carecía de problemas para subsistir.

No sé por dónde andaremos, Consciencia, ni cuánto
hemos recorrido, pero si no encontramos pronto
agua y alimento, moriremos. Quizás hubiese sido mejor
habernos quedado con Eva, en el cementerio, o en casa,
calentitos, esperando a que se fuera este maldito infierno blanco;
o esperando a la muerte. El mastín lo miraba y retornaba
a lamerle rostro y barbas. Mientras, el gato, en medio de ellos,
aprovechaba para calentarse con una tranquilidad pasmosa.



Job, exhausto, casi inánime, decidió dejarse llevar por la muerte.
Cerró los ojos y durmió con la idea de no despertar.

Los maullidos del gato, más bien alaridos, lo sorprendieron.
Consciencia había matado al gato.

Hizo un poco de hueco en la masa gélida, que ya casi los asfixiaba,
y miró al mastín, pero no le reprochó nada. Sacó el cuchillo.
Despellejó al gato. Bebieron la sangre y le cortó las extremidades.
Se comió las patas y el resto se lo ofreció a Conciencia.

Bien, amigo, última oportunidad: o salimos de este infierno o morimos.
Te dejo a ti que elijas y abras camino; te seguiré a gatas, aunque sea.

El perro lo entendió y se puso a cavar por donde le daba la gana.
Job se dijo que debía haberlo pensado antes, ya que avanzaban
más rápido y sin a penas cansancio, por lo menos él. Pero pronto
advirtió que para el mastín también era un arduo trabajo.

Agotado se detuvo Consciencia, por lo que volvieron a descansar
para reanudar la excavación el mismo Job.

El gato había servido para recuperar algo de aliento y fuerza.
Creo que nos comimos al gato en vano, amigo, le dijo a su perro.
Estamos en la misma situación, aunque ahora, mucho me temo,
que no nos salvamos. Ya no hay gato, amigo.

Volvieron a acurrucarse y durmieron. El pasadizo del túnel
de niebla los comprimía y engullía casi por completo.
En el delirar previo a la muerte, medio moribundo, creyó
divisar unas siluetas desplazándose con una facilidad sorprendente.
Deben ser visiones por la falta de oxígeno,
por el hambre y la sed, o vete a saber por qué, murmuró.

Giró la cabeza en dirección al lugar del que pensaba
que venían los ruidos, que era por atrás de donde estaban,
y se apartó rápidamente al ver bueyes abriendo
la niebla como si fuera mantequilla. Tras ellos iban
las vacas y las ovejas. Eran sus animales.

Logró retener a uno de los bueyes y atarle una cuerda.
Montó en el buey a Conciencia y él se asió fuertemente
al extremo de otra cuerda.


Rompían el infierno blanco como nunca. Ganaban terreno
y con ello aire y amplitud, pero dudaba si corrían en círculos
o si se dirigían al sur o al norte; aunque esto le daba igual,
no había más remedio que dejar la suerte en manos de los bueyes.

Algo terrorífico ha debido ocurrir en el poblado
para que los animales anden en desbandada.
Da lo mismo porque creo que no lo sabré jamás.

El mastín lo miraba de reojo y Job pensaba que el perro lo entendía.

Los bueyes también acabaron por cansarse y deambulaban ahora
con penuria, sin rumbo, uno detrás de otro. Pronto morirán,
esta maldita masa de mierda acabará con todos nosotros.
El perro lo miró desde arriba del buey y Job entendió que quería
que lo bajara, que ya estaba descansado.

Varias ovejas desfallecían y una yacía muerta. Job la degolló
y bebieron otra vez sangre; llenó dos calabazas y comieron
la carne cruda. Luego lió los restos de la oveja muerta
en una manta y los cargó en el buey, aunque a este
tampoco le sobraba energía.

Los animales continuaban y continuaban día y noche,
sin detenerse. Cuando lo hacían era para morir
casi al instante. Estaban reventados de caminar,
pero no paraban hasta morir. Esto, sin saber el por qué,
llenaba de orgullo y de una extraña energía a un Job
que se repetía, unas veces en alto, como un loco histérico,
otras veces a él mismo, que la muerte de sus queridos
animales no sería en vano. Aunque la verdad era que
ya solo quedaban en pie los bueyes, una vaca y un par de ovejas,
las otras se habían quedado atrás, muertas, entre una maldita
niebla que los volvía a encerrar como en una tumba inmensa
de nieve blanca y maldita.

Job y Consciencia recobraron energías y andaban ahora casi
con tanta fortaleza como cuando empezaron.

De repente los animales se pararon. Job pensó que caerían a la vez
y morirían en el mismo instante. Pero no fue así. Se adelantó
para qué ocurría y se encontró con una pared en vertical.

Fue a derecha y a izquierda, pero la pared continuaba.
Una extraña pared, se dijo, tan extraña como que se hayan
detenido los animales y no continúen como hasta ahora lo han hecho,
ya sea por izquierda o derecha. Quizás tengan otro sentido,
como el perro y el pobre gato, y sepan que este es el final.

Se sentaron los dos bueyes, la vaca, las dos ovejas, el perro y él
ante el muro vertical. Consciencia, dijo Job, espérame aquí;
voy a escalar esa pared. El perro volvió a lamerle la cara
y las barbas y se sentó nuevamente.

Job, frente a la pared, acariciándose las barbas recién
chupadas por su amigo, observó que la pared estaba formada
por cantos rodados enormes. Por lo grande, cada canto rodado
bien podría ser como un caserón del poblado,
por lo que era imposible escalar por ellos, dado
que eran prácticamente lisos; pero entre las uniones
había salientes por donde se hacía posible escalar.

No lo pensó y empezó a subir por una de ellas.
Si esta pared no me saca del infierno, estoy muerto...
estamos, querido perro, estamos muertos,
porque ahora sí que ya no hay milagro que valga.

Job escaló durante lo que quedaba de día y toda la noche;
y luego todo el día siguiente y toda la noche siguiente;
y subía con rapidez, gracias a que entre las enormes rocas
se podía aferrar y colocar pies y manos ágil y cómodamente;
incluso descansaba sin problemas cuando las fuerzas disminuían.

De pronto se ilusionó. La sensación de que le costaba
menos perforar el infierno blanco mientras subía
no era un sueño, sino realidad. Estaba menos compacta
esa maldita niebla que caía bajo él; esa maldita niebla
que volvía a llenar el túnel que iba abriendo.

Siguió y siguió y la niebla era cada vez más débil
y cada vez con más luz y más, mucho más clara,
casi como la de los días normales de la estación
del buen tiempo de su poblado.

Y de pronto,escarbó un trozo de infierno y las manos
salieron al aire, en libertad; y luego la cabeza
y el cuerpo entero; y le dio la luz y el calor de pleno,
y vio al sol y a las nubes y al día en todo su apogeo;
y volvió a salir del pecho y de los ojos esa fuerza de antes,
pero esta vez lo hizo de otra manera. Eran las mismas
lágrimas y la misma fuerza saliendo por ojos y garganta;
pero la sensación que dejaban al salir no era, ni mucho menos,
la misma que cuando murió Eva, ni que cuando mató a Paco.
Esta era muy diferente.

No le había dado tiempo a pensar en mirar la amplitud del infierno,
cómo era, dónde empezaba y acababa.

Respiró hondo el aire limpio y se restregó los ojos,
luego miró el horizonte y no logró ver el final ni el principio
de la masa blanca. Esta lo cubría todo.

Miró para arriba y tampoco estaba el final de la pared
que escalaba. Se sintió desesperado. Había logrado salir,
pero no le servía de nada porque no había salida,
solo esa pared que parecía subir al infinito, o hasta el cielo;
pero seguro que era una suposición, porque también
acabaría la pared y sería una inmensa montaña en mitad
del infierno; una montaña enorme, infinita, inmensa, sí,
pero nada más. Ese mal no tenía salida, no se salía de él;
solo la primavera lo derrotaría.

Estaba tan afligido que se sentó en un saliente y apoyó la espalda
contra la pared; pero cayó, porque a su espalda no había pared.

Se giró y miró para atrás, a los lados y arriba: una gigantesca gruta
se abría en la pared y surgía una luz de ella, una extraña luz,
no como la del sol, ni como la de la luna, ni como la de las estrellas;
era diferente porque estaba anocheciendo y no se iba como el sol se va;
pero alumbraba tanto, o más que ella, aunque no calentaba tanto.

Job caminaba hacia esa nueva claridad por una llanura gigantesca.
Se adentraba en la gruta, libre, sin niebla que excavar, sin suelo helado.

A sus espaldas la noche del infierno blanco; delante de él: la luz
potentísima iluminándolo todo, toda la inmensa caverna.



Job avanzaba por la inmensa planicie, donde se encontraba,
de vez en cuando, con grandes rocas muy separadas entre sí.

Pensaba en su perro, aunque no temía por él; en caso
de necesidad se alimentaría de las vacas, del buey
y de las ovejas que murieran; confiaba en que sabría
volver al poblado, o buscarse la vida. Quizás... quizás no,
seguro que tenía más probabilidades de sobrevivir que él.

Mientras meditaba en esto no se había dado cuenta
que no hacía frío, más bien lo contrario. Miró atrás
y vio la noche del infierno; pero en esa llanura no
penetraba su helor.

Poco a poco se dibujaban en sus ojos algunas siluetas
de las de adentro de la caverna, pero eran extrañas,
enormes, con formas que creía reconocer,
aunque le era imposible concretar imagen alguna
al no abarcarlas por completo. Juraría que el calor
provenía del fuego, por el olor inconfundible
que emana de la leña al arder; pero no había humo.

Alzó la vista y vio de dónde surgía la luz. De arriba,
de muy alto, pero no tanto como el sol.

De repente, mientras escrutaba la gruta, se halló
ante una pendiente que acababa en un precipicio
del que no notaba final alguno. Intuía, sí, muy abajo,
una tierra del color de la madera, lisa, totalmente lisa.

Una especie de araña, como de diez mamuts de grande,
caminaba hacía él. Se quedó paralizado, aterrorizado.
El gigantesco animal llevaba una velocidad endiablada,
balanceaba levemente el grueso cuerpo e hincaba
las patas de aguja en una tierra que se abría inevitable
ante ellas. Una pequeña cabeza, para tan enorme ser,
miraba de un lado a otro el suelo. Está buscando comida,
se tartamudeó Job.

El brutal animal le pasó por encima, pero ni se molestó en Job,
es como si no existiera Job.

Se marchó. La tensión hizo que Job gritara ¡gracias, señor!
Luego se sentó, temblando. Pero al momento oyó una voz
proveniente de sus espaldas.

—El señor no ha tenido nada que ver. Ese bicho, sencillamente,
no te ha visto.

—¿Es que es ciego? —Job se giró y vio a una mujer desnuda,
pelirroja y muy bella, casi de su misma altura— ¿Eres una ninfa,
la oréade de esta gruta? —preguntó, tartamudeando todavía.

—No sé si es ciego; la verdad, nunca he querido averiguar
si los ácaros son ciegos o no. No me importan mucho.

La mujer caminada alrededor de un Job sorprendido por
el curioso parecido de esa mujer con Eva. La mujer canturreaba
en vez de hablar mientras ahora danzaba alrededor de él:

—No, no soy la ninfa ni la oréade de esta gruta
ni sé lo qué es eso de una ninfa. Soy pensamiento,
como tú.

—¿Un pensamiento? —repitió Job, mientras se deleitaba
con las curvas y los senos y el rostro de la mujer.

—Sí, un pensamiento, un sueño, un deseo, eso es lo que eres.

—Eso es una estupidez. Yo sufro, y siento dolor si me rompo
un hueso o si me pincho con una espina. Mis deseos,
pensamientos y sueños no padecen ni sufren ni huelen
ni se queman —Job le hablaba más a los pechos
y a la entrepierna que a los oídos de la mujer.

—¿Estás seguro de lo que dices? Yo creo que no.
Y si no, recuerda tus sueños profundos, a tus deseos
más verdaderos, a tus pensamientos más queridos;
¿a caso no sufren y lloran y aman y viven y mueren?


Job permaneció en silencio, mirando el suelo,
intentando hallar una respuesta.


—Y si soy un sueño, o pensamiento o deseo, ¿de quién? ¿Tuyo?

—Caliente, caliente, pero no. De la mujer sobre la que caminas.

—No veo a ninguna mujer, a salvo de ti, claro está,
y jamás caminaría sobre una mujer —contestó, aunque dudando.

—No la ves, no puedes verla entera, es demasiado grande y tú
demasiado pequeño, como yo —reía mientras continuaba
bailando alrededor de Job—. Y que sepas que ya has caminado
sobre una mujer... ¡Bueno, mejor dicho!, te han hecho caminar sobre...
—iba a decir sobre la tumba de una mujer, pero prefirió decir—:
ya te han hecho caminar sobre una mujer.

—¡Estás loca, como una cabra, beeeee! ¡Solo hay que verte,
andando por la vida desnuda! —Job se había ofendido.

—Mira las formas gigantescas que rodean a esta habitación,
o a esta gruta, como la llamas tú. Si las abarcaras por completo
y con nitidez sabrías que son estanterías y una silla y una mesa
y una cama y una mesita de noche y una ventana y que la luz
del techo es una lámpara; aunque claro, tú eres un sueño
pueblerino y cateto que no sabe que existe la luz eléctrica.

La mujer desnuda continuaba danzando alrededor de Job,
tatareaba canciones y soplaba cariñosamente a los oídos
de un Job que seguía con cuerpo y ojos las vueltas
de la mujer de ensueño.

—Pero tú eres especial, como yo. —La mujer se detuvo,
lo besó en la boca pellizcándole las dos mejillas
y continuó bailando y hablando a su alrededor— . Sí,
eres muyyyyy especial. Has logrado salir del cerebro
y te has hecho... podríamos llamarlo.... quizás...
te has hecho casi realidad. ¡Un deseo hecho realidad!,
¿no te suena?; ¡un sueño hecho realidad!, ¿no te suena?
Sí, sí te suena y lo sabes, y sabes que en tu poblado
no te espera nada... a no ser... —la mujer se volvió a parar
y a besarlo—, a no ser que vayamos juntos.
Nos llevaremos a Consciencia y al buey, si está vivo,
y alguna vaca u oveja también. ¡Nos llevaremos a todos!

—¿Cómo sabes el nombre de mi perro, y lo de los animales,
y lo de que no me queda nada en el poblado? —preguntó
atropelladamente un Job confuso pero encantado
por los besos y el roce con tan bella mujer desnuda.

—Porque yo lo sé todo, amor mío. Porque yo soy también
un deseo, un sueño, un pensamiento de la misma mujer
que te ha creado a ti. Soy ella, un sueño de ella,
un deseo de ella; unos pensamientos un poco golfos,
por cierto —y tornó a reír y a danzar y a besar a un Job
perplejo y cautivo en el del círculo que le trazaba la mujer.

—Pero no podremos volver al poblado, está el infierno blanco
—dijo preocupado Job, maldiciéndose por haberlo olvidado.

—Sí podemos volver al poblado. Mañana mismo, ahora mismo
si lo deseamos. Nuestra creadora limpiará el sueño gélido de nieve
y en el jardín habrá y será lo que queramos; o, si prefieres
podemos volver por donde viniste, introduciéndonos, otra vez,
en la cabeza de la creadora para empezar de nuevo con otro sueño.
Podemos ir, podemos ser cualquier lugar que queramos.
¡Sueña, Job, sueña!, que eso es lo que te ha hecho casi realidad,
y cuanto más sueñes, más realidad serás.

—¿y cómo es la mujer sobre la que nos hallamos? —preguntó Job
temiendo saber la respuesta.

—Recuerda, Job, recuerda. La mujer es Eva, yo soy como a Eva
le gustaría ser. Un cuerpo sin cicatrices.

—¿Y Paco, dónde está Paco?

—Paco es el infierno blanco, Job. Véncele, a él, al valle y al pueblo.
Cuando lo logres seremos una realidad tan clara y alegre como la primavera.








Fin de la obra. Gracias por leer.
 
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