Jairo Castillo Romerin
Poeta adicto al portal
VENGO
Desde el sur noroccidental de las ciudades,
desde el patio elevando al mediodía
la resolana de una ropa que nunca acaba de secarse,
de algunas calles sabatinas con pedradas en los pómulos
y escaparates parlantes pregonando
el azafrán sonero del Caribe, su timbal envolvente;
de lejanos estivales para los que no se guarda ningún recordatorio
en algún almanaque cuando diciembre era fanfarria de brisa
y no la pegamenta de unos artículos que sólo duran un día.
Desde la alcoba reviviendo a medianoche pesadillas
cuando volar era invento del sueño
y no lo que ahora a duras penas es aleteo de una oruga.
Desde la historia de unos años que mataron el siglo,
de unas décadas que atemorizaron el miedo y dejaron
albúminas de terror al desayuno,
recovecos que iban y venían alquilados como suculentos cumpleaños
a los que se les tributaba su porción de energía postal;
desde la infancia más solitaria, despeinada y veraniega,
desde unos pasos en el barro con pies envueltos en plásticos zapatos,
desde unos versos que a perdurar se atrevieron
y hoy son la vida, el intento, el sacrificio;
desde esos lares tremolantes
con todas las preguntas y el estrépito del asombro
rasguñando mis costuras;
con todo lo que me queda de existencia,
vengo.
Desde el sur noroccidental de las ciudades,
desde el patio elevando al mediodía
la resolana de una ropa que nunca acaba de secarse,
de algunas calles sabatinas con pedradas en los pómulos
y escaparates parlantes pregonando
el azafrán sonero del Caribe, su timbal envolvente;
de lejanos estivales para los que no se guarda ningún recordatorio
en algún almanaque cuando diciembre era fanfarria de brisa
y no la pegamenta de unos artículos que sólo duran un día.
Desde la alcoba reviviendo a medianoche pesadillas
cuando volar era invento del sueño
y no lo que ahora a duras penas es aleteo de una oruga.
Desde la historia de unos años que mataron el siglo,
de unas décadas que atemorizaron el miedo y dejaron
albúminas de terror al desayuno,
recovecos que iban y venían alquilados como suculentos cumpleaños
a los que se les tributaba su porción de energía postal;
desde la infancia más solitaria, despeinada y veraniega,
desde unos pasos en el barro con pies envueltos en plásticos zapatos,
desde unos versos que a perdurar se atrevieron
y hoy son la vida, el intento, el sacrificio;
desde esos lares tremolantes
con todas las preguntas y el estrépito del asombro
rasguñando mis costuras;
con todo lo que me queda de existencia,
vengo.
Última edición: