Ricardo López Castro
*Deuteronómico*
Las estrechas palomas enturbiaban el aire,
olían a calor,
a cráneo derretido,
a cueva sin caídas.
Los olivos surgían, sumergidos en líneas,
como la cristalina gravedad,
como un sol que se eleva, cercando los senderos,
hasta que su luz hunde los horóscopos,
con golpes de neblina, pasos de humanidad,
que reflejan la historia y la cultura.
Un inmenso latido, sin cuerpo y sin cadencia,
quedó cristalizado en el mármol.
Era un verso con látigos y lágrimas.
Era un verso sin patria,
como desinhibido,
liberado del mar y del espacio.
Y el último paisaje que le queda,
es similar al mío.
Nos uniremos pronto, para no hacernos daño.
Y si esto no sucede,
ya no seré capaz de articular palabra.
Siempre seremos vírgenes y exóticos.
olían a calor,
a cráneo derretido,
a cueva sin caídas.
Los olivos surgían, sumergidos en líneas,
como la cristalina gravedad,
como un sol que se eleva, cercando los senderos,
hasta que su luz hunde los horóscopos,
con golpes de neblina, pasos de humanidad,
que reflejan la historia y la cultura.
Un inmenso latido, sin cuerpo y sin cadencia,
quedó cristalizado en el mármol.
Era un verso con látigos y lágrimas.
Era un verso sin patria,
como desinhibido,
liberado del mar y del espacio.
Y el último paisaje que le queda,
es similar al mío.
Nos uniremos pronto, para no hacernos daño.
Y si esto no sucede,
ya no seré capaz de articular palabra.
Siempre seremos vírgenes y exóticos.