VIRTUD DE SÚCUBO E ÍNCUBO
Pienso que despertaremos
con nuestros pies toqueteándose
y la asertividad
de la fiel compañía,
entre ellos, atrayéndolos;
que andaremos por veredas
toqueteándonos las manos
y en los dedos, la confianza;
y la lealtad de canino
protector, que es el vínculo-
ofrenda de los satisfechos
lamidos y estrujados,
nuestro vínculo y ofrenda.
En eso pienso. Y pienso
que esa virtud perdura,
aun nos distancien las sierras.
Pero eso no tiene lógica.
Los satisfechos son leales,
porque se lamen y estrujan,
porque inhalan sus espaldas,
porque escuchan sus gemidos,
¡porque acaban con espasmos!:
porque entre ellos se curan
las heridas con saliva.
Y por esa realidad
pienso (aunque no quiera)
que alejados por los cerros
vivimos entre lamidas
y estrujamientos: de noche,
toqueteando pies extraños;
de día, manos ajenas.
Pues no cumplimos el paso
vital para el encanto:
compartir espacio y cama
tanto como sea posible.
Y es que, sólo así,
un vicio limpio origina
una virtud limpia: una
virtud de súcubo e íncubo.
Pienso que despertaremos
con nuestros pies toqueteándose
y la asertividad
de la fiel compañía,
entre ellos, atrayéndolos;
que andaremos por veredas
toqueteándonos las manos
y en los dedos, la confianza;
y la lealtad de canino
protector, que es el vínculo-
ofrenda de los satisfechos
lamidos y estrujados,
nuestro vínculo y ofrenda.
En eso pienso. Y pienso
que esa virtud perdura,
aun nos distancien las sierras.
Pero eso no tiene lógica.
Los satisfechos son leales,
porque se lamen y estrujan,
porque inhalan sus espaldas,
porque escuchan sus gemidos,
¡porque acaban con espasmos!:
porque entre ellos se curan
las heridas con saliva.
Y por esa realidad
pienso (aunque no quiera)
que alejados por los cerros
vivimos entre lamidas
y estrujamientos: de noche,
toqueteando pies extraños;
de día, manos ajenas.
Pues no cumplimos el paso
vital para el encanto:
compartir espacio y cama
tanto como sea posible.
Y es que, sólo así,
un vicio limpio origina
una virtud limpia: una
virtud de súcubo e íncubo.
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