Juan Oriental
Poeta que considera el portal su segunda casa
Vivo, del obraje de estío de mi suelo:
el motorcito del obseso mangangá
que taladra de la siesta su puntal,
y el colérico violín de la chicharra.
El brindis copa en alto de las calas,
vivo, y cada fogonazo colorido
del atónito motín de los hibiscos.
¡Ah!, y la verde marejada del parral.
Vivo la regia inmodestia del rosal,
y allende el caserío, en ese campo,
los braseritos azules de sus cardos
y el alto pestañeo de sus palmas.
Del limonero, su dádiva gualda
vivo, y contigo, nuestro solar y lecho;
los dos a ritmo como espiga y viento
bajo el rayo complacido de la luna.
Vivo..., donde no me dejes nunca.
©Juan Oriental
el motorcito del obseso mangangá
que taladra de la siesta su puntal,
y el colérico violín de la chicharra.
El brindis copa en alto de las calas,
vivo, y cada fogonazo colorido
del atónito motín de los hibiscos.
¡Ah!, y la verde marejada del parral.
Vivo la regia inmodestia del rosal,
y allende el caserío, en ese campo,
los braseritos azules de sus cardos
y el alto pestañeo de sus palmas.
Del limonero, su dádiva gualda
vivo, y contigo, nuestro solar y lecho;
los dos a ritmo como espiga y viento
bajo el rayo complacido de la luna.
Vivo..., donde no me dejes nunca.
©Juan Oriental
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