AlejandroCifuente
Poeta recién llegado
Todas las noches los árboles lanzan su sabia clorofila sobre el umbral de mi puerta,
navegando ese ondulado sitio donde las cavernas deshacen el rastro de luz,
por los costados de un borde que traspasa nuestro patio más perdido en una noble distancia.
Y pese todo los harapos de mi piel se cristalizan con una estrella que vaga en la vereda,
donde una vez estuvieron mi silla y los relojes, sobre tus párpados ligeros.
Ahora la mañana me contagia una vieja sed que apaga la garganta
porque no estoy malherido después de la lluvia, de los puentes
y aun sigo tropezando con los cordajes que se tejen en la luna.
Es por eso que esta trampa de ocasiones o de plagios,
de nubes marchitas que vomitan en el suelo de las casas donde vivo
se aprisionan en el barro,
se estrujan los ojos de una mano muerta para naufragar nuestra última coraza
y los pájaros prestados de la hierba no distinguen las voces ausentes
que se perdieron en este invierno.
navegando ese ondulado sitio donde las cavernas deshacen el rastro de luz,
por los costados de un borde que traspasa nuestro patio más perdido en una noble distancia.
Y pese todo los harapos de mi piel se cristalizan con una estrella que vaga en la vereda,
donde una vez estuvieron mi silla y los relojes, sobre tus párpados ligeros.
Ahora la mañana me contagia una vieja sed que apaga la garganta
porque no estoy malherido después de la lluvia, de los puentes
y aun sigo tropezando con los cordajes que se tejen en la luna.
Es por eso que esta trampa de ocasiones o de plagios,
de nubes marchitas que vomitan en el suelo de las casas donde vivo
se aprisionan en el barro,
se estrujan los ojos de una mano muerta para naufragar nuestra última coraza
y los pájaros prestados de la hierba no distinguen las voces ausentes
que se perdieron en este invierno.
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