BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Atado.
Con cien mil flores al pelo,
buscando piedras en el cielo.
Atado.
Atado con doscientas rosas
en el cuerpo, con tres caminos
polvorientos reflejados en mi espejo.
Atado.
Con símbolos incomprensibles,
con lenguajes inaprensibles que acechan
lo oscuro.
Atado.
Como a tientas, como cansado.
Como esperando olvido o renacimiento.
Como obteniendo placeres de una vida
ingrata.
Atado.
A mi rosa esperada,
a la luna convexa,
a los labios húmedos
de una dama inconcreta.
Atado.
Con una quemadura en cada mano,
con estallidos de células y armarios empotrados.
Con recibos mensuales que pagan
los hijos de los hipotecados. Atado. Atado.
Atado.
Con cansancio y con reticencias.
Con perfumes de evanescentes esencias.
Con reseñables nupcias en los lánguidos
ojos que apenas disimulan.
Con un vacío en cada pupila dilatada.
Con una quemadura. Con una quemadura
y con un cenicero.
Atado.
En la profundidad de los labios
la mañana cauterizadora.
El espacio diminuto de un beso
impensable.
Atado.
Con cadenas desiguales.
Con posos de café metidos en el alma.
Con lunas ambarinas tanteando los faros apagados.
Con cara de revólver.
Con perfidias y secretos,
con lunas anchas que apenas cogen en el pecho.
Con sombras y omóplatos.
Con largos platos de ceniza y sótanos.
Atado. Hasta la médula,
hasta los hígados, hasta las lánguidas
mareas del sueño.
Ciertas circunferencias anidan los espectros
de las mesas y del iris y planean
venganzas con sus sobres de delantales.
Ciertos circunloquios emiten su soledad de jarro estrellado.
Yo estoy en esas mesas,
yo estoy en esos delgados cantos,
en esos musgos del caracol olvidado,
en esas tenazas del olvido y del recuerdo.
Mascando dientes,
de hijos olvidados, de nietos pretéritos,
de agentes embolsados en los néctares
de la infección.
©
Con cien mil flores al pelo,
buscando piedras en el cielo.
Atado.
Atado con doscientas rosas
en el cuerpo, con tres caminos
polvorientos reflejados en mi espejo.
Atado.
Con símbolos incomprensibles,
con lenguajes inaprensibles que acechan
lo oscuro.
Atado.
Como a tientas, como cansado.
Como esperando olvido o renacimiento.
Como obteniendo placeres de una vida
ingrata.
Atado.
A mi rosa esperada,
a la luna convexa,
a los labios húmedos
de una dama inconcreta.
Atado.
Con una quemadura en cada mano,
con estallidos de células y armarios empotrados.
Con recibos mensuales que pagan
los hijos de los hipotecados. Atado. Atado.
Atado.
Con cansancio y con reticencias.
Con perfumes de evanescentes esencias.
Con reseñables nupcias en los lánguidos
ojos que apenas disimulan.
Con un vacío en cada pupila dilatada.
Con una quemadura. Con una quemadura
y con un cenicero.
Atado.
En la profundidad de los labios
la mañana cauterizadora.
El espacio diminuto de un beso
impensable.
Atado.
Con cadenas desiguales.
Con posos de café metidos en el alma.
Con lunas ambarinas tanteando los faros apagados.
Con cara de revólver.
Con perfidias y secretos,
con lunas anchas que apenas cogen en el pecho.
Con sombras y omóplatos.
Con largos platos de ceniza y sótanos.
Atado. Hasta la médula,
hasta los hígados, hasta las lánguidas
mareas del sueño.
Ciertas circunferencias anidan los espectros
de las mesas y del iris y planean
venganzas con sus sobres de delantales.
Ciertos circunloquios emiten su soledad de jarro estrellado.
Yo estoy en esas mesas,
yo estoy en esos delgados cantos,
en esos musgos del caracol olvidado,
en esas tenazas del olvido y del recuerdo.
Mascando dientes,
de hijos olvidados, de nietos pretéritos,
de agentes embolsados en los néctares
de la infección.
©