Voz de plata y sangre

Samuel17993

Poeta que considera el portal su segunda casa
Voz de plata y sangre: relato en PDF.


La Voz

La voz, ajada, cual flor desprovista
de pétalos, palpa el sonido engullendo
y cierra los fotones en granos que
dispersan todo; y así, esparciendo
la color, en mil pigmentos, no existe.
Voz es plural y colectiva en ese trance;
los matices singulares empiezan a tornarse
la voz de la infección, el griterío de luz inmensa,
matando por insolación, acalorando la fiebre.
Las palabras huelen a un sabor extraño
que no apela a los agudos sonidos
de sus cuerdas que se balancean
en vientos forasteros.
De su voz se siente inmigrante tal que choca contra muro,
y los tímidos intentos de avanzar hacia algún lugar
quedan, encerrados, en el agua,
donde aguarda la sombra
multiplicada,
flecha
etiquetada,
hecha
en desbordada
para expulsarse poco a poco en cualquier intento de huida.
La voz, achaparrada, cual polen en granero
de abeja, pierde los sentidos en la confusión
donde nada es visto, olido, escuchado…
Voz plural sin singular, singular afonía,
no tañe ningún azul, rojo, verde, ni
blanco o negro.
Voces, mudas.
Ni al escribir las siguientes palabras
aparece la 1 persona del singular.
Ellos soy, yo no son.
Confusa gramática, confusa sintaxis.
Voz, voz, vuela y quiere coger el pincel,
las voces, también.

Voz y voces, lanza (-das), se dispersan en el espacio,
rastro de estrella caída.

I​

La noche había descendido como un velo desgarrado por una mano moribunda, y los rayos de luna se filtraban por una ventana que iluminaban aquella escena: el pasillo, largo y estrecho, con una sombra caminando por él. Allí, la silueta se transformaba en una joven de espaldas y la luz proveniente de su móvil, cual vela decimonónica, alumbraba su trayectoria. Avanzaba en línea recta sin que nosotros pudiéramos ver más, aquellos esbozos de su cuerpo, aquella forma alta, esa cadera sinuosa y, al mismo tiempo, regia y fuerte. Se percibían unas ropas deportivas, unos leggins y un chándal, unas zapatillas blancas. Había que acercarse para ver cómo su aliento se proyectaba, ahora claramente perceptible, como un triángulo imperfecto, un nimbo irregular que se desbordaba de su geometría perfecta, al final, casi transformado en un círculo.

No tardó mucho en encontrar lo que buscaba pues se paró de pronto, y por encima de su hombro se hallaba una puerta cerrada al final del pasillo. Al intentar girar el pomo, deteriorado, sonó un chirrido repentino que alteró repentinamente a la muchacha; en ese instante, se descubría parcialmente su cara, exaltada y levemente asustada; pero le duró poco puesto que volvió a su anterior posición, ahora tímida, angustiada por el hecho de que, quizás, alguien espiase sus acciones. Daba la sensación de que fuéramos como un acosador, como un juez o un testigo duro y acusador que la cuestionase. Ahora más alejados de la atemorizada muchacha, nos quedamos frente a la puerta abierta de la habitación. La oscuridad ahí dentro era total y ella no parecía querer mirar. Aún le temblaba el pulso cuando volvimos a su lado.

Mientras, nosotros observábamos.

Se imponía un silencio. Un profundo silencio. Esa sinuosa sinceridad que nace de la nada, de lo no que no se dice y no hace falta decir, sin que el resto sea consciente. Un sentimiento inefable vibraba en la atmósfera. Aquella intriga originaria apesadumbraba el pecho de la muchacha, que latía agitado, retumbaba, se mostraba levemente ante las imágenes a sus alrededores. El espacio apabullaba con aquellas sombras, saltimbanquis e inquietas, totalizadoras, estrangulando la voz de todo. Quedábamos tan cerca, casi nuestra mano en su espalda, sin luz, abrazados entre el sonido de su respiración y el silencio sepulcral de una noche más profunda, proveniente de dentro. Unas palabras salieron de su boca, apenas se percibió alguna de ellas, incluso tan cercanos a ella. La expectación nos dejó paralizados unos momentos. No pasó nada.

Se movió tras un tiempo incognoscible. Sus pasos hacia adelante nos alejaron de ella, otra vez, por sernos repentino, pero la seguimos y vimos cómo aparecieron siluetas de viejos objetos, olvidados, que se adentraron ante los ojos suyos y nuestros y desaparecieron, en un área en constante movimiento por la linterna del móvil. A su espalda quedábamos siguiéndola, acompañándola bajo su ritmo. Un semicírculo luminoso, que sobresalía de su propia media circunferencia, neblinoso y tembloroso frente a aquella oscuridad, fue marcándonos un esbozo a carboncillo de una habitación grande y espaciosa, pero la cual estaba llena de obstáculos no mostrados, ocultos y absorbidos por las manos negras de la negritud. Se paró de nuevo, y empezó a subir lentamente una persiana; y pudimos encontrarnos con su cara y nos contemplamos ante la luz selénica que iluminaba el caserón. Y vimos su rostro joven y sereno.

Aún no reconocerías su nombre: ni quién es ni quién fue, porque aún no habías, ni has conocido nada ni a nadie de esta historia. Este pasado es tan joven que ni siquiera somos ni éramos consciente de su vetustez, y nuestro presente era una ilusión que estaba escrutando aquellas imágenes como una alucinación. No tienes ni tendrás conocimiento de aquellos objetos tirados por distintos recovecos de la sala, cual templos a dioses antiguos, repartidos por las orillas de la fe eterna, casi propios de un (Síndrome de) Diógenes; esos mismos que nunca quisieran ser olvidados ni olvidarse que un día fueron la devoción a antiguos seres poderosos, y ya solamente servirían para decorar la fantasía de miles de turistas anhelantes de historias truculentas y, posiblemente, inventadas. Apenas harías más que observar su rostro para reconocer un símbolo de lo que estaría por ocurrir. La tenemos otra vez ahí, delante, en el pasado.

Aquella cara desconocida, ahora iluminada, se retrajo y empezó a mostrarse circunspecta y transida. La vimos desde el ángulo donde se contemplaba su pelo castaño, recogido por una coleta, pero después nos rechazó de nuevo: quizás no le hubiera gustado verse desde allí; quizás odiaba esa perspectiva porque se veía fea y horrible; quizás, lo desconocíamos y mirábamos para saber y no lo encontrábamos. Así que la mostramos más alejada, en la frialdad del caserón, en el baile de azules y negros, cubiertos cual melenas que a su espalda observasen y necesitasen que avanzara, o hiciera algo, ¡lo que sea!; los rayos de luz argentos pulsaban teclas que tocaban sus pelos, cariñosamente, y con la que nos deleitaríamos imaginando el tacto de la piel y sus cabellos recogidos.

Nos fijamos en la mano que parecía contener algo. En su puño, muy apretado, había un objeto, sin saberse bien qué era. Tuviste que haberlo reconocido pues pareciste señalárnoslo. Supimos por ti que había algo ahí: quién sabría más que ella, o quizás tú, o quizás alguien más lo sabría, si no ninguna…, lo que había ahí escondido. Lo masajeaba, lo toqueteaba, lo aplastaba, lo acariciaba con fuerza sin querer soltarlo; lo movía entre sus manos de lado a lado, estereotipadamente, sin mostrarlo, lo empujaba, lo dejaba intuir, sin que nada lo viera; y abrió la mano, sin dejarnos ver, únicamente para sí, como confirmando que estaba aún en el mismo lugar. Paró de hacerlo y lo apretó aún más. Entonces, escuchaste lo que parecía el sonido de sus lloros, un gimoteo, un hipar curioso e intermitente. En su cara, de trasluz, vuelta a alejarnos de su mirar, se podía encontrar una sonrisa enorme y hermosa. De pronto era desconcertante la ambivalencia con que se percibía aquella visión de la muchacha: según el ángulo, nos encontrábamos con una percepción distinta. Desconocíamos realmente qué pasaba. Y observábamos más curiosos.

La quietud volvió de nuevo; el tiempo se paralizó a pesar de que el reló del móvil seguía moviendo sus minutos y segundos; afuera la noche mostraba su tranquilidad con el sonido rítmico de animales nocturnos, lejos, amenizando la lentitud eternizada del momento. Qué pensaría en un momento así, sin hacer nada, paralizada. Las manos de ella parecieran tampoco entenderlo: se habían hecho sangre con las uñas, clavadas, sin querer. Un poco de rojo liviano y trasparente se filtró por la carne blanquecina, resplandeciendo aquella parte, marca del dolor y de la vida, en funcionamiento: un tributo de sangre. Algunas gotas se derramaban por su mano, cual pequeño riachuelo, cascadita roja, que impregnaron el suelo de madera. La madera oscura se mimetizó con la linfa oscura de la muchacha. Qué ritual podría ser aquél, asomó en tu mente y la nuestra.

Despertó del ensueño y se movió repentina y rápidamente, como movida por un paroxismo. Retornó al pasillo, salía como huyendo de la sala. Su espalda nos abandonó por la puerta del pasillo anterior, aún iluminada por la luna. Ahora sólo nos quedaba observar, solos, aquellos restos de recuerdos que no nos dirían nada: tantos, extraños perdidos y olvidados. Fueron restos de asuntos que nos fueron ajenos, en este instante, a los que ya no podíamos abandonar. Únicamente contemplábamos la sala. Nos aburrimos entre ellos, cáscaras vacías sin sentido, compartiendo con nosotros el espacio y aquel tiempo, aquella experiencia. Pero volvieron los ecos de sus pasos, recorriendo otras habitaciones, y subiendo y bajando escaleras, que nos hacían preguntarnos e imaginar. Ella seguía ajena a nuestra mirada entrometida, de unos intrusos de su intimidad. Durante un tiempo escuchamos el trasiego desconocido, que apenas podíamos entender. La incógnita estaba en el limbo de las sombras, con las que nuestros sentidos bailaban en aquel cuarto.

Tras escuchar aquellos sonidos un buen rato, la volvimos a ver en el pasillo desde la habitación. Estábamos contemplándola en aquellas acciones sin saber sus intenciones, ni tampoco conocíamos las nuestras propias, mirando y contemplando su caminar. Sólo observábamos su caminar con regularidad, en el pasillo, iluminada por la luz de luna, por la que pareciera guiada, o como desplegando sus rayos cual alfombra de gala. Su cara hizo un gesto poco elocuente similar a un saludo, aunque conocíamos que continuaba ajena de nosotros. Ahora la luz la mostraba impaciente y desbocada, como si fuera una criminal en un acto deleznable que no quisiera que nadie viese. En realidad, podríamos intuir que así fue. Pero, ¿quién iba a juzgar? No estábamos ahí para decir nada. Mirábamos. Ya mirábamos impacientes.

II​

Volvemos a estar en su encuentro a sus espaldas, donde nos colocó, despertados por aquella ráfaga de luz, disparada como un cañonazo, cegados con la visión saturada. Mientras nos acostumbramos a la luz artificial, entendemos que el resplandor se debe a que ella enciende un ordenador antiguo, un Pentium II con Windows 98, que tiene ese logo tan llamativo y casi cinematográfico en la pantalla. Por fin podemos volver a ver aquella espalda que ya hemos visto, y nos asalta otro flash de luz, que parece el de una fotografía, e inmortaliza la habitación, llena de estanterías, con libros, muchos libros antiguos y alguno más moderno, juguetes, gogos, o un scalextric de los 90s. Aunque hay más de esas cosas, no las podemos contemplar porque es demasiada información y demasiada la potencia de aquel haz de luz repentina. Estamos casi ciegos por un momento, como si de pronto el poder luminoso lo absorbiese todo, incluso nuestra retentiva. Pareciera un halo presagiador, pero luego desaparece esa ola luminosa, y nada cambia. Al menos eso creemos, esperamos expectantes.

Seguimos observando, como siempre.

Una pista de música empieza a sonar con «Love, love, love» de Light of Love de T-Rex. Sus manos chocan como dos pies taconeando la mesa de escritorio, y su voz dulce —aunque con excesiva melosidad interpretativa— canturrea «Love, love, love» hasta que la luz de amor acaba por morir en el silencio y llega la siguiente canción. Entonces aquella majestuosa figura para con sus dedos y la voz habla para sí con su tono habitual: «cuánto tiempo», y suspira al aire helado creando un vaho poderoso, el cual se dispersa sin dejar rastro alguno. El frío nos está congelando el ambiente, y temblaríamos en una situación propiamente humana, pero no tenemos esa cualidad. Únicamente somos testigos formales de esta escena, como si estuviéramos implicados en la historia para grabarla desde nuestra pupila. ¿Es una pupila? No lo sabemos, pero quisiéramos bailar con esa muchacha que, ahora, canta triste aquella música, la que antes estaba sonando y bailaba con sus dulces dedos.

Entonces, otra voz habla desde lejos; creemos que está preguntando que qué hace, aunque no lo sabemos a ciencia cierta. Ella le contesta: «Estoy en la habitación, he dejado eso y… escuchaba a T-Rex; ya sabes, los viejos tiempos». Pero eso último se lo ha dicho tan suave que no podemos oírlo, lo nítidamente que quisiéramos; desde aquí la percepción auditiva nos llega mermada. Nosotros interpretamos que nos lo dice a nosotros. Pareciera que nos lo dice. Queremos que nos lo diga a nosotros. Ojalá se acercara a cantar esa canción y pudiéramos grabarla como se grabó la canción que ha estado cantando. ¿Qué querrá decir con viejos tiempos? ¿Existieron tiempos en donde nosotros no existíamos? Nuestra memoria no arranca hasta que nos encontramos un momento fugaz como éste, donde estábamos en sus manos. Quisiéramos acercarnos, preguntar, saber, participar en lo que esté haciendo.

Pero únicamente estamos como voyeurs, mirando, siempre. Hemos estado mirando así desde que nos dejaron en la parte de atrás de la habitación. Antes estuvimos en sus manos, cariñosas, calientes y fuertes. Sentimos su fuerza sobre nuestro cuerpo que apenas teníamos constancia de su existencia. Nos cogió sobre sus manos y nos soltó un soplo que dijo, creo, creemos: «Ojalá pudieras tener vida para saber lo que me cuesta dejarte aquí. Ojalá supieras…». No dijo nada más, luego la luz tembló en un grito de cisne, y la sombra nos invadió y nos hundió sorpresivamente en el olvido. Éramos ya algo que miraba, que mirábamos y sentíamos, desconocemos desde cuánto tiempo. Sólo sabemos que desde entonces pudimos comprender que estábamos ahí, anhelando de nuevo sus manos. Nos dejó muy pronto. Demasiado pronto. Ahora queremos ver aquellas paredes y aquel allá, más lejano, donde ese objeto de plata nos mira, extrañado de nuestra existencia. Nosotros también nos extrañamos. Quién extraña a quién y cómo extrañamos tantas cosas. Y sobre todo no queremos que se vaya, como hizo antes, repetición cruel y sempiterna. Que nos abandone en la inmensidad de la oscuridad donde todo estaba antes, que nos vio nacer entre esas melenas de luz argentina que pasan por esa cortina que, apolillada, cubre el exterior. Extraño velo de esa dama ciclópea que nos mira.

La voz resuena de nuevo, avisando de algo, que no podemos oír. No tiene la misma sonoridad que nuestra ama, que nos ha dejado acá, mirándola su hermosa espalda; tan alejada de nosotros la voz, pareciera salida de las mismas entrañas del subsuelo, y nos indicase un críptico mensaje de los señores infernales. Nos provoca un miedo extraño, quizás por el eco reverberando y distorsionándose, fuerte y grave, repitiéndose a veces deformada y monstruosamente. Pero pronto desaparece por unos acordes de «Too much love», de Queen, que nos envuelve el ambiente con su pastelosa y, al mismo tiempo, demasiado potente sonoridad, y nos hace temblar nuestros oídos frágiles, recién madurados, y no acostumbrados a ese tipo de sonido. Estamos paralizados un momento, tan impresionados con estos cambios. Luego sentimos en nuestro ser el vibrar de aquella voz. ¿Nuestros vecinos estarán contentos con esta música? Es posible que no gustase. A nuestra ama parece encantarle, está encaprichada por esa lista de música que parece de otro tiempo. Por un momento nos sentimos, me siento, parte de ese placer.

Deja de sonar la música. Se acaba la placentera experiencia. Se levanta, ¡por fin!, y nos muestra su envejecimiento… Pero, ¡hace nada!, era un rostro joven. Cuánto tiempo pasó. No sabemos. No conocemos tanto. Un miedo visceral nos aterra y nos deja ciegos.

Todo desaparece.

III​

Le desearíamos un buen viaje, a donde sea que se vaya. En nuestra última visita apenas la pudimos ver. Nos encantaría verla, como aquella vez, como aquellas veces anteriores. Qué pocas. Aún recuerdo la última. Encendió la luz, la apagó de nuevo y se fue. Se debió de despedir así. Era un mensaje encriptado para nosotros. Esperemos que esté en muy buen estado de salud, y feliz, ante todo. Aquí la noche nos cubre por completo. Nos la imaginamos en otros lugares, pero apenas tenemos conocimiento del exterior. Imaginamos o imaginaríamos lugares rodeados por esta luz de plata donde podamos contemplarla, feliz y no triste, bailando con su cuerpo y quizás otros de los suyos, humanos como ella, aunque no hemos visto de otro tipo que sean como el de ella. Nuestra capacidad creadora está tan ligada a la imagen que nos ha dejado; es un tótem de nuestra visión lánguida que se queda ciega al irse. Soñamos con verla, inocentes y deudores suyos.

Somos meros espectadores de lo que ella hace, así que deseamos su visita, una peregrinación de nuestra señora. Pero no vendrá; quizá, quizá… Lo creemos, lo hemos mascullado con otros de por aquí, que parecen reconocer su presencia, con un nombre, que consideramos sacro e impronunciable por el pecado originario…; y creemos que no nos desea ante ella. Por lo que he oído, nos olvidó aquí para no observarnos, una especie de ex voto a otra persona o entidad. Algunos dicen que es, en realidad, un recuerdo a un episodio ominoso de antes de nuestro nacimiento, el que no debe ser recordado. ¡Qué culpabilidad nos echaron sobre nosotros! ¡Nosotros somos inocentes! Queremos verla de nuevo en este lugar. Quizás, como nos han dicho los otros, en eso llamado ¡día!, con toda la luz creando esa atmósfera donde relucimos, según nos han contado. Desearíamos estar entre sus manos divinas y aquel espectáculo llamado día. Siempre es triste la oscuridad. Siempre vivimos la noche. No veremos nada de eso.

Desearíamos no haber escuchado esas primeras palabras que separaron un átomo de creencia en nuestro recipiente. Quizás no estaríamos contándonos esta historia, como un cuento de noche intranquila, ¡eterna noche oscura!, como un mito creador. A veces, esa duda ha de matarnos. He escuchado una voz que reniega de todo, e insulta herética la devota belleza de la voz de nuestra ama. Maldigo esa renegación y maldigo su estampa (de objeto inanimado). Pero quisiera volver a oír cantar esa canción sin pensar que, luego, volverá la oscuridad. A veces quiero saber, cotilla, un poco de la tragedia que nos hizo llegar a este punto de aquí; pero, luego, tiemblo, creo que nada hay de eso, y es un mal chiste… Es la mera debilidad, y eso consuela a veces; luego, el consuelo es una quimera. Incluso imagino que fue una broma de mal gusto, y nada tenemos que ver con maldición o bendición. Qué maldita mi estampa, mi flaqueza, mi falta de fe y espíritu… Tiemblo siempre con ello. A nadie le gusta esa idea. ¡No quiero acabar como una mera sombra de una historia así! Si tuviera corazón, explotaría.

Espero, lo deseo muchas noches como ésta, que un día estará entrando con un hermoso vestido de gala, y quizás con una sonrisa de oreja a oreja nos saludase. Quizás será un día importante, y nos dará un beso por la emoción. Bailará, ¡a lo mejor con nosotros en su cuello, dulce cuello de cisne!, como una niña dulce, con esa cara joven de cuando nos dejó… ¿Cuánto pasó? No lo sé. No lo sé. El tiempo es tan extraño, tan extraño. Tan extraño como todo, sobre todo con lo que está fuera de la habitación. ¿Qué cosas esperarán? Allí, con la ama. Un mundo desconocido. A veces temo, si algo que pudiera no ser como imaginamos. No, no. Suspiro. Tiemblo. Pero me controlo y me la imagino. Así deseo verla, feliz y reluciente, aunque me da igual cómo. Quiero verla, quién sabe cómo, cuándo y de qué forma. Sería simplemente maravilloso disfrutar del mundo en su presencia.

Algunos aquí musitan cosas, viven una lenta degradación. Otros callan, no sé bien por qué. ¿Se habrán estropeado, habrán quedado oxidados y rotos? No quiero pensar en ello. ¿Cuántas cosas se habrán sepultado por eso? ¿Me pasará a mí? ¿Soy un juguete? ¿Soy…? Ay, ¿quién viene? Oigo una voz. No es la que escuché esa otra vez, ni la de la ama. ¿Habrá alguien más? Entonces olvido lo que estaba diciendo. ¿Qué…?

Otra luz y, otra vez, la oscuridad.
IV
Aquella habitación ahora está muy iluminada por la luz solar y se muestra la totalidad desganada de la misma, donde ya apenas queda nada. Un calorcillo entra por la ventana abierta y se escapa un olor a polvo y a cerrado que debió de habitar allí, durante mucho, mucho tiempo, un tiempo muy lejano. Únicamente se escucha el trinar de los pájaros en la mañana y las cigarras repitiendo al grillo que ellas son mejores con su música. El viejo ordenador ha desaparecido y, también, su música. Algunos juguetes y libros que quedan están en cajas destartaladas, caóticamente repartidas. Nadie vuelve a pisar la estancia como en aquella noche tan lejana, cuánto de eso, estúpida y azarosa pregunta, pues los gritos ensordecen desde otra sala, incluso eliminando la memoria. La mañana baña con sus brazos alguna de las cosas que tuvieron vida en aquellas noches, ya completamente desconocidas y extrañadas de aquellos momentos. Ya nada observa ni es observado. Aquel resto de ese ser y seres ya no puede recordar a la muchacha, o a la otra mujer de después; se desborda todo con la vitalidad que ahora habita en el caserón. Ya no hay palabras en aquella habitación recordando a la muchacha enigmática. Ya nada tiene memoria de esas cosas. Únicamente, el silencio se esparce desde la ruidosa entraña del mundo exterior, y las palabras se ahogan en el interior.

Las palabras huyen por las ventanas ante la fuerza impasible que corre de un lado a otro.
 
Voz de plata y sangre: relato en PDF.


La Voz

La voz, ajada, cual flor desprovista
de pétalos, palpa el sonido engullendo
y cierra los fotones en granos que
dispersan todo; y así, esparciendo
la color, en mil pigmentos, no existe.
Voz es plural y colectiva en ese trance;
los matices singulares empiezan a tornarse
la voz de la infección, el griterío de luz inmensa,
matando por insolación, acalorando la fiebre.
Las palabras huelen a un sabor extraño
que no apela a los agudos sonidos
de sus cuerdas que se balancean
en vientos forasteros.
De su voz se siente inmigrante tal que choca contra muro,
y los tímidos intentos de avanzar hacia algún lugar
quedan, encerrados, en el agua,
donde aguarda la sombra
multiplicada,
flecha
etiquetada,
hecha
en desbordada
para expulsarse poco a poco en cualquier intento de huida.
La voz, achaparrada, cual polen en granero
de abeja, pierde los sentidos en la confusión
donde nada es visto, olido, escuchado…
Voz plural sin singular, singular afonía,
no tañe ningún azul, rojo, verde, ni
blanco o negro.
Voces, mudas.
Ni al escribir las siguientes palabras
aparece la 1 persona del singular.
Ellos soy, yo no son.
Confusa gramática, confusa sintaxis.
Voz, voz, vuela y quiere coger el pincel,
las voces, también.

Voz y voces, lanza (-das), se dispersan en el espacio,
rastro de estrella caída.

I​

La noche había descendido como un velo desgarrado por una mano moribunda, y los rayos de luna se filtraban por una ventana que iluminaban aquella escena: el pasillo, largo y estrecho, con una sombra caminando por él. Allí, la silueta se transformaba en una joven de espaldas y la luz proveniente de su móvil, cual vela decimonónica, alumbraba su trayectoria. Avanzaba en línea recta sin que nosotros pudiéramos ver más, aquellos esbozos de su cuerpo, aquella forma alta, esa cadera sinuosa y, al mismo tiempo, regia y fuerte. Se percibían unas ropas deportivas, unos leggins y un chándal, unas zapatillas blancas. Había que acercarse para ver cómo su aliento se proyectaba, ahora claramente perceptible, como un triángulo imperfecto, un nimbo irregular que se desbordaba de su geometría perfecta, al final, casi transformado en un círculo.

No tardó mucho en encontrar lo que buscaba pues se paró de pronto, y por encima de su hombro se hallaba una puerta cerrada al final del pasillo. Al intentar girar el pomo, deteriorado, sonó un chirrido repentino que alteró repentinamente a la muchacha; en ese instante, se descubría parcialmente su cara, exaltada y levemente asustada; pero le duró poco puesto que volvió a su anterior posición, ahora tímida, angustiada por el hecho de que, quizás, alguien espiase sus acciones. Daba la sensación de que fuéramos como un acosador, como un juez o un testigo duro y acusador que la cuestionase. Ahora más alejados de la atemorizada muchacha, nos quedamos frente a la puerta abierta de la habitación. La oscuridad ahí dentro era total y ella no parecía querer mirar. Aún le temblaba el pulso cuando volvimos a su lado.

Mientras, nosotros observábamos.

Se imponía un silencio. Un profundo silencio. Esa sinuosa sinceridad que nace de la nada, de lo no que no se dice y no hace falta decir, sin que el resto sea consciente. Un sentimiento inefable vibraba en la atmósfera. Aquella intriga originaria apesadumbraba el pecho de la muchacha, que latía agitado, retumbaba, se mostraba levemente ante las imágenes a sus alrededores. El espacio apabullaba con aquellas sombras, saltimbanquis e inquietas, totalizadoras, estrangulando la voz de todo. Quedábamos tan cerca, casi nuestra mano en su espalda, sin luz, abrazados entre el sonido de su respiración y el silencio sepulcral de una noche más profunda, proveniente de dentro. Unas palabras salieron de su boca, apenas se percibió alguna de ellas, incluso tan cercanos a ella. La expectación nos dejó paralizados unos momentos. No pasó nada.

Se movió tras un tiempo incognoscible. Sus pasos hacia adelante nos alejaron de ella, otra vez, por sernos repentino, pero la seguimos y vimos cómo aparecieron siluetas de viejos objetos, olvidados, que se adentraron ante los ojos suyos y nuestros y desaparecieron, en un área en constante movimiento por la linterna del móvil. A su espalda quedábamos siguiéndola, acompañándola bajo su ritmo. Un semicírculo luminoso, que sobresalía de su propia media circunferencia, neblinoso y tembloroso frente a aquella oscuridad, fue marcándonos un esbozo a carboncillo de una habitación grande y espaciosa, pero la cual estaba llena de obstáculos no mostrados, ocultos y absorbidos por las manos negras de la negritud. Se paró de nuevo, y empezó a subir lentamente una persiana; y pudimos encontrarnos con su cara y nos contemplamos ante la luz selénica que iluminaba el caserón. Y vimos su rostro joven y sereno.

Aún no reconocerías su nombre: ni quién es ni quién fue, porque aún no habías, ni has conocido nada ni a nadie de esta historia. Este pasado es tan joven que ni siquiera somos ni éramos consciente de su vetustez, y nuestro presente era una ilusión que estaba escrutando aquellas imágenes como una alucinación. No tienes ni tendrás conocimiento de aquellos objetos tirados por distintos recovecos de la sala, cual templos a dioses antiguos, repartidos por las orillas de la fe eterna, casi propios de un (Síndrome de) Diógenes; esos mismos que nunca quisieran ser olvidados ni olvidarse que un día fueron la devoción a antiguos seres poderosos, y ya solamente servirían para decorar la fantasía de miles de turistas anhelantes de historias truculentas y, posiblemente, inventadas. Apenas harías más que observar su rostro para reconocer un símbolo de lo que estaría por ocurrir. La tenemos otra vez ahí, delante, en el pasado.

Aquella cara desconocida, ahora iluminada, se retrajo y empezó a mostrarse circunspecta y transida. La vimos desde el ángulo donde se contemplaba su pelo castaño, recogido por una coleta, pero después nos rechazó de nuevo: quizás no le hubiera gustado verse desde allí; quizás odiaba esa perspectiva porque se veía fea y horrible; quizás, lo desconocíamos y mirábamos para saber y no lo encontrábamos. Así que la mostramos más alejada, en la frialdad del caserón, en el baile de azules y negros, cubiertos cual melenas que a su espalda observasen y necesitasen que avanzara, o hiciera algo, ¡lo que sea!; los rayos de luz argentos pulsaban teclas que tocaban sus pelos, cariñosamente, y con la que nos deleitaríamos imaginando el tacto de la piel y sus cabellos recogidos.

Nos fijamos en la mano que parecía contener algo. En su puño, muy apretado, había un objeto, sin saberse bien qué era. Tuviste que haberlo reconocido pues pareciste señalárnoslo. Supimos por ti que había algo ahí: quién sabría más que ella, o quizás tú, o quizás alguien más lo sabría, si no ninguna…, lo que había ahí escondido. Lo masajeaba, lo toqueteaba, lo aplastaba, lo acariciaba con fuerza sin querer soltarlo; lo movía entre sus manos de lado a lado, estereotipadamente, sin mostrarlo, lo empujaba, lo dejaba intuir, sin que nada lo viera; y abrió la mano, sin dejarnos ver, únicamente para sí, como confirmando que estaba aún en el mismo lugar. Paró de hacerlo y lo apretó aún más. Entonces, escuchaste lo que parecía el sonido de sus lloros, un gimoteo, un hipar curioso e intermitente. En su cara, de trasluz, vuelta a alejarnos de su mirar, se podía encontrar una sonrisa enorme y hermosa. De pronto era desconcertante la ambivalencia con que se percibía aquella visión de la muchacha: según el ángulo, nos encontrábamos con una percepción distinta. Desconocíamos realmente qué pasaba. Y observábamos más curiosos.

La quietud volvió de nuevo; el tiempo se paralizó a pesar de que el reló del móvil seguía moviendo sus minutos y segundos; afuera la noche mostraba su tranquilidad con el sonido rítmico de animales nocturnos, lejos, amenizando la lentitud eternizada del momento. Qué pensaría en un momento así, sin hacer nada, paralizada. Las manos de ella parecieran tampoco entenderlo: se habían hecho sangre con las uñas, clavadas, sin querer. Un poco de rojo liviano y trasparente se filtró por la carne blanquecina, resplandeciendo aquella parte, marca del dolor y de la vida, en funcionamiento: un tributo de sangre. Algunas gotas se derramaban por su mano, cual pequeño riachuelo, cascadita roja, que impregnaron el suelo de madera. La madera oscura se mimetizó con la linfa oscura de la muchacha. Qué ritual podría ser aquél, asomó en tu mente y la nuestra.

Despertó del ensueño y se movió repentina y rápidamente, como movida por un paroxismo. Retornó al pasillo, salía como huyendo de la sala. Su espalda nos abandonó por la puerta del pasillo anterior, aún iluminada por la luna. Ahora sólo nos quedaba observar, solos, aquellos restos de recuerdos que no nos dirían nada: tantos, extraños perdidos y olvidados. Fueron restos de asuntos que nos fueron ajenos, en este instante, a los que ya no podíamos abandonar. Únicamente contemplábamos la sala. Nos aburrimos entre ellos, cáscaras vacías sin sentido, compartiendo con nosotros el espacio y aquel tiempo, aquella experiencia. Pero volvieron los ecos de sus pasos, recorriendo otras habitaciones, y subiendo y bajando escaleras, que nos hacían preguntarnos e imaginar. Ella seguía ajena a nuestra mirada entrometida, de unos intrusos de su intimidad. Durante un tiempo escuchamos el trasiego desconocido, que apenas podíamos entender. La incógnita estaba en el limbo de las sombras, con las que nuestros sentidos bailaban en aquel cuarto.

Tras escuchar aquellos sonidos un buen rato, la volvimos a ver en el pasillo desde la habitación. Estábamos contemplándola en aquellas acciones sin saber sus intenciones, ni tampoco conocíamos las nuestras propias, mirando y contemplando su caminar. Sólo observábamos su caminar con regularidad, en el pasillo, iluminada por la luz de luna, por la que pareciera guiada, o como desplegando sus rayos cual alfombra de gala. Su cara hizo un gesto poco elocuente similar a un saludo, aunque conocíamos que continuaba ajena de nosotros. Ahora la luz la mostraba impaciente y desbocada, como si fuera una criminal en un acto deleznable que no quisiera que nadie viese. En realidad, podríamos intuir que así fue. Pero, ¿quién iba a juzgar? No estábamos ahí para decir nada. Mirábamos. Ya mirábamos impacientes.

II​

Volvemos a estar en su encuentro a sus espaldas, donde nos colocó, despertados por aquella ráfaga de luz, disparada como un cañonazo, cegados con la visión saturada. Mientras nos acostumbramos a la luz artificial, entendemos que el resplandor se debe a que ella enciende un ordenador antiguo, un Pentium II con Windows 98, que tiene ese logo tan llamativo y casi cinematográfico en la pantalla. Por fin podemos volver a ver aquella espalda que ya hemos visto, y nos asalta otro flash de luz, que parece el de una fotografía, e inmortaliza la habitación, llena de estanterías, con libros, muchos libros antiguos y alguno más moderno, juguetes, gogos, o un scalextric de los 90s. Aunque hay más de esas cosas, no las podemos contemplar porque es demasiada información y demasiada la potencia de aquel haz de luz repentina. Estamos casi ciegos por un momento, como si de pronto el poder luminoso lo absorbiese todo, incluso nuestra retentiva. Pareciera un halo presagiador, pero luego desaparece esa ola luminosa, y nada cambia. Al menos eso creemos, esperamos expectantes.

Seguimos observando, como siempre.

Una pista de música empieza a sonar con «Love, love, love» de Light of Love de T-Rex. Sus manos chocan como dos pies taconeando la mesa de escritorio, y su voz dulce —aunque con excesiva melosidad interpretativa— canturrea «Love, love, love» hasta que la luz de amor acaba por morir en el silencio y llega la siguiente canción. Entonces aquella majestuosa figura para con sus dedos y la voz habla para sí con su tono habitual: «cuánto tiempo», y suspira al aire helado creando un vaho poderoso, el cual se dispersa sin dejar rastro alguno. El frío nos está congelando el ambiente, y temblaríamos en una situación propiamente humana, pero no tenemos esa cualidad. Únicamente somos testigos formales de esta escena, como si estuviéramos implicados en la historia para grabarla desde nuestra pupila. ¿Es una pupila? No lo sabemos, pero quisiéramos bailar con esa muchacha que, ahora, canta triste aquella música, la que antes estaba sonando y bailaba con sus dulces dedos.

Entonces, otra voz habla desde lejos; creemos que está preguntando que qué hace, aunque no lo sabemos a ciencia cierta. Ella le contesta: «Estoy en la habitación, he dejado eso y… escuchaba a T-Rex; ya sabes, los viejos tiempos». Pero eso último se lo ha dicho tan suave que no podemos oírlo, lo nítidamente que quisiéramos; desde aquí la percepción auditiva nos llega mermada. Nosotros interpretamos que nos lo dice a nosotros. Pareciera que nos lo dice. Queremos que nos lo diga a nosotros. Ojalá se acercara a cantar esa canción y pudiéramos grabarla como se grabó la canción que ha estado cantando. ¿Qué querrá decir con viejos tiempos? ¿Existieron tiempos en donde nosotros no existíamos? Nuestra memoria no arranca hasta que nos encontramos un momento fugaz como éste, donde estábamos en sus manos. Quisiéramos acercarnos, preguntar, saber, participar en lo que esté haciendo.

Pero únicamente estamos como voyeurs, mirando, siempre. Hemos estado mirando así desde que nos dejaron en la parte de atrás de la habitación. Antes estuvimos en sus manos, cariñosas, calientes y fuertes. Sentimos su fuerza sobre nuestro cuerpo que apenas teníamos constancia de su existencia. Nos cogió sobre sus manos y nos soltó un soplo que dijo, creo, creemos: «Ojalá pudieras tener vida para saber lo que me cuesta dejarte aquí. Ojalá supieras…». No dijo nada más, luego la luz tembló en un grito de cisne, y la sombra nos invadió y nos hundió sorpresivamente en el olvido. Éramos ya algo que miraba, que mirábamos y sentíamos, desconocemos desde cuánto tiempo. Sólo sabemos que desde entonces pudimos comprender que estábamos ahí, anhelando de nuevo sus manos. Nos dejó muy pronto. Demasiado pronto. Ahora queremos ver aquellas paredes y aquel allá, más lejano, donde ese objeto de plata nos mira, extrañado de nuestra existencia. Nosotros también nos extrañamos. Quién extraña a quién y cómo extrañamos tantas cosas. Y sobre todo no queremos que se vaya, como hizo antes, repetición cruel y sempiterna. Que nos abandone en la inmensidad de la oscuridad donde todo estaba antes, que nos vio nacer entre esas melenas de luz argentina que pasan por esa cortina que, apolillada, cubre el exterior. Extraño velo de esa dama ciclópea que nos mira.

La voz resuena de nuevo, avisando de algo, que no podemos oír. No tiene la misma sonoridad que nuestra ama, que nos ha dejado acá, mirándola su hermosa espalda; tan alejada de nosotros la voz, pareciera salida de las mismas entrañas del subsuelo, y nos indicase un críptico mensaje de los señores infernales. Nos provoca un miedo extraño, quizás por el eco reverberando y distorsionándose, fuerte y grave, repitiéndose a veces deformada y monstruosamente. Pero pronto desaparece por unos acordes de «Too much love», de Queen, que nos envuelve el ambiente con su pastelosa y, al mismo tiempo, demasiado potente sonoridad, y nos hace temblar nuestros oídos frágiles, recién madurados, y no acostumbrados a ese tipo de sonido. Estamos paralizados un momento, tan impresionados con estos cambios. Luego sentimos en nuestro ser el vibrar de aquella voz. ¿Nuestros vecinos estarán contentos con esta música? Es posible que no gustase. A nuestra ama parece encantarle, está encaprichada por esa lista de música que parece de otro tiempo. Por un momento nos sentimos, me siento, parte de ese placer.

Deja de sonar la música. Se acaba la placentera experiencia. Se levanta, ¡por fin!, y nos muestra su envejecimiento… Pero, ¡hace nada!, era un rostro joven. Cuánto tiempo pasó. No sabemos. No conocemos tanto. Un miedo visceral nos aterra y nos deja ciegos.

Todo desaparece.

III​

Le desearíamos un buen viaje, a donde sea que se vaya. En nuestra última visita apenas la pudimos ver. Nos encantaría verla, como aquella vez, como aquellas veces anteriores. Qué pocas. Aún recuerdo la última. Encendió la luz, la apagó de nuevo y se fue. Se debió de despedir así. Era un mensaje encriptado para nosotros. Esperemos que esté en muy buen estado de salud, y feliz, ante todo. Aquí la noche nos cubre por completo. Nos la imaginamos en otros lugares, pero apenas tenemos conocimiento del exterior. Imaginamos o imaginaríamos lugares rodeados por esta luz de plata donde podamos contemplarla, feliz y no triste, bailando con su cuerpo y quizás otros de los suyos, humanos como ella, aunque no hemos visto de otro tipo que sean como el de ella. Nuestra capacidad creadora está tan ligada a la imagen que nos ha dejado; es un tótem de nuestra visión lánguida que se queda ciega al irse. Soñamos con verla, inocentes y deudores suyos.

Somos meros espectadores de lo que ella hace, así que deseamos su visita, una peregrinación de nuestra señora. Pero no vendrá; quizá, quizá… Lo creemos, lo hemos mascullado con otros de por aquí, que parecen reconocer su presencia, con un nombre, que consideramos sacro e impronunciable por el pecado originario…; y creemos que no nos desea ante ella. Por lo que he oído, nos olvidó aquí para no observarnos, una especie de ex voto a otra persona o entidad. Algunos dicen que es, en realidad, un recuerdo a un episodio ominoso de antes de nuestro nacimiento, el que no debe ser recordado. ¡Qué culpabilidad nos echaron sobre nosotros! ¡Nosotros somos inocentes! Queremos verla de nuevo en este lugar. Quizás, como nos han dicho los otros, en eso llamado ¡día!, con toda la luz creando esa atmósfera donde relucimos, según nos han contado. Desearíamos estar entre sus manos divinas y aquel espectáculo llamado día. Siempre es triste la oscuridad. Siempre vivimos la noche. No veremos nada de eso.

Desearíamos no haber escuchado esas primeras palabras que separaron un átomo de creencia en nuestro recipiente. Quizás no estaríamos contándonos esta historia, como un cuento de noche intranquila, ¡eterna noche oscura!, como un mito creador. A veces, esa duda ha de matarnos. He escuchado una voz que reniega de todo, e insulta herética la devota belleza de la voz de nuestra ama. Maldigo esa renegación y maldigo su estampa (de objeto inanimado). Pero quisiera volver a oír cantar esa canción sin pensar que, luego, volverá la oscuridad. A veces quiero saber, cotilla, un poco de la tragedia que nos hizo llegar a este punto de aquí; pero, luego, tiemblo, creo que nada hay de eso, y es un mal chiste… Es la mera debilidad, y eso consuela a veces; luego, el consuelo es una quimera. Incluso imagino que fue una broma de mal gusto, y nada tenemos que ver con maldición o bendición. Qué maldita mi estampa, mi flaqueza, mi falta de fe y espíritu… Tiemblo siempre con ello. A nadie le gusta esa idea. ¡No quiero acabar como una mera sombra de una historia así! Si tuviera corazón, explotaría.

Espero, lo deseo muchas noches como ésta, que un día estará entrando con un hermoso vestido de gala, y quizás con una sonrisa de oreja a oreja nos saludase. Quizás será un día importante, y nos dará un beso por la emoción. Bailará, ¡a lo mejor con nosotros en su cuello, dulce cuello de cisne!, como una niña dulce, con esa cara joven de cuando nos dejó… ¿Cuánto pasó? No lo sé. No lo sé. El tiempo es tan extraño, tan extraño. Tan extraño como todo, sobre todo con lo que está fuera de la habitación. ¿Qué cosas esperarán? Allí, con la ama. Un mundo desconocido. A veces temo, si algo que pudiera no ser como imaginamos. No, no. Suspiro. Tiemblo. Pero me controlo y me la imagino. Así deseo verla, feliz y reluciente, aunque me da igual cómo. Quiero verla, quién sabe cómo, cuándo y de qué forma. Sería simplemente maravilloso disfrutar del mundo en su presencia.

Algunos aquí musitan cosas, viven una lenta degradación. Otros callan, no sé bien por qué. ¿Se habrán estropeado, habrán quedado oxidados y rotos? No quiero pensar en ello. ¿Cuántas cosas se habrán sepultado por eso? ¿Me pasará a mí? ¿Soy un juguete? ¿Soy…? Ay, ¿quién viene? Oigo una voz. No es la que escuché esa otra vez, ni la de la ama. ¿Habrá alguien más? Entonces olvido lo que estaba diciendo. ¿Qué…?

Otra luz y, otra vez, la oscuridad.
IV
Aquella habitación ahora está muy iluminada por la luz solar y se muestra la totalidad desganada de la misma, donde ya apenas queda nada. Un calorcillo entra por la ventana abierta y se escapa un olor a polvo y a cerrado que debió de habitar allí, durante mucho, mucho tiempo, un tiempo muy lejano. Únicamente se escucha el trinar de los pájaros en la mañana y las cigarras repitiendo al grillo que ellas son mejores con su música. El viejo ordenador ha desaparecido y, también, su música. Algunos juguetes y libros que quedan están en cajas destartaladas, caóticamente repartidas. Nadie vuelve a pisar la estancia como en aquella noche tan lejana, cuánto de eso, estúpida y azarosa pregunta, pues los gritos ensordecen desde otra sala, incluso eliminando la memoria. La mañana baña con sus brazos alguna de las cosas que tuvieron vida en aquellas noches, ya completamente desconocidas y extrañadas de aquellos momentos. Ya nada observa ni es observado. Aquel resto de ese ser y seres ya no puede recordar a la muchacha, o a la otra mujer de después; se desborda todo con la vitalidad que ahora habita en el caserón. Ya no hay palabras en aquella habitación recordando a la muchacha enigmática. Ya nada tiene memoria de esas cosas. Únicamente, el silencio se esparce desde la ruidosa entraña del mundo exterior, y las palabras se ahogan en el interior.

Las palabras huyen por las ventanas ante la fuerza impasible que corre de un lado a otro.

Impecable, Samuel. Narración, signos de puntuación, gramática y tó eso, que tampoco soy yo un genio ja, ja, ja... Un trabajo excelente.

Los juguetes, y el crecer, la madurez. Y el olvido de esos juguetes que fueron lo más valioso en su tiempo.

Me ha gustado mucho, Samuel. Y estoy seguro que algún día escribirás un muy buen libro, novela, o cuentos, relatos o lo que quieras.

Salud2, amigo.
 
Impecable, Samuel. Narración, signos de puntuación, gramática y tó eso, que tampoco soy yo un genio ja, ja, ja... Un trabajo excelente.

Los juguetes, y el crecer, la madurez. Y el olvido de esos juguetes que fueron lo más valioso en su tiempo.

Me ha gustado mucho, Samuel. Y estoy seguro que algún día escribirás un muy buen libro, novela, o cuentos, relatos o lo que quieras.

Salud2, amigo.
Muchísimas gracias, Évano. Viniendo de ti, es un gran elogio. Me presenté en un concurso de la UNED por dos veces y no gané, es lo que hay...

Tengo una novela ya terminada que necesito que alguien me haga de lector beta; hay varios amigos en proceso de leerla. Quiero saber sus opiniones antes de hacer alguna cosa con ella. Además, tengo un montón de relatos que aún no he publicado y que tampoco sé qué haré con ellos... Y ahora estaba con un proyecto que empezó como un reto de mi expareja, no sé cómo acabará: parece ser que empezó como novela erótica sáfica y ahora es una novela romántica, jeje.

Un saludo, Samuel.
 
Muchísimas gracias, Évano. Viniendo de ti, es un gran elogio. Me presenté en un concurso de la UNED por dos veces y no gané, es lo que hay...

Tengo una novela ya terminada que necesito que alguien me haga de lector beta; hay varios amigos en proceso de leerla. Quiero saber sus opiniones antes de hacer alguna cosa con ella. Además, tengo un montón de relatos que aún no he publicado y que tampoco sé qué haré con ellos... Y ahora estaba con un proyecto que empezó como un reto de mi expareja, no sé cómo acabará: parece ser que empezó como novela erótica sáfica y ahora es una novela romántica, jeje.

Un saludo, Samuel.

Yo no entiendo mucho, pues nunca he presentado nada ni he pensado si quiera en publicar. Soy un tipo raro, cuando escribo es por placer, y para mí. Si alguien me lee, mejor que es gratis ja, ja, ja...

Yo, si pensara como tú, en publicar y escribir, que eres joven (no como el señor Libra Luis que es un agüelo, o como yo) le diría a un amigo que le diera a otra persona tu libro para una opinión sincera. A alguien que sepa del asunto, claro. Porque amigos y conocidos quizá no son imparciales.

Y lo de los concursos, pues eso, que hay obras que fueron rechazadas por editoriales hasta decenas de veces, alguna es de las 100 mejores de la historia.

Y si está totalmente decidido a escribir, pues a estudiar. Cursos de escritura, charlas de grandes maestros, confianza en uno mismo, soltura, encontrar un estilo que le guste y que le destaque...

Poco a poco y a lo que le guste que con eso ya tiene la mitad. Si le gusta la historia, ficticio, erótica, no ficticio, etcétera. Pues a ello y, lo más importante, a disfrutar mientras crea.

Un abrazo, compañero.
 

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