Un lapicero sin mina
buscaba un afilador,
cuando lo vio le decía:
-Afílame por favor.
El instrumento le hacía
padecer un gran dolor,
pero al final resistía
con enorme pundonor.
El bolígrafo veía
la operación con horror,
al afilador temía
por ser gran torturador.
Al lápiz le sonreía,
le enseñaba sin rubor
lo bonito que lucía
por ser rojo su color.
Apareció por la esquina
un grueso rotulador,
pero el pobre desprendía
un terrible mal olor.
Cuando pintaba salían
los trazos de gran grosor,
y los demás coincidían
en que escribía peor.
La pluma llegó muy fina,
decorada con primor,
recargada con su tinta,
de la mano de un señor.
Su capuchón relucía
con un brillante fulgor
pero al escribir sentía
como un pequeño temblor.
Y la tinta se corría
y dejaba un manchurrón
que machacaba la pinta
del papel de alrededor.
Pero como eran amigas
todas le echaron valor,
y ya en la papelería
compraron tinta mejor.
xxx
Churrete
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