El Poeta del Asfalto
Poeta adicto al portal
Acabo de averiguar de manera un tanto violenta,
que a mi vecino no le gusta el tango...
Lo supe cuando sentí sus nudillos
mi puerta casi derribando.
No aguantó el verseo del Polaco,
ni el ritmo de D´arienzo,
bajo la vieja y gastada púa.
Ni el aplomo de Julio Sosa,
ni la modernidad de Piazzolla.
No aguantó más y vino corriendo.
La vieja puerta tampoco aguantó,
¡y que iba a aguantar semejantes piñas y patadas!
Se abrió dócil, dejándonos a ambos
cara a cara aquella madrugada.
Epítetos irrepetibles se mezclaron
con compases en dos por cuatro.
Les juro que me hubiera hecho el guapo,
si el tipo no hubiera sido tan alto...
¿No sabía este señor antes de venir a vivir
a esta bendita ciudad del coño sur,
que los porteños escuchamos tango?
Parece que no.
No sabía de Pichuco, ni Gardel.
Ni que Corrientes fue calle,
igual que Sarmiento, o Lavalle.
No sabía.
Y qué va a saber,
si la mayoría de las radios
"fashion" de hoy en día
no pasarían un tango,
ni aunque saquen una ley.
Como si fueran de London
o New York.
Ni un tango, no.
No pido a El Tarta, ni a Vargas.
Cualquiera,
uno berreta de Julio Iglesias,
o Placido Domingo,
que sé yo.
Para el caso da lo mismo.
Señores programadores, operadores,
deberían estar ustedes más atentos.
Porque Buenos Aires es muy linda,
muy internacional.
Con sus hoteles de cinco estrellas,
sus índices de desocupación de dos decenas,
sus baches como cráteres,
sus gobernantes corruptos,
y sus bares siempre abiertos.
Pero tiene un problema:
Esta llena de porteños.
Y los porteños queremos escuchar,
más no sea, de cuando en cuando,
un mísero, Tinta Roja,
Esta noche me emborracho.
Las cuarenta,
o Cuesta abajo.
Un gotán, hermano.
¡Un T-A-N-G-O!,
Un roñoso, pesimista y recalcitrado tango.
Pero no,
¡que lo van a pasar!
Meta punchin puchin.
Todo el condenado dial.
Nada,
¡Que los tiró!
Ni un tango,
Ni uno.
Nada.
(2003)
que a mi vecino no le gusta el tango...
Lo supe cuando sentí sus nudillos
mi puerta casi derribando.
No aguantó el verseo del Polaco,
ni el ritmo de D´arienzo,
bajo la vieja y gastada púa.
Ni el aplomo de Julio Sosa,
ni la modernidad de Piazzolla.
No aguantó más y vino corriendo.
La vieja puerta tampoco aguantó,
¡y que iba a aguantar semejantes piñas y patadas!
Se abrió dócil, dejándonos a ambos
cara a cara aquella madrugada.
Epítetos irrepetibles se mezclaron
con compases en dos por cuatro.
Les juro que me hubiera hecho el guapo,
si el tipo no hubiera sido tan alto...
¿No sabía este señor antes de venir a vivir
a esta bendita ciudad del coño sur,
que los porteños escuchamos tango?
Parece que no.
No sabía de Pichuco, ni Gardel.
Ni que Corrientes fue calle,
igual que Sarmiento, o Lavalle.
No sabía.
Y qué va a saber,
si la mayoría de las radios
"fashion" de hoy en día
no pasarían un tango,
ni aunque saquen una ley.
Como si fueran de London
o New York.
Ni un tango, no.
No pido a El Tarta, ni a Vargas.
Cualquiera,
uno berreta de Julio Iglesias,
o Placido Domingo,
que sé yo.
Para el caso da lo mismo.
Señores programadores, operadores,
deberían estar ustedes más atentos.
Porque Buenos Aires es muy linda,
muy internacional.
Con sus hoteles de cinco estrellas,
sus índices de desocupación de dos decenas,
sus baches como cráteres,
sus gobernantes corruptos,
y sus bares siempre abiertos.
Pero tiene un problema:
Esta llena de porteños.
Y los porteños queremos escuchar,
más no sea, de cuando en cuando,
un mísero, Tinta Roja,
Esta noche me emborracho.
Las cuarenta,
o Cuesta abajo.
Un gotán, hermano.
¡Un T-A-N-G-O!,
Un roñoso, pesimista y recalcitrado tango.
Pero no,
¡que lo van a pasar!
Meta punchin puchin.
Todo el condenado dial.
Nada,
¡Que los tiró!
Ni un tango,
Ni uno.
Nada.
(2003)