Roman Vieira
El cuervo rojo que te observa en silencio.
Y no existo.
Hoy no existo,
soy ajeno al mundo y nada tengo.
No me duelen las estructuras
ni los nudillos rotos
o si quiera las caricias.
No existo más,
y sin embargo...
Sin embargo me muevo, respiro,
me equivoco y me devuelvo,
me desvisto y al final me escondo.
Soy inexistente y a pesar de todo existo,
sin dolor ni temor a la misma muerte,
acurrucado en mi esquina rosa,
carente de sentido, pero vivo y azorado.
No existo, no soy nada pero a la vez soy algo,
quizás la materia negra, la tonta partícula de dios.
Quizás la oveja negra, quizás sí, pero tambiény quizás no.
Mi cabeza da vueltas en su anonimato,
escurridiza como siempre, impropia, impía,
tan sucia como todo y a la vez tan limpia,
tan ajena y efímera como mi cuerpo.
Soy la sombra del pasado, un eco inexistente
sobre la trama de un futuro muerto que se asfixia
ahí, entre tus manos y tus dedos.
Soy inexistente en el hueco de tu pecho,
pero es entonces en esta inexistencia que pregunto:
Si nunca hube yo existido en tus adentros…
¿Porqué es que lloras en silencio por tu amor?
Y no existo porque tú lo quieras,
sino porque yo mismo decidí…
a tu boca misma confiarle la razón.
-Y no existo-
Hoy no existo,
soy ajeno al mundo y nada tengo.
No me duelen las estructuras
ni los nudillos rotos
o si quiera las caricias.
No existo más,
y sin embargo...
Sin embargo me muevo, respiro,
me equivoco y me devuelvo,
me desvisto y al final me escondo.
Soy inexistente y a pesar de todo existo,
sin dolor ni temor a la misma muerte,
acurrucado en mi esquina rosa,
carente de sentido, pero vivo y azorado.
No existo, no soy nada pero a la vez soy algo,
quizás la materia negra, la tonta partícula de dios.
Quizás la oveja negra, quizás sí, pero tambiény quizás no.
Mi cabeza da vueltas en su anonimato,
escurridiza como siempre, impropia, impía,
tan sucia como todo y a la vez tan limpia,
tan ajena y efímera como mi cuerpo.
Soy la sombra del pasado, un eco inexistente
sobre la trama de un futuro muerto que se asfixia
ahí, entre tus manos y tus dedos.
Soy inexistente en el hueco de tu pecho,
pero es entonces en esta inexistencia que pregunto:
Si nunca hube yo existido en tus adentros…
¿Porqué es que lloras en silencio por tu amor?
Y no existo porque tú lo quieras,
sino porque yo mismo decidí…
a tu boca misma confiarle la razón.
-Y no existo-
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