Kein Williams
Poeta fiel al portal
Por problemas limítrofes
nuestras naciones hermanas
se declararon la cruenta guerra
que se desarrolló sin darse tregua,
los burócratas dictaminan en congresos
mientras nosotros lo hacemos en el frente
la sangre es derramada como torrentes.
No la empezamos, pero la acabaremos,
entre trincheras en unos días nos mataremos,
mientras las balas sonriente abrazan carne,
y el olor de la muerte se mezclará en el aire.
Yo fui reclutado por ser oriundo del chaco
peleaba por mi patria, contra el invasor.
Mis hijos se despiden, piden dulces al regreso,
mi esposa llora triste, es joven para ser viuda
pero me llama la patria, y yo debo defenderla.
Me llevo la escopeta colgada en el hombro,
el machete afilado y el coraje en la piel,
no sé a lo que me enfrento pero voy a derrotarlo,
como un gran legionario demuestro mi valor.
Aunque también siento miedo, no es algo en lo que pienso.
Rezando a la virgen, para que su bendición acuda,
la voy a necesitar en esta sangrienta contienda,
llena de matorrales, de sed, de calor. Hombres hechos polvo.
En este infierno verde donde un día puedo perder la fe.
Las cartas que yo envío no sé por qué las mando
quizás doy esperanzas, ¡quién sabe si he de volver!
Añoro mi casita sembrada ahí entre las palmeras,
pero la metralla retumba y vuelvo a la realidad.
Me devuelven a la realidad los cañones retumbando,
en un pertrecho logramos al enemigo envolver,
el invasor lucha con lo último de sus fuerzas,
la sangre escurre hirviendo sin piedad.
Sus gritos de muerte, son gritos vacíos,
de repente me apronta uno de ellos con ira,
en su mano una bayoneta apuntando a mi pecho.
Cae a tan solo unos metros, mi dedo apretó el gatillo.
Muerto. Con su índice amenazante. Sin embargo me mira.
Es el primer hombre que mato. El primero de hecho.
Esa noche no pude dormir ni un solo segundo,
el relincho de los caballos tenía un tono apocalíptico
mi frente hervía, pero el sudor aún así era algo frío,
mis dedos los sentía manchados de un líquido espeso,
la angustia en el ser es como sostener el mundo.
La humareda de la noche, le da un tono místico,
se hundía en mi conciencia con inmesurable peso,
y en mi cabeza fluía como el más bravío río.
Aún su cuerpo yacía a escasos metros de mi ubicación,
con una mano aún erguida, y con su dedo índice acusador,
como diciéndome repetidamente presa de un eco eterno:
“Tú me mataste, ¡¡¡Maldito!!!... Tú me mataste”.
Tengo una lucha interna, ¿por qué siento todo esto?
¿Sentirán los demás lo que siento en este instante?
Mi ser estaba vacío preso de un miedo insalubre
perdía la cordura mientras mi vista con su cuerpo se cubre.
Con aquella figura tendida en el suelo. Ya no se levantará.
Ya no habrá de retomar sus sueños nunca jamás.
Sus niños duermen, su mujer piensa en él.
¿Podrá mi lamento dar solución a su dolor?
¡Pero esto es la guerra! No se gana en un papel.
Fue él quien vino. Fue él quien me atacó.
Fantasmas de humo rodean mi campamento.
Son las firmas de las balas que ríen en los cuerpos,
de aquellos que ahora muertos pierden la identidad,
yo maté a un vecino que luchaba por un ideal,
o quizás como yo, él no sabía porque lo hacía,
miro mi caserina, no hay munición. La dejé vacía.
Indudablemente su vida acabó por mi mano.
Vivo era mi enemigo, muerto ya es humano,
su pecho fue la tumba de mis últimas balas.
Merece sepultura. Recojo mi pala.
Ya está bajo tierra, duerme eternamente,
prendo un cigarrillo, me pierdo en el ambiente,
el juego de ajedrez ya le hizo un jaque mate,
nosotros los peones siempre somos sacrificados,
imprudente tal vez, podría hacer que me maten,
pero me quedo allí, conversando a su lado.
"Nos dan una medalla de hierro si salimos con vida,
descansa en paz hermano, Dios apiádate de mi alma".
Siento su respuesta: "Tú me mataste pila,
ni en esta vida ni en la otra, hallarás calma".
Un cuerpo deformado me enseña la herida,
¿Crees que arrepentido me devuelves la vida?
Tú me mataste maldito, me borraste del destino.
"Wuañuchej", me dijo. Me llamó asesino.
Llevarás en tu espalda la carga de mi muerte,
una sombra que te seguirá eternamente.
Camuflada en ti como el signo de tu accionar
Tú me mataste… Dios no te va a perdonar.
Las noches eran eternas y siempre apareció,
aquel ser al que un día le di la tarjeta del Seol.
Mis ojos irritados manchados ya de su imagen,
rogaba ya no verlo, pero estaba en todas partes,
"Tú me mataste", era el canto eterno en mi mente,
siguiéndome cuál sombra que siempre está presente.
Mañana nos íremos, pero esto ya lo debo de resolver.
Y como loco corro hasta el sitio donde lo enterré.
Si no eras tú, era yo, la baja en lista
iba a probar el filo de tu bayoneta.
Sería la semilla enterrada que no da fruto.
El llanto de mi familia jamás escucharía.
Y te perseguiría siempre hasta el cansancio.
Tú no dormirías así ni una noche tranquilo.
Pero sería un producto de la imaginación.
Deja de torturarme, no soy oporojukáva.
Se consciente de las consecuencias.
Yo saldaré mis cuentas cuando me las pidan.
Yo no quise quitarte la vida, tú me atacaste,
y en ese instante fue reacción instintiva,
fue el reflejo de mi dedo, fue supervivencia.
El gatillo tenía hambre y te pusiste de carnada.
Tu pecho era un tiro al blanco y no pude fallar.
Ni victima ni culpable, ahora estás muerto.
Yo te di santa sepultura, pero no daré mi vida
la guerra no es un juego de niños ni es pintura,
aquello que brota de todos los cuerpos caídos.
Ahora ya estás muerto, pero no puedes hacerme culpable.
Pues te aseguro que yo no te maté.
Te mató la guerra.
nuestras naciones hermanas
se declararon la cruenta guerra
que se desarrolló sin darse tregua,
los burócratas dictaminan en congresos
mientras nosotros lo hacemos en el frente
la sangre es derramada como torrentes.
No la empezamos, pero la acabaremos,
entre trincheras en unos días nos mataremos,
mientras las balas sonriente abrazan carne,
y el olor de la muerte se mezclará en el aire.
Yo fui reclutado por ser oriundo del chaco
peleaba por mi patria, contra el invasor.
Mis hijos se despiden, piden dulces al regreso,
mi esposa llora triste, es joven para ser viuda
pero me llama la patria, y yo debo defenderla.
Me llevo la escopeta colgada en el hombro,
el machete afilado y el coraje en la piel,
no sé a lo que me enfrento pero voy a derrotarlo,
como un gran legionario demuestro mi valor.
Aunque también siento miedo, no es algo en lo que pienso.
Rezando a la virgen, para que su bendición acuda,
la voy a necesitar en esta sangrienta contienda,
llena de matorrales, de sed, de calor. Hombres hechos polvo.
En este infierno verde donde un día puedo perder la fe.
Las cartas que yo envío no sé por qué las mando
quizás doy esperanzas, ¡quién sabe si he de volver!
Añoro mi casita sembrada ahí entre las palmeras,
pero la metralla retumba y vuelvo a la realidad.
Me devuelven a la realidad los cañones retumbando,
en un pertrecho logramos al enemigo envolver,
el invasor lucha con lo último de sus fuerzas,
la sangre escurre hirviendo sin piedad.
Sus gritos de muerte, son gritos vacíos,
de repente me apronta uno de ellos con ira,
en su mano una bayoneta apuntando a mi pecho.
Cae a tan solo unos metros, mi dedo apretó el gatillo.
Muerto. Con su índice amenazante. Sin embargo me mira.
Es el primer hombre que mato. El primero de hecho.
Esa noche no pude dormir ni un solo segundo,
el relincho de los caballos tenía un tono apocalíptico
mi frente hervía, pero el sudor aún así era algo frío,
mis dedos los sentía manchados de un líquido espeso,
la angustia en el ser es como sostener el mundo.
La humareda de la noche, le da un tono místico,
se hundía en mi conciencia con inmesurable peso,
y en mi cabeza fluía como el más bravío río.
Aún su cuerpo yacía a escasos metros de mi ubicación,
con una mano aún erguida, y con su dedo índice acusador,
como diciéndome repetidamente presa de un eco eterno:
“Tú me mataste, ¡¡¡Maldito!!!... Tú me mataste”.
Tengo una lucha interna, ¿por qué siento todo esto?
¿Sentirán los demás lo que siento en este instante?
Mi ser estaba vacío preso de un miedo insalubre
perdía la cordura mientras mi vista con su cuerpo se cubre.
Con aquella figura tendida en el suelo. Ya no se levantará.
Ya no habrá de retomar sus sueños nunca jamás.
Sus niños duermen, su mujer piensa en él.
¿Podrá mi lamento dar solución a su dolor?
¡Pero esto es la guerra! No se gana en un papel.
Fue él quien vino. Fue él quien me atacó.
Fantasmas de humo rodean mi campamento.
Son las firmas de las balas que ríen en los cuerpos,
de aquellos que ahora muertos pierden la identidad,
yo maté a un vecino que luchaba por un ideal,
o quizás como yo, él no sabía porque lo hacía,
miro mi caserina, no hay munición. La dejé vacía.
Indudablemente su vida acabó por mi mano.
Vivo era mi enemigo, muerto ya es humano,
su pecho fue la tumba de mis últimas balas.
Merece sepultura. Recojo mi pala.
Ya está bajo tierra, duerme eternamente,
prendo un cigarrillo, me pierdo en el ambiente,
el juego de ajedrez ya le hizo un jaque mate,
nosotros los peones siempre somos sacrificados,
imprudente tal vez, podría hacer que me maten,
pero me quedo allí, conversando a su lado.
"Nos dan una medalla de hierro si salimos con vida,
descansa en paz hermano, Dios apiádate de mi alma".
Siento su respuesta: "Tú me mataste pila,
ni en esta vida ni en la otra, hallarás calma".
Un cuerpo deformado me enseña la herida,
¿Crees que arrepentido me devuelves la vida?
Tú me mataste maldito, me borraste del destino.
"Wuañuchej", me dijo. Me llamó asesino.
Llevarás en tu espalda la carga de mi muerte,
una sombra que te seguirá eternamente.
Camuflada en ti como el signo de tu accionar
Tú me mataste… Dios no te va a perdonar.
Las noches eran eternas y siempre apareció,
aquel ser al que un día le di la tarjeta del Seol.
Mis ojos irritados manchados ya de su imagen,
rogaba ya no verlo, pero estaba en todas partes,
"Tú me mataste", era el canto eterno en mi mente,
siguiéndome cuál sombra que siempre está presente.
Mañana nos íremos, pero esto ya lo debo de resolver.
Y como loco corro hasta el sitio donde lo enterré.
Si no eras tú, era yo, la baja en lista
iba a probar el filo de tu bayoneta.
Sería la semilla enterrada que no da fruto.
El llanto de mi familia jamás escucharía.
Y te perseguiría siempre hasta el cansancio.
Tú no dormirías así ni una noche tranquilo.
Pero sería un producto de la imaginación.
Deja de torturarme, no soy oporojukáva.
Se consciente de las consecuencias.
Yo saldaré mis cuentas cuando me las pidan.
Yo no quise quitarte la vida, tú me atacaste,
y en ese instante fue reacción instintiva,
fue el reflejo de mi dedo, fue supervivencia.
El gatillo tenía hambre y te pusiste de carnada.
Tu pecho era un tiro al blanco y no pude fallar.
Ni victima ni culpable, ahora estás muerto.
Yo te di santa sepultura, pero no daré mi vida
la guerra no es un juego de niños ni es pintura,
aquello que brota de todos los cuerpos caídos.
Ahora ya estás muerto, pero no puedes hacerme culpable.
Pues te aseguro que yo no te maté.
Te mató la guerra.
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