carlos lopez dzur
Poeta que considera el portal su segunda casa
El caminante vio al pordiosero,
al ser extendido en las quejas
de su desdicha amarga.
Lo escuchó, tan maldiciente, tan herido.
Dijo que cada instinto en él es tan perverso.
«Sigue de largo, apártate», me pidió.
Es capaz de armarse y de matarme.
«Todo lo que tengo es mala sangre».
Un criminal coraje, una energía
que se expresa en delito, odio caníbal,
lujuria tenebrosa de molicie.
El caminante, tranquilo e inmutable,
se acercó. Lo abrazó, venció sus resistencias,
aspavientos, sus gestos execrables.
«Yo sólo sé hacer daño.
No me provoques, caminante».
Fue cuando más se acercó curiosamente.
«¿Qué es lo que tienes, dijiste?»
Instinto malo. Malos instintos.
«Mala sangre, bajeza, mal instinto».
«Pues estás equivocado.
Todo los instintos son la nobleza inicial,
la enseñanza provisoria para el cuerpo.
Cada instinto es una esencia necesaria».
Sin instinto no hay agua que sea valiosa
ni bestia ni hombre que la busque.
Sin instinto no hay humanidad ni fauna
ni hembra ni ovulación ni cigoto;
no hay hermosura, sin instinto,
ni caricioso beso, ni copulantes ansias.
El instinto es un regalo que nos dieron.
La primera grata forma del abrazo,
el primer vínculo biológico del Ser
con cada ser-dispuesto, sintiente,
posible, abierto.
Sin instintos, no se quiere la vida.
No se come, no se protege ninguno
del invierno y el frío, no se víste
el que anda desnudo, no se desnuda
ninguno para los manantiales.
Nada es, tan primordialmente noble,
tan primitivamente próvido, como el instinto
que alimenta, que defiende, que avisa
(que te huye del riesgo amenazante).
Ama, amigo mío, el instinto,
el buen instinto, el siempre noble
ángel de la guarda en el abismo oscuro.
El instinto es el susurro más antiguo
de la vida, el olfato de los dioses invisibles».
Y, ¿quién eres tú que me declaras éso?
«Yo soy el Caminante secreto del instinto».
3-12-2000 / De «El hombre extendido»
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En mi libro «El hombre extendido», el título es «El Pordiosero» (8)
al ser extendido en las quejas
de su desdicha amarga.
Lo escuchó, tan maldiciente, tan herido.
Dijo que cada instinto en él es tan perverso.
«Sigue de largo, apártate», me pidió.
Es capaz de armarse y de matarme.
«Todo lo que tengo es mala sangre».
Un criminal coraje, una energía
que se expresa en delito, odio caníbal,
lujuria tenebrosa de molicie.
El caminante, tranquilo e inmutable,
se acercó. Lo abrazó, venció sus resistencias,
aspavientos, sus gestos execrables.
«Yo sólo sé hacer daño.
No me provoques, caminante».
Fue cuando más se acercó curiosamente.
«¿Qué es lo que tienes, dijiste?»
Instinto malo. Malos instintos.
«Mala sangre, bajeza, mal instinto».
«Pues estás equivocado.
Todo los instintos son la nobleza inicial,
la enseñanza provisoria para el cuerpo.
Cada instinto es una esencia necesaria».
Sin instinto no hay agua que sea valiosa
ni bestia ni hombre que la busque.
Sin instinto no hay humanidad ni fauna
ni hembra ni ovulación ni cigoto;
no hay hermosura, sin instinto,
ni caricioso beso, ni copulantes ansias.
El instinto es un regalo que nos dieron.
La primera grata forma del abrazo,
el primer vínculo biológico del Ser
con cada ser-dispuesto, sintiente,
posible, abierto.
Sin instintos, no se quiere la vida.
No se come, no se protege ninguno
del invierno y el frío, no se víste
el que anda desnudo, no se desnuda
ninguno para los manantiales.
Nada es, tan primordialmente noble,
tan primitivamente próvido, como el instinto
que alimenta, que defiende, que avisa
(que te huye del riesgo amenazante).
Ama, amigo mío, el instinto,
el buen instinto, el siempre noble
ángel de la guarda en el abismo oscuro.
El instinto es el susurro más antiguo
de la vida, el olfato de los dioses invisibles».
Y, ¿quién eres tú que me declaras éso?
«Yo soy el Caminante secreto del instinto».
3-12-2000 / De «El hombre extendido»
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En mi libro «El hombre extendido», el título es «El Pordiosero» (8)