Yo y la Frontera.

Petrikov

Poeta recién llegado
Llevo diez años viviendo en España y, cada verano, regreso a Minsk para visitar a mi familia y recorrer las calles donde crecí.

Con dieciocho años ingresé voluntariamente en el ejército para cumplir cuanto antes con el servicio obligatorio. Tras mi formación en un cuartel cerca de Borisov, me destinaron a la frontera con Lituania gracias a mis conocimientos de inglés y español. Durante dos meses trabajé en una oficina y después pasé ocho meses subiendo a autobuses llenos de ciudadanos bálticos para revisar pasaportes. Entonces la frontera era mucho más sencilla que ahora.

Desde 2021, cada viaje se ha vuelto más complicado. Registros, preguntas y largas esperas. Este verano viajaré por primera vez con mi mujer, una vallekana que conoce mi país únicamente a través de mis historias. Ella quiere ver Minsk; yo no puedo evitar pensar en la frontera.

En cuanto los agentes descubren que soy docente, las preguntas suelen ser las mismas.

Podrías ser maestro en tu patria.

Podrías enseñar humanidades y español aquí.

Bielorrusia necesita profesores como tú.

Después llegan las preguntas más incómodas.

—¿Estás casado con una española por amor o por los papeles?

—¿Eres consciente de que sigues siendo reservista?


Y casi siempre, la última.

—¿Hablas de Lukashenko? ¿Qué opinas de él?

Yo respondo con prudencia. No porque tenga miedo, sino porque he aprendido que en las fronteras las opiniones importan menos que los sellos del pasaporte.

En Bielorrusia todavía existe el KGB. El nombre ha sobrevivido al siglo XX y basta escucharlo para comprender que algunas cosas cambian más despacio que otras. Quizá no ocurra nada. Quizá crucemos sin problemas y acabemos riéndonos de mis preocupaciones mientras paseamos por Minsk. Pero yo conozco demasiado bien cómo funcionan las fronteras, porque durante diez meses estuve al otro lado de la ventanilla.

A veces pienso que llevo media vida viviendo entre dos mundos. Demasiado ruso para algunos españoles, demasiado español para algunos bielorrusos.

Y al final sucede algo curioso: para muchos historiadores de España soy un bolchevique; para algunos historiadores bielorrusos que conozco, un menchevique.
 
Llevo diez años viviendo en España y, cada verano, regreso a Minsk para visitar a mi familia y recorrer las calles donde crecí.

Con dieciocho años ingresé voluntariamente en el ejército para cumplir cuanto antes con el servicio obligatorio. Tras mi formación en un cuartel cerca de Borisov, me destinaron a la frontera con Lituania gracias a mis conocimientos de inglés y español. Durante dos meses trabajé en una oficina y después pasé ocho meses subiendo a autobuses llenos de ciudadanos bálticos para revisar pasaportes. Entonces la frontera era mucho más sencilla que ahora.

Desde 2021, cada viaje se ha vuelto más complicado. Registros, preguntas y largas esperas. Este verano viajaré por primera vez con mi mujer, una vallekana que conoce mi país únicamente a través de mis historias. Ella quiere ver Minsk; yo no puedo evitar pensar en la frontera.

En cuanto los agentes descubren que soy docente, las preguntas suelen ser las mismas.

Podrías ser maestro en tu patria.

Podrías enseñar humanidades y español aquí.

Bielorrusia necesita profesores como tú.

Después llegan las preguntas más incómodas.

—¿Estás casado con una española por amor o por los papeles?

—¿Eres consciente de que sigues siendo reservista?


Y casi siempre, la última.

—¿Hablas de Lukashenko? ¿Qué opinas de él?

Yo respondo con prudencia. No porque tenga miedo, sino porque he aprendido que en las fronteras las opiniones importan menos que los sellos del pasaporte.

En Bielorrusia todavía existe el KGB. El nombre ha sobrevivido al siglo XX y basta escucharlo para comprender que algunas cosas cambian más despacio que otras. Quizá no ocurra nada. Quizá crucemos sin problemas y acabemos riéndonos de mis preocupaciones mientras paseamos por Minsk. Pero yo conozco demasiado bien cómo funcionan las fronteras, porque durante diez meses estuve al otro lado de la ventanilla.

A veces pienso que llevo media vida viviendo entre dos mundos. Demasiado ruso para algunos españoles, demasiado español para algunos bielorrusos.

Y al final sucede algo curioso: para muchos historiadores de España soy un bolchevique; para algunos historiadores bielorrusos que conozco, un menchevique.
La dualidad cultural siempre prima.

Saludos
 

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