Con la fogosidad perpetua de todo un monstruo de abrupto semblante, yo, vil vacuidad de sombra de ciprés desgajado desde las somníferas raíces hasta el tallo adusto por un temblor impertérrito de la amarilla tierra quebrada, doy saltos de alegría cada vez que observo bajo la luz artificial del lucero nocturno los enfermos carromatos que guardan cadáveres con olor a fresa y frambuesa. Y cuando aquellos se frenan en seco para que un mozo con una llaga purulenta en su ovalada frente descargue los ataúdes llenos a rebosar de vino y acacias, me deleito en fantasías crapulosas como el enamoradizo hechizo de un amor de ultratumba que ha de secar de vergüenza mi alma trajinada por los vapores asfixiantes de la lujuriosa Venus.