Eduardo Morguenstern
Poeta que considera el portal su segunda casa
UNA SALSA CARIBEÑA
Una playa solitaria.
Se retira el sol pintando
sobre el fondo celeste del cielo
rosadas fantasías.
Tibias aún las suaves sábanas de arena
al beso de nocturnas brisas
esperan ser más frescas.
Y grande y manso y silencioso
como un cielo invertido
de un oscuro y marrón mercurio
-de tanta magia y quietud en el ocaso-
se hace cómplice el río.
Rompe tanta calma queda
-desde algún lugar perdido-
excitante, una salsa caribeña
y allí, en el límite del mundo
entre cielo, agua y tierra
como dos fantasmas negros
que al calor escaparon de la selva,
al ritmo del tambor enloquecido
trepidando en las caderas
-ritmo sensual, sudor y músculos-
se entrelaza en lujurioso baile
en la tarde sofocante una pareja...
Eduardo A. Morguenstern ,
Una playa solitaria.
Se retira el sol pintando
sobre el fondo celeste del cielo
rosadas fantasías.
Tibias aún las suaves sábanas de arena
al beso de nocturnas brisas
esperan ser más frescas.
Y grande y manso y silencioso
como un cielo invertido
de un oscuro y marrón mercurio
-de tanta magia y quietud en el ocaso-
se hace cómplice el río.
Rompe tanta calma queda
-desde algún lugar perdido-
excitante, una salsa caribeña
y allí, en el límite del mundo
entre cielo, agua y tierra
como dos fantasmas negros
que al calor escaparon de la selva,
al ritmo del tambor enloquecido
trepidando en las caderas
-ritmo sensual, sudor y músculos-
se entrelaza en lujurioso baile
en la tarde sofocante una pareja...
Eduardo A. Morguenstern ,
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