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Cada decir, cada espontaneo y azaroso balbuceo, viajaba por el aire, tan liviano como el aire, viajaba directo a internarse en sus orejas ancianas de aparente humanidad.
El murmullo de los vecinos era letal: ahí vivía un cuerpo raro, de movimientos ligeros, de pelo canoso y a veces oscuro, un monumento al olvido y a la desolación, era una mujer, algo así como la asesina de los pensamientos más curiosos.
Una noche común, de ojos simples y de luna estrecha, salieron de la casa cientos de rayos de luz, efímeros reflejos que el frío aplastó, salió también un humo largo, fino, un blanco silencio que nadie pudo ver.
Ahora, ante preguntas que de los ojos caen, de frente a la fría serenidad de las respuestas volátiles, ahora que los vecinos se hierben en su dudable dignidad, ella se ríe, se ríe a carcajadas, y no para de reír, húmeda, desecha, nunca visitada, se ríe con ánimo eterno.
Los cuerpos de tela ya sonaban en su propia inspiración, el ácido de la tarde se fue transformando, espantosamente, en un vapor viscoso de color carmín.
Yo naufragando en una culpa vaga, oía cómo el sendero del viento se caía de la vegetación.
No puedo tocarla, pensé, pero me raspaba el iris, la cornea, y la serenidad. No puedo arrimarme ni un poquito, pensé, y de mis neuronas su nombre crecía, habría su propio camino, dejaba una estela de letras suyas, iniciaba, otra vez, su tétrica exploración.
Viene de frente, bajó de la costa y bajó también un gran calor detrás de mis ojos. Puedo sentir al tiempo sudar sus arcadas celestes, puedo ver al sol levantarse sobre mí, y por mí, solamente.
Pasa a un costado, el aire se mete en mi alma y la empapa de un amor colérico. Pasa, sigue pasando: pasó.
La próxima le digo: que me sube adentro, que me tiembla en las arterias, que sus picotazos en mi sangre idílica me turban todo.
Reflejos torpes en el pasto, el viento suspira con pereza. En el medio del lote las veo curiosas.
—¿Viene hacia acá ese hombre?—pregunta la lechuza.
—Yo que sé, parece indefenso y lerdo—la garza responde con desgano.
Yo me acerco un poco más, hago zoom, las acomodo en el centro, cosa que digan: "Que bien saca este pibe".
—Mira, tiene algo en sus manos, ¡un arma!—se pone firme la garza.
—Pues no lo sabemos—dice la lechuza mientras sacude sus alas.
—Igual, debo irme, adiós, suerte con el individuo, ten cuidado—la garza da unos saltos y toma vuelo.
—Ay, siempre tan desconfiada vos, adiós.