Es la voz del poeta una soflama
donde funde las letras tan certero;
son sus versos la llama de un herrero,
y el fuego, la palabra que lo inflama.
Es obrero en su fragua, y calentando
en las rimas, su corazón fundido,
desde el yunque que forja su latido
el candado y la estrofa va labrando.
En sus manos de herrero se desgrana
un poema con suerte de herradura,
y ese aliento fundido en escultura
lo convierte el poeta en filigrana.