Vuelvo a la intimidad de mis rincones
y al silencio apartado de la ausencia;
a la serena luz de mi conciencia
y a esta mesa algo ajada en sus marrones.
Vuelvo a la intimidad sin emociones
que preñen a las rimas con cadencia,
para escribir de nuevo en la creencia
que mis versos son bellas oraciones.
¡Cuántas veces confundo mi lamento!
No encuentro el acomodo necesario
que encienda otra vez a mi poesía
y el papel de este folio amarillento
esperará la tinta que a diario
alimente a mi pluma en su porfía.
Momentos solitarios de sosiego
que te encienden la llama del pabilo
y en el alma también un tenue fuego
que se agranda en las piedras y el sigilo.
Es tu llama, poeta, que en el viento
no se apaga por ser del sentimiento.
Si el papel amarillo se ha quedado
esperando a tu pecho que se abra,
pon, entonces, en negro tu palabra
para verlo, de pronto, blanqueado.
Con un abrazo, amigo mío.
Salva.