Entre valles industriales,
juntábamos los cuerpos.
Qué sé yo! Talles, cinturas,
elasticidades sonoras y antiguas.
Como dos frenéticos suicidas,
nos ofrendábamos los besos ignorantes
de la rabia y las mortificaciones
posteriores. Perdiendo
hasta la inocencia del olvido.
Qué sé yo, cuerpos anudados,
bajo el trallazo de los trenes.
Y cada día olvido más.
No es el olvido, estar muerto?
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