En la falda del Cadí,
donde el silencio descansa,
bajaba cantando el río
deshojando la montaña.
Y en Bagà las viejas piedras
guardaban entre sus casas
la memoria de los pasos
de antiguas sendas calladas.
Allí llegué con mis años,
mi quietud y mi batalla,
buscando entre el aire frío
la verdad que no se engaña.
Y el karate fue sendero
de disciplina templada,
un diálogo entre el cuerpo
y la conciencia más clara.
Mientras el agua corría
con su cadencia pausada,
parecía que el tiempo
dejaba de perseguir nada.
Cada golpe y cada gesto,
cada respiración honda,
iban rompiendo los nudos
que el pensamiento amontona.
Y sentí dentro de mí
la serenidad más alta,
esa que nace en silencio
cuando el ego ya no manda.
Bajo la sombra del Cadí,
entre la piedra y el agua,
comprendí que la existencia
solo se vive en el alma.
No en las prisas ni en el ruido,
ni en las victorias humanas,
sino en hallar el instante
donde la vida se abraza.
Y aún escucho desde lejos
la corriente de la escarcha,
marcando con su murmullo
el corazón y la calma.
Porque hay lugares que quedan
más allá de la distancia
como un refugio invisible
encendido en la mirada.
Y Bagà será en mi pecho
mucho más que una comarca:
será un rincón donde el alma
aprendió a sentirse en casa.