Soy dueño del camino que elijo,
la senda que en mis pasos dejo y veo;
en cada sombra, luz o desvarío,
soy guardián de mi voz y mi deseo.
Si el pensamiento oscuro hace su nido,
lo enfrento con valor y lo disipo,
pues soy autor de cuanto llevo escrito
y de mi ser el fiel, atento oído.
No temo mis umbrías ni el abismo;
mis dudas y mis sueños son arena
que el viento de mi juicio desenreda.
Me forjo en cada paso y soy yo mismo,
buscando la verdad que me serena,
y hallo en mi paz mi rumbo y mi vereda.