Cielo roto en gritos de tormenta,
la tierra se abre, furiosa y herida,
devora el río que el agua alimenta,
arrastra su paso, su huella de vida.
Los valles se vuelven caudalosos ríos,
las calles son mares, se anega la voz,
y todo se inunda de grises vacíos,
espejos que tiemblan sin ver al sol.
El barro dibuja recuerdos en sombras,
la piedra se viste de eterno silencio,
quedaron las huellas que el agua desborda,
marcando la historia que lleva en su centro.
En el fango quedan los restos de un día,
pedazos de sueños, palabras, momentos,
y aunque no se escucha su melodía,
la vida renace en los firmes cimientos.
Así, tras la furia del cielo y su llanto,
la tierra se alza, pequeña y tenaz;
del barro germina, sin prisa y sin tanto,
la flor de la vida, que empieza a brotar.