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  1. Oh grande entre los grandes

    Oh grande entre los grandes de la altura
    que asciendes como el ave en dulce vuelo
    huyendo del jardín y la clausura
    que guarda tu enraizado y noble anhelo.

    Oh guardia verdinegro, tu armadura
    se confunde en el césped que en el suelo
    te alfombra con fresquísima verdura
    y alimenta en lo oculto de su celo.

    Oh siempre vertical, solo y presente,
    continuo como el canto en el espacio,
    del claustro ensoñación reverberante.

    Oh salmodia que al viento impenitente
    resuenas en el cielo azul topacio;
    ¡oh fiel recuerdo de mi fe distante!




    El sueño del ciprés

    Un ciprés entre piedras se devana
    y rebasa las cumbres del tejado,
    batallando en el viento, cimbreado,
    en una guerra que ninguno gana.

    Inmóvil tiende sobre la besana
    la sombra junto al surco del arado
    que salta la clausura del cuadrado
    en huida solitaria siempre vana.

    Entretanto en la altura se desliza
    y se clava su copa en lo celeste
    la vista sobre él se cristaliza.

    Verdinegro soldado de lo agreste
    que otra ronda en un sueño realiza
    del Norte al Sur, del Este hacia el Oeste.


  2. La larde cae en tu cuerpo

    La tarde de mis sueños va llegando
    sobre las cordilleras de tu cuerpo,
    en tanto que mis ojos solo siguen
    las luces del ocaso en tu cintura.

    No fui de las pasiones más esclavo
    que esclavo siempre fui de tu presencia,
    aquella que me ata a los contornos
    de la blancura tibia de tu espalda.

    Y en esa vida voy muriendo entonces
    sin más aspiración que alguna tarde
    se caiga para mí de entre tus manos.

    Amor, pero no sueltes las cadenas,
    y mira lo cercano de los filos
    del hondo precipicio de la noche.


    De Ligia Calderón Romero (Glosa)

    La tarde de mis sueños va llegando
    sobre las cordilleras de tu cuerpo,
    en tanto que mis ojos solo siguen
    las luces del ocaso en tu cintura.
    Un día en los umbrales de mi patria
    despertaron los prístinos abriles
    fugaces como flor de un día. Hoy,
    la tarde de mis sueños va llegando.

    Entonces la alborada sucumbía
    en el sacro jardín de tus dulzores
    y al otro instante semejaba un ángel
    sobre las cordilleras de tu cuerpo.

    Aún escucho los turpiales tuyos
    al correr de los oxidados trenes
    en tanto que mis ojos solo siguen

    buscando en tus fanales las estrellas
    y, a la muerte del fénix, encender
    las luces del ocaso en tu cintura.


    Acabaste aquel poema

    Ay mis versos que esperaban pero no sabían cuánto
    y los puse en la ventana ignorando si vendrías,
    se mustiaron poco a poco de mirar al horizonte
    y el camino polvoriento allanado de alpargatas.

    Ay pasaban labradores a sembrar entre los surcos
    paralelos del arado del sudor y las fatigas,
    y del tiempo la besana floreció de verdes pastos
    y mis versos esperaban los llenaras con tu pluma.

    Y un buen día que observaba el camino polvoriento
    una nube diminuta tras los pasos se acercaba
    y de pronto vi tu rostro que agotado de la senda

    regresaba tras mil años con la fuerza entre las manos;
    completaste aquellos versos con tu glosa y tu semblante,
    y me hiciste el más dichoso acabando aquel poema.


  3. Amanecer

    Se fueron ya los sueños con la aurora
    al mundo de lo onírico intangible
    y resuenan bellísimas estrofas,
    un poema de luz es cuando crece
    el día que se cuaja de contornos
    y de claros colores en el Este.

    Las luces se levantan en el Este
    y perfilan espacios en la aurora,
    de noche fueron fríos, sin contornos,
    y ahora difuminan lo intangible;
    al fondo el horizonte crece y crece
    llenándose de vida las estrofas.

    Son brillantes y nítidas estrofas,
    luciérnagas azules en el Este,
    van yendo tras la noche, cuando crece
    el pulso renovado de la aurora,
    y persiguen lo arcano e intangible
    a la vez que matizan mil contornos.

    Nada tienen de nuevo los contornos,
    igualan los de ayer, mas las estrofas
    de luz son diferentes; lo intangible
    del tiempo que comienza por el este
    impulsa con la fuerza de la aurora
    a sentir la esperanza cómo crece.

    Al punto que amanece todo crece
    en número de formas y contornos,
    subiendo como espuma por la aurora;
    más libres y animosas las estrofas
    se plasman de colores en el Este
    relegando la sombra a lo intangible.

    El mundo de la noche es intangible,
    es como un embeleco cuando crece,
    pero luego rehúye si en el Este
    el buril va apurando los contornos;
    ¡qué hermosas con el día las estrofas
    llevando las esencias de la aurora!

    Intangible, al comienzo, cada aurora,
    crece siempre, de pronto, y los contornos,
    como estrofas, se escriben en el Este.


  4. Intimidad

    Solos mi Niño estamos, Tú dormido
    en el pobre pesebre; al Nacimiento
    no lo toca ni un pálpito de viento
    en esta intimidad sin ningún ruido.

    Me acerco y me arrodillo, Dios nacido;
    y cómo mira Madre, de contento
    estalla el San José sin movimiento,
    ¡qué gozo, mi pequeño, haber venido!

    Mi fe está conmovida de alegría
    en nuestra soledad al fin de día;
    te despiertas, me hablas y parece

    quisieras del Portal escabullirte
    conmigo, y en mis brazos rebullirte,
    y mi mano buscándote te mece.
  5. Nunca te he visto

    Nunca te he visto,
    Dios mío en esta vida,
    pero el amor
    que le tengo a mi esposa
    de Ti me habla.


  6. Pueblo deseante

    Mi patria son tus ojos donde quiero estar preso
    detrás de tus pestañas, donde está tu retina,
    junto al eco callado de la imagen, y el eco
    de las cosas sagradas que miraste en la vida.

    Mi patria, tus suspiros que renuevan alientos,
    los alientos precisos de la esperanza mía,
    por tus hijos crecidos, por tus hijos pequeños
    que en mi casa llenaron de luz cada esquina.

    Mi patria son tus brazos que me gritan de lejos
    y esa voz cuando llego me susurra tranquila,
    y es que allí mis pesares se convierten en buenos
    y los malos augurios se destruyen y arruinan.

    Mi patria es tu semblante y el profundo silencio
    del carmín de tus labios que a tu boca matiza
    y la palabra escueta que se te queda dentro,
    aquella que comprendo, sin dudar enseguida.

    Mi patria son tus piernas aéreas en vuelo
    que te elevan y alejan del suelo que pisas
    hasta tocar las nubes de color ceniciento
    sobrepasando ingrávida la espesa neblina.

    Mi patria son tus manos que me aprietan con celo,
    que tiran cada puerta y tapia de cal viva,
    donde después te pongo un anillo en el dedo
    que te baja del cielo una estrella que brilla.

    Mi patria es la morada gentil donde tus senos
    acogen dulcemente a mi torpe caricia,
    porque nunca se espantan si te dejara en ellos,
    con ansiedades luego, la sed de la vista.

    En mi patria descanso, en tu alma y tu cuerpo,
    y al pronunciar tu nombre que todo significa,
    y allí seguiré siendo el clamor de tu pueblo
    de siempre deseante de tierra prometida.
  7. Algunas horas, algunas cosas

    Están en las cornisas de las tardes verdosas
    y son como de hielo suspendido y callado,
    son frágiles momentos que resuenan a viejos
    y se marchan simétricos sobre un viento insumiso.
    Están tan sumergidas que parecen corales
    y son como sentinas de naves como robles,
    con los troncos vacíos donde viven los ecos
    de las palabras mudas que nunca se dijeron.
    Están por las aceras de los más lentos pasos
    y son como las hojas que cayeron perdidas,
    son múltiples instantes que se pasan sin nombre
    para que no los llamen ni nadie los escuche.
    Están sobre mi alma y no las sabré nunca
    y son como los clavos que oxidan tibias brisas
    del salitre que vuela ocupándolo todo
    y que llena gargantas con espasmos de muerte.
    Están en ignorancias que conocen y saben
    y son como el insomnio de los ojos más quietos,
    como el sufrir de antes y como el del presente,
    están sobre mi espalda y no las reconozco.
    A E.Fdez.Castro y Pessoa les gusta esto.
  8. Estimado lector:
    Se traen a este espacio veintidós sonetos publicados en este Portal de Mundopoesía en estos, aproximadamente, tres años atrás. Se trata de una miscelánea de temáticas y algunos de ellos se han aderezado con una pizca de humor. Muchas gracias por su lectura.
    Salvador.


    I

    Tus almenas

    Me agoto del poder de tu conciencia
    marmórea que cubre mi mortaja
    que por dura y maciza no se raja
    aplastando mi ardor con su prudencia.

    Y ahogas mi brutal concupiscencia
    destinando mi mar a una tinaja,
    que oprimido con una estrecha faja
    ni embiste en sus mareas con violencia.

    Tú me cortas las alas y los vuelos
    dejando sin resquicio a mis anhelos
    en tu fuerte castillo y tus almenas.

    Y allí ni me alzaré siquiera un palmo
    ni tendré un instante de aire calmo
    si a la vez con miradas me enajenas.

    II

    Tiránico deseo
    (Soneto dialogado)


    – Cuando miro tus labios sensüales,
    insuflados de aliento tan volcánico
    yo me muero en tus ojos con el pánico
    de caer en mis ansias más carnales.

    – Tu mirada traspasa mis portales
    despertándome así el ardor titánico
    y ya sin voluntad siento el tiránico
    deseo de tus puntos cardinales.

    – Arden mis más ocultos pensamientos
    cuando me acerco a ti, acelerando
    cada fibra sensible y esperando.

    – Si me aguardas, amor, bebo los vientos
    por tu boca que grita, en tanto avanza
    hacia ti el fiero impulso de mi lanza.

    III

    ... un punto de lo justo

    Yo me enredo en tus formas, dulce musa,
    de redondo asomar exuberante
    y en la prenda sutil, y en el tirante,
    con mirada solícita e intrusa.

    Y en esa tesitura que me acusa
    disimulo, mas nunca lo bastante,
    mis ojos abandonan tu semblante
    descendiendo y recaban en tu blusa.

    Qué hábil el botón que se libera
    aireando tu escote con cuidado
    y te alivia en un punto de lo justo.

    De forma que parece que supiera,
    al haberse por fin desabrochado,
    mi mucha gratitud por darme gusto.

    IV

    Tu carmín

    El carmín de tus labios que perfila
    la delicia que tienes en el gesto
    de encarnados matices, por supuesto,
    me seduce, me arroba y me encandila.

    Con brillante destello que rutila
    siempre pone en mi ser de manifiesto
    la esencia varonil, y así por esto
    también se me dilata la pupila.

    Tu carmín es objeto del deseo
    e incesante martirio de mi boca
    y en mis ojos motivo de recreo.

    Y es tanta la pasión que me provoca
    que si acaso algún día lo blanqueo
    con mis besos será con furia loca.

    V

    Diez golosinas

    Tus brazos encarnados se terminan
    en diez dulces y largas piruletas
    que son las golosinas con que aprietas
    mis ansias enervadas que alucinan.

    Y cuando me recorren me adivinan
    aviesas intenciones, nada ascetas,
    que luego con el índice sujetas
    al ver con la pasión que se avecinan.

    Mas ay, si descuidada y sin resabios
    me las pones sin más sobre los labios,
    tranquila, porque nunca soy arisco;

    que es mucha la bondad que me supones
    sin saber el peligro al que te expones
    pues me muero por darte algún mordisco.

    VI


    Tu envés


    El envés que decora tu figura
    te hermosea el compás cuando te alejas
    y con las ansiedades que me dejas
    no puedo manejar la tesitura.

    Desprovista de su nomenclatura
    tu espalda, demudada en dos bermejas
    colinas de parábolas parejas,
    al marcharte, imponente, te clausura.

    En ese caminar perfecto y bello
    claudico en menoscabo de mi cuello
    que se gira hasta un límite imposible.

    Y mi vista entregada que se mece
    te persigue hasta que desaparece
    ese encanto en lo onírico intangible.

    VII

    Quién diría

    Quién diría que pasas los cincuenta,
    Dios ayuda, seguro, al que madruga,
    hermosea en tu piel la escueta arruga
    si en encajes, sutil, se transparenta.

    De esa colección que tan bien sienta
    y el armario a tu gusto te conjuga,
    aunque vaya con paso de tortuga,
    por supuesto, me sigo dando cuenta.

    Con esos deliciosos ingredientes
    aún pones larguísimos los dientes
    y lo noto si vamos de paseo.

    Tal cosa ya carece de importancia,
    pues mantengo una estrecha vigilancia
    con los ojos abiertos del deseo.

    VIII

    Las debidas precauciones

    Me matan las debidas precauciones
    que tomas a mi lado talentosa
    de cuando, con mirada candorosa,
    escondes, a la vez, las tentaciones.

    Así te pediré que le condones
    las deudas a mi vista, si nerviosa
    desciende por tu blusa cuidadosa
    que oculta mientras muestra tantos dones.

    Mujer, si alguna vez me propasara,
    ¡piedad!, si me lo notas en la cara
    son solo pensamientos, te aseguro,

    que llegan pasionales y me fluyen,
    pues sabes que los mismos se concluyen
    como ya es de costumbre, sin futuro.

    IX

    Me dices que me quieres

    Me dices que me quieres, no lo dudo
    por mor de este soneto y de su rima,
    que yo te quiero más si estas encima
    y más estando encima tu desnudo.

    Verás, si tú no puedes yo te ayudo
    que ganas no me faltan que me oprima,
    dulcísimo, el vaivén que no dé grima,
    sudando, en tanto que yo quieto sudo.

    Así es como el amor más se comprende,
    así, cuando no existe ni un "depende",
    con gracia, desparpajo y sin camisa.

    Que tiempo habrá después para el descanso
    y para hacer también un poco el ganso,
    y para reventar los dos de risa.

    X

    A tus piernas

    La imponente y solemne simetría
    que, ingrávida, te eleva hacia la altura,
    nacaradas, te funde a la cintura
    proezas de alabastro y poesía.

    Quien te hiciera tal molde rompería
    solo al ver, con asombro, en su escultura,
    la exacta columnata en alzadura,
    y supo que otra igual ya nunca haría.

    Fuera entonces, mujer, y solo entonces
    que guardaron tus fustes en los bronces,
    y en romances, canciones y aleluyas.

    Pero fuera al instante de cruzarse
    que las diosas tuvieron que allanarse
    pues tus piernas jamás serían suyas.

    XI

    Tu lágrima

    Tu lágrima es un brote diamantino
    que trémulo desciende en la mejilla,
    perlado rebosar que fluye y brilla,
    y guarda en sus esencias lo salino.

    Tu lágrima es goteo cristalino
    de pena alambicada, y sin mancilla
    a veces se suspende y maravilla
    al párpado que ampara su destino.

    Tu lágrima es acuosa, y decidida
    se apresta a revelar en mi pañuelo,
    a mis labios, secretos de tu herida.

    Tu lágrima, rivera de tu duelo,
    al quedarse en mi pecho detenida
    hierve de mi ansiedad por tu consuelo.

    XII

    No perderé

    Tú fuiste un gran amor inacabado,
    camino sin final no recorrido,
    tú fuiste cuadro, al fin, descolorido,
    al cual dejó el buril difuminado.

    Tú fuiste el gran trigal jamás segado,
    vacío de gavillas y de ruido,
    tú fuiste pasajera del olvido
    al tiempo que reinaste en mi pasado.

    Tú fuiste mi caer al hondo abismo
    y nunca terminar de allí caer,
    y fuiste el gran poema del mutismo.

    Tú fuiste mi batalla sin vencer,
    eterna, interminable, y por lo mismo
    la guerra que jamás he de perder.

    XIII

    ... y sé que me amas

    Despierto con la magia del momento,
    hasta el aire parece que se atreve
    a llamarme a la vida, suena el viento
    al cristal devanado, arcano y leve.

    Despierto, y tengo sed y sigo hambriento,
    la luz no será luz hasta que pruebe
    el agua y el sabor del alimento
    gozoso del asombro que me mueve.

    Despierto con la furia de las rosas
    que inunda de color todas las cosas
    y son en ese instante vivas llamas.

    Despierto, todo es nuevo al comprobarte
    y ansío como nada el abrazarte,
    y sé que estás dormida, y que me amas.

    XIV

    Te recuerdo

    Te recuerdo esperándome en la puerta
    con abrazos sin fin, la dulce boca
    carnosa que me dabas como loca
    y cómo la dejabas entreabierta.

    Te recuerdo mirándome despierta,
    y tu lágrima, como cristal de roca,
    cayendo de ansiedad porque era poca
    la tarde que nacía medio muerta.

    Te recuerdo de nácar, y tu mano
    que me daba la hondura de tu seno
    y cómo yo libaba tus sabores,

    y cómo me decías, ¿no es temprano
    aún para colmarme de veneno?,
    y marcharme contigo en mis olores.

    XV

    El beso de dora
    (Soneto con eco)


    Del beso aquel, aquí confieso, eso,
    que fue de amor, con mi sentido ido;
    haber de ardores tan transido, sido;
    ni de pensarte en el exceso, ceso.

    Si en tal manera hoy me expreso, preso,
    es por deseos, y a Cupido pido,
    me deje en paz, que del descuido, huido,
    me traspasó, sin más, mi obseso, seso.

    Perdido va si el que os adora, Dora,
    no tiene al menos, mi señora, hora;
    mi voluntad ya no la adiestro, diestro,

    ni el corazón, de tanto oscuro, curo;
    que en pos de vos va con apuro, puro,
    o más bien va detrás de vuestro estro.

    XVI

    Quinientos veinticuatro y...

    No sé si alguna vez te has preguntado
    por cuántos son los besos que me diste
    en este poco tiempo que ha pasado
    desde el feliz momento en que viniste.

    Yo sí llevé la cuenta, con cuidado,
    también de los adioses que dijiste,
    sin éstos, al estar acostumbrado,
    sería con certeza un hombre triste.

    Así, con cada beso y despedida,
    la cifra poco a poco va creciendo,
    sin prisas, deja que sumando goce.

    Y digo, por razón de mi medida,
    en este haber calculo voy teniendo
    quinientos veinticuatro y algún roce.

    XVII

    Mis pecadillos

    De algunos pecadillos que cometo
    te hago totalmente responsable,
    pues siembras mi pensar de lo impensable
    dejándome al marcharte todo inquieto.

    Te colmo de requiebros, con respeto,
    por verte en la sonrisa lo adorable,
    también por si pudiera ser probable
    dar fin de otra manera a mi soneto.

    Bien sé que es la ilusión de lo imposible,
    aunque este sufrimiento ya me agrada
    al punto de creerme masoquista,

    y pongo la esperanza en que un fusible
    se funda en tu vergüenza acostumbrada
    y empleo el apagón en la conquista.

    XVIII

    No puedo, no sigas...

    No puedo doblegar por más que intente
    la lumbre de las tardes que encendiste,
    terrible incandescencia con que abriste
    mis ojos a tu cuerpo indiferente.

    No tengo ya el dominio de mi mente
    con esa espuela atroz que te pusiste,
    si tensa va la brida, ya lo viste,
    por ti se desbocó desobediente.

    No sigas con la tala del ramaje
    que así fluye la savia y reverdece
    el árbol que plantaste en mi paisaje.

    No creas en el tiempo, no encallece,
    al hueso está llegando tu cerclaje
    y, a veces, ni de espino me parece.

    XIX

    Tatuaje

    Sobre tu pulso diestro se sucede
    la dulce ondulación de tu latido,
    que es un signo vital y repetido
    al cual mi tacto ilusionado accede.

    Yo sigo el repicar del aleteo
    llegado de tu pecho generoso
    y acompaso a tu ritmo cadencioso
    el ávido bullir de mi deseo.

    Allí precisamente te has dejado
    que hicieran, indeleble, un tatüaje
    a salvo del olvido despiadado.

    No sé si lo pensaste aquella hora
    que estaban dibujando en tu paisaje
    la rosa de mi amor que te decora.

    XX

    ¿Quién sería?

    ¿Quién le dio con científica metría
    a tu cuerpo la exacta arquitectura
    y la convexidad a tu cintura
    que en su curva derrapo cada día?

    ¿Quién compuso sinfónica armonía
    que en las notas obtuvo tu dulzura
    y qué impulsa al andar esa figura
    que al ballet inspiró coreografía?

    ¿Quién te hizo con tan perfecta escala
    si pareces venida de algún sueño
    que a las diosas de envidia descabala?

    ¿Quién le puso en tal fábrica su empeño
    que en beldad a tu lado nada iguala
    porque el molde rompió con tu diseño?

    XXI

    Tu cuerpo

    Tu cuerpo es mi tragedia destilada,
    licores tan amargos como ardientes,
    tu cuerpo lleva gotas de ponientes
    y esencias de mi luz desmantelada.

    Tu cuerpo es mi pupila encarcelada
    detrás de tus pestañas envolventes,
    tu cuerpo tiene montes y vertientes
    que apenas rozaré con la mirada.

    Tu cuerpo es a la hora vespertina
    un río de sonrisas, solo eso,
    la tarde con tu gesto se termina.

    Tu cuerpo es el lugar donde voy preso,
    es hambre, es el grillete y es la espina
    y todo en tu mejilla si la beso.

    XXII

    Con lo poco que das me das la tarde

    Con lo poco que das me das la tarde
    decorando mi alma de emociones,
    y esquirol de la huelga del cobarde
    no me atrevo en contadas ocasiones.

    Yo sé que solo tú me lo consientes
    y la cosa ya toma alguna holgura,
    pasaré de decírtelo entre dientes
    a expresarme con cierta caradura.

    Aun dudando que sea publicable
    te lo escribo en el tono más amable,
    bien lo sabes, con todo mi respeto.

    Y me quedo tranquilo y a tu lado,
    hambriento por haberte devorado
    entretanto pensaba este soneto.

  9. Las hojas apenas eran nada

    La hojas de ese camino que se florecía,
    eran solo una pizca de lo que la vida le había regalado;
    una sensación de calma con él mismo
    acompañada de un silencio reflexivo
    que le hizo ver lo especial que es vivir.

    Esa conversación interna que despierta al niño sin rumbo,
    es lo que le hace ser quien es.
    Ese niño que camina por un laberinto rocoso con zapatos de oro
    improvisando sobre la amargura y el miedo
    sobre una sombra infinita que parece brillar.

    Tal es la inocencia pobre de ese niño
    que no es capaz de ver el fondo del camino.
    Ese niño que siente latentes chispazos difíciles de disimular,
    viéndose, así, en su gesto, esa parsimonia destructora
    que lo consume.

    Ese niño controlado por el Tiempo, que desea vencer,
    que desea descubrir en silencio qué es la música,
    que le invade el ser amado, que está lleno de querer.

    Ese, solo, que espera con impaciencia a que la luz
    que asoma por debajo de la puerta alcance a iluminar
    la habitación entera, llegará a escribir con sus manos
    un cuento que nadie leerá; un cuento apartado de la oscuridad
    que jamás nadie leerá.

    Un cuento que narrará la verdadera historia de su vida.


    José María González Alconchel, noviembre de 2019.
    A E.Fdez.Castro le gusta esto.


  10. Tristeza


    Tristeza mala amante y compañera,
    que restalla el costado cuando alcanza
    y dobla el espinazo a la esperanza
    mostrando así la muerte que libera.

    Tristeza, en el bullicio, es la sordera,
    que afila las palabras como lanza,
    que vuelca al mal el fiel de la balanza,
    haciendo un gran canchal la carretera.

    Tristeza que se arraiga y que enraíza,
    que mata la ilusión, que paraliza,
    que embosca el precipicio del abismo.

    Tristeza que a sí misma se alimenta,
    matando sin matar, que así atormenta,
    y al triste vuelve esclavo de sí mismo.
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  11. La tarde caía en Sevilla


    La tarde que caía
    se llenaba de arrullos lentamente
    del Betis que se oía
    ser manso, dulcemente,
    y muy claro era entonces, y sonriente.

    No dejes de mirarme,
    no dejes de pasar junto a mi puerta,
    si vienes a buscarme
    debieras estar cierta,
    Sevilla, para ti, que estará abierta.

    No dejes mi memoria
    vacía de azahar hecho guirnalda,
    ese que huele a gloria,
    que caiga por mi espalda
    como hace la sombra en la Giralda.

    Naranjos de Sevilla,
    alberos de los parques y jardines,
    con su alfombra amarilla,
    y rejas con jazmines,
    son perfectos acordes de violines.

    Sevilla que en el alma
    tiene un patio de verde limonero
    y allí el recuerdo en calma
    es imperecedero,
    de mi gente, de tanto que los quiero.
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  12. A José Galeote Matas,
    ilustre iznajeño.

    Iznájar

    Se extiende un pueblo blanco en la ladera
    entre el atardecer y la amarilla
    luciérnaga que apenas ahora brilla
    mostrando la campiña olivarera.

    Arriba, solitaria, la señera
    iglesia, y el castillo de la villa,
    y al fondo, en un gran lago, una barquilla
    de ensueño a mis pesares aligera.

    Allí, con una hermosa partitura,
    que sale de unas cuerdas –y lo tenso–,
    parece que me atrae, por magnética

    y envuelta en esas notas, la blancura;
    entonces aparece el campo inmenso
    tras el portal de Iznájar a la Bética.

    Nota: La partitura a la que hace mención el poema se trata la de la obra "Iznájar (Fantasía Andaluza)" cuyo autor y compositor es José Galeote Nadal, hijo de nuestro compañero y poeta José Galeote Matas y Lola Nadal, también poeta ella. Está interpretada por el gran guitarrista Jacob Cordober. Queda aquí para quienes gusten de disfrutarla.
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  13. I

    Recuerdo fugaz

    Casi como la llama de una vela,
    a veces diminuta y titilante,
    llega para quedarse algún instante
    la imagen que persiste de mi abuela.

    Y en esa vibración de la candela
    se escucha algún perol burbujeante,
    el guiso va esparciéndose humeante
    y está sobre el mantel limpio, de tela.

    También recuerdo oler en el verano
    el cuenco que servía de aceitunas
    y el plato de embutidos y de queso.

    Y luego una caricia de su mano
    con unas advertencias oportunas
    del río y sus peligros, con un beso.

    II

    La infancia duradera

    De tarde, cada tarde, con mi abuelo,
    de su mano, me iba a ver el tren
    y el tiempo lo pasaba en el andén
    llevándome el olor en todo el pelo.

    El ruido parecía ser del Cielo,
    silbidos, y el metálico vaivén,
    y el quiosco, sobre todo, un almacén
    de ilusiones y dulce caramelo.

    Tenía, a los tres años, vocación
    de jefe, nada menos, de estación
    por la gorra, el silbato y la bandera.

    Y ahora, al resurgir de la memoria,
    la gran protagonista de la historia
    es la infancia feliz, y duradera.
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  14. En los recuerdos de un rey

    Tras la egregia figura del Veleta
    casi con la humildad de una colina,
    a su izquierda tan solo se adivina,
    enhiesto, el mascarón de una goleta.

    Y le clava en los cielos su saeta
    aquel grande de España que ilumina
    como un faro a la Vega Granadina
    cuando el sol en su nieve se le aquieta.

    Pujen alto, adalid de la alturas,
    no se escondan y muéstrense de quien
    son los altos torrentes de aguas puras.

    Fue quedarse, marchándose también
    cada risco en su llanto de amarguras
    para el rey desterrado, el Mulhacén.
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  15. Un día me llamaste

    Un día me llamaste por mi nombre
    y, de pronto, entonces, respiraba,
    me[ puse a caminar, y ya era un hombre,
    sentí en mi corazón que se me amaba.
    Un día, tras mirarme en el espejo,
    noté a quien sonrïéndome era viejo.
    Un día tuve ganas ya de verte
    en todo Tu esplendor y en el Amor,
    y tras unos momentos de dolor,
    a Ti volví en los brazos de la muerte.
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