Mitra
Poeta adicto al portal
Tengo un cofre
en mi costado, escondido
cuan lápida plantada
en sueño, florecido.
Envidias de la planta
que cosechada y quemada
ve la luz solar molesta,
aquel incendio que comenzó...
iluminada.
Tengo un sordo remordimiento
de aquel pájaro que se bate
solitario, eclipsando el cielo,
tal vez un tumor en el raso,
tal vez un oasis del desierto.
Un lúgubre suspiro
que resopla del encierro
de mis venas opacadas
por el rojo de estos versos.
Una rosa espinada,
que quema como el hielo,
por tener veneno de miel,
y sabor a un ensueño.
Las palabras se dibujan,
coloridas, sin saliva,
por ser un velo azul noche
por ser de aire, de tiza.
Tengo sed y vértigo
a las estrellas rocosas
que me miran y descienden
por momentos, estrepitosas...
a murmurar si hay un eco
en mis pestañas decaídas
para morir en el silencio
de su insípida luz, un hueco.
Tiene la manía de ser sordo,
a las voces del tiempo,
y el corazón se me desenhebra
con un solo soplo desde dentro.
No hay un farol en el averno
que me indique la salida
del antro, corazón inerte
refugiado, resurgido, rudimentario.
Una sombra que a tras luz,
sigue siendo sombra,
un optimismo que hace de un flujo
el más lejano altar soñado.
Llena de inhalaciones
contrayendo el músculo tenso,
palabras que carecen
de palpables besos
huye de la piel el cable
conector del cielo,
con un eléctrico pensamiento
se exhala y el amor...
cae sin peso.
Unas lagrimas como espasmos
se deslizan sin crear sonido
fue virtual, punzante, de plástico...
un clavel con la luz más blanca,
iluminada de los rayos encendidos.
Del alma seducida,
se prestó a marchitar de simetría,
se la comió el mismo sueño
envejeció en su guarida.
Mitra
en mi costado, escondido
cuan lápida plantada
en sueño, florecido.
Envidias de la planta
que cosechada y quemada
ve la luz solar molesta,
aquel incendio que comenzó...
iluminada.
Tengo un sordo remordimiento
de aquel pájaro que se bate
solitario, eclipsando el cielo,
tal vez un tumor en el raso,
tal vez un oasis del desierto.
Un lúgubre suspiro
que resopla del encierro
de mis venas opacadas
por el rojo de estos versos.
Una rosa espinada,
que quema como el hielo,
por tener veneno de miel,
y sabor a un ensueño.
Las palabras se dibujan,
coloridas, sin saliva,
por ser un velo azul noche
por ser de aire, de tiza.
Tengo sed y vértigo
a las estrellas rocosas
que me miran y descienden
por momentos, estrepitosas...
a murmurar si hay un eco
en mis pestañas decaídas
para morir en el silencio
de su insípida luz, un hueco.
Tiene la manía de ser sordo,
a las voces del tiempo,
y el corazón se me desenhebra
con un solo soplo desde dentro.
No hay un farol en el averno
que me indique la salida
del antro, corazón inerte
refugiado, resurgido, rudimentario.
Una sombra que a tras luz,
sigue siendo sombra,
un optimismo que hace de un flujo
el más lejano altar soñado.
Llena de inhalaciones
contrayendo el músculo tenso,
palabras que carecen
de palpables besos
huye de la piel el cable
conector del cielo,
con un eléctrico pensamiento
se exhala y el amor...
cae sin peso.
Unas lagrimas como espasmos
se deslizan sin crear sonido
fue virtual, punzante, de plástico...
un clavel con la luz más blanca,
iluminada de los rayos encendidos.
Del alma seducida,
se prestó a marchitar de simetría,
se la comió el mismo sueño
envejeció en su guarida.
Mitra
::es triste, pero cierto.