Flavio Hugo Ruvalcaba
Poeta adicto al portal
Sobre la libertad sólo el amor.
El amar, el querer, no debe constreñirse.
Porque al principio los dioses ordenaron amar
es pecado todo intento de zaherir el amor.
Amar, querer, querer con esa fuerza
poderosa y eléctrica,
con ese imán que imanta las manos a las manos
y hace de la pared una ciudad audible.
Amar con la entereza que lo construye todo:
el vientre de la madre para el hijo
y el brazo del herrero para el hierro.
Querer con el embate de los desesperados,
de las viudas, de los huérfanos silenciosos,
de los lisiados firmes, de los enfermos entecos y cenizos;
con la garra de los pobres aferrados al hambre
y al profundo deshielo.
Amar, querer, amar con ese ritmo
ufano y vanidoso, ecléctico, durable.
Querer en cada silla, a cada lámpara
como si fuera la respiración.
No dejar un segundo sin que el amor reborde.
No vivir un momento sin que el amor alumbre.
Amar a toda vela, querer endemoniadamente
en las mañanas sobre el sueño entibiado
y en las calientes tardes con el hervor en vilo.
Querer en las veredas de la noche cerrada,
en las calles, en los mercados verdes,
en las cocinas, en las bodegas inmóviles
de los muelles desnudos
y de los cometas insobornables.
En los campos hirsutos y sapientes.
En las escuelas claras, ateridas de lluvia
y en los basureros pacíficos
arqueados por los perros.
Amar en la fábula y el color líquido
y en la botella que destapó la vida,
en la sala del mundo que habitan los que bailan
y en el patio de trenes donde dicen adiós los desahuciados.
Amar, querer con esa nutrición de bien comido,
Querer en cada instante, a cada minuto,
en cada lugar inventado o descubierto o mal soñado
como si fuera la circulación.
El amar, el querer, no puede sofocarse
por que los dioses nos subieron al mundo
con un corazón que no descansa,
que de noche y de día y aquí y allá y a todas horas
retumba en su pum pum con el eco incandescente
de otro corazón.
Sobre la libertad sólo el amor.
El querer, el amar, no debe detenerse.
El amar, el querer, no debe constreñirse.
Porque al principio los dioses ordenaron amar
es pecado todo intento de zaherir el amor.
Amar, querer, querer con esa fuerza
poderosa y eléctrica,
con ese imán que imanta las manos a las manos
y hace de la pared una ciudad audible.
Amar con la entereza que lo construye todo:
el vientre de la madre para el hijo
y el brazo del herrero para el hierro.
Querer con el embate de los desesperados,
de las viudas, de los huérfanos silenciosos,
de los lisiados firmes, de los enfermos entecos y cenizos;
con la garra de los pobres aferrados al hambre
y al profundo deshielo.
Amar, querer, amar con ese ritmo
ufano y vanidoso, ecléctico, durable.
Querer en cada silla, a cada lámpara
como si fuera la respiración.
No dejar un segundo sin que el amor reborde.
No vivir un momento sin que el amor alumbre.
Amar a toda vela, querer endemoniadamente
en las mañanas sobre el sueño entibiado
y en las calientes tardes con el hervor en vilo.
Querer en las veredas de la noche cerrada,
en las calles, en los mercados verdes,
en las cocinas, en las bodegas inmóviles
de los muelles desnudos
y de los cometas insobornables.
En los campos hirsutos y sapientes.
En las escuelas claras, ateridas de lluvia
y en los basureros pacíficos
arqueados por los perros.
Amar en la fábula y el color líquido
y en la botella que destapó la vida,
en la sala del mundo que habitan los que bailan
y en el patio de trenes donde dicen adiós los desahuciados.
Amar, querer con esa nutrición de bien comido,
Querer en cada instante, a cada minuto,
en cada lugar inventado o descubierto o mal soñado
como si fuera la circulación.
El amar, el querer, no puede sofocarse
por que los dioses nos subieron al mundo
con un corazón que no descansa,
que de noche y de día y aquí y allá y a todas horas
retumba en su pum pum con el eco incandescente
de otro corazón.
Sobre la libertad sólo el amor.
El querer, el amar, no debe detenerse.
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