En el hermoso salón de los claveles rojos
rodeados de espejos y candelabros de oro
velas encendidas, aromas florales, calidez
valses, festines tentadores, vinos de jerez.
El reloj marcó las doce menos diez.
Sigiloso, su presencia cercana no se siente,
detrás de cortinas brillantes de carmín
sonrosada su piel, sangrientos sus dientes,
mirando, buscando un alma que al fin
calme su sed. Doce menos siete.
Sus ojos oscuros vagaban sin ahínco
mirada esmeralda, flameante, penetrante.
Buscaba muchachas que en aquel recinto
esa noche le apetecieran de forma anhelante.
Sus presas predilectas. Doce menos cinco.
Jóvenes ingenuas, sin pudor o timidez,
hermosas joyas de juventud, eso anhelaba
y de pronto sus planes se tornan al revés,
la vio aparecer y se cruzaron sus miradas.
Bella y extraña. Doce menos tres.
Bañado su rostro por la luz de la luna,
semi oculta en la oscuridad de un rincón.
Su mirada era incógnita como ninguna
y estimulaba su maligna intensión.
- Serás mi victima.- Doce menos una.
Caminó y hacia aquella se dirigió con gusto,
frente a ella termino y dijo de antemano
- Mi hermosa señorita quisiera que juntos
bailemos esta pieza. - Y ella Tomó su mano.
Las manos de la muerte. Las doce en punto.
El vals de la media noche entonó la orquesta
e iniciaron el baile la doncella y el vampiro
Una mano junto a la suya, delicadamente puesta,
la otra mano la acercaba a su pecho con brío
mientras sus mentes se olvidaban de la fiesta.
Giraban y giraban lentamente en espiral,
el salón de los claveles rojos se desvanecía,
dando paso a una gran escalera infernal
que como una ráfaga los unía y los hundía
como almas en pena, amantes del mal.
Sus manos blancas se enfriaron de repente
y el vampiro, para avivarlas, suave las apretó
la campanada numero doce sonó dulcemente,
a su cuerpo se aferró y tiernamente lo besó
mientras sus lágrimas resbalaban lentamente.
El vampiro prendado, a su amada descubrir pedía
su identidad desconocida, y como una centella
un escalofrío funesto lo recorría cuando ella le decía:
- El fantasma maldito de la media noche soy, aquella
que a las doce baila y muere como en su último día.
Estaba roto el encanto y ella comenzaba a perecer
la doncella lo aparto, desconsolada, sin decir nada
y el vampiro solo y sombrío, mientras ella se alejaba
sólo pudo cruzar con la doncella una última mirada,
incógnita, como la primera vez que le vio aparecer.