En mi juventud participé con mis padres y mis nueve hermanos, en la plantación de seis mil álamos, en la Patagonia, que volví a ver treinta años después movido por la nostalgia.
ALAMEDAS
Hoy las veo, frondosas alamedas,
como premio a un pequeño sufrimiento,
arraigadas al líquido elemento,
refrescando con su sombra las veredas.
Son sus hojas en otoño cual monedas,
que tiemblan con color amarillento,
y revelando su reflejo argento,
son miradas por otras arboledas.
El invierno implacable las desnuda
quitándoles de pronto su follaje,
pero no el movimiento majestuoso.
Yo siento que el murmullo me saluda,
este verano con su verde encaje,
con el vaivén de manos de un coloso.
Eduardo León de la Barra