JOSE MANUEL SAIZ
Poeta asiduo al portal
NADANDO EN LO PROFUNDO
Algunas noches me voy al río solo
a nadar en lo profundo.
Quien no me conozca pensará
que soy un hombre que no tiene miedo a nada:
ni a la noche, ni al río,
ni a la soledad.
Si supieran lo que yo sé
no dirían que soy un hombre
que no tiene miedo a nada.
Hace algún tiempo que me persigue
el rostro de un muchacho.
De pequeño ese rostro se acercaba a mí,
tenía nombre, me daba la mano,
jugaba conmigo.
Una tarde unos chicos nos rodearon.
Todo comenzó con una broma, con una burla
luego vinieron los insultos, las patadas
y los golpes.
Así empezó todo, yo lo vi. Primero fue a mi amigo:
con las manos se cubría la cara de los golpes
y la sangre corría delgada por su boca.
Cerré los ojos. Ignoré la sangre. Silencié las voces
que me llamaban; y eché a correr detrás del miedo
para no ver el rostro de un amigo gritando mi nombre.
Por eso a veces, cuando oigo llorar;
cuando escucho pedir;
o cuando veo al pájaro, inmóvil, caer bajo la rueda,
me voy corriendo al río, solo, en la noche,
a nadar en lo profundo.
Porque el agua fría de los ríos me hace olvidar
rostros que me persiguen;
silencia voces de amigo;
y limpia de sangre la boca de los inocentes.
Hay quien piensa todavía
que soy un hombre sin miedo
solo porque me ven nadando a oscuras
de noche y en lo profundo.
Era un niño. Yo lo sé. Y sé
que ustedes lo comprenden
-aunque eso no me hará olvidar
el rostro de aquel amigo-.
--oOo--
Algunas noches me voy al río solo
a nadar en lo profundo.
Quien no me conozca pensará
que soy un hombre que no tiene miedo a nada:
ni a la noche, ni al río,
ni a la soledad.
Si supieran lo que yo sé
no dirían que soy un hombre
que no tiene miedo a nada.
Hace algún tiempo que me persigue
el rostro de un muchacho.
De pequeño ese rostro se acercaba a mí,
tenía nombre, me daba la mano,
jugaba conmigo.
Una tarde unos chicos nos rodearon.
Todo comenzó con una broma, con una burla
luego vinieron los insultos, las patadas
y los golpes.
Así empezó todo, yo lo vi. Primero fue a mi amigo:
con las manos se cubría la cara de los golpes
y la sangre corría delgada por su boca.
Cerré los ojos. Ignoré la sangre. Silencié las voces
que me llamaban; y eché a correr detrás del miedo
para no ver el rostro de un amigo gritando mi nombre.
Por eso a veces, cuando oigo llorar;
cuando escucho pedir;
o cuando veo al pájaro, inmóvil, caer bajo la rueda,
me voy corriendo al río, solo, en la noche,
a nadar en lo profundo.
Porque el agua fría de los ríos me hace olvidar
rostros que me persiguen;
silencia voces de amigo;
y limpia de sangre la boca de los inocentes.
Hay quien piensa todavía
que soy un hombre sin miedo
solo porque me ven nadando a oscuras
de noche y en lo profundo.
Era un niño. Yo lo sé. Y sé
que ustedes lo comprenden
-aunque eso no me hará olvidar
el rostro de aquel amigo-.
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