Luis Fernando Tejada
Poeta reconocido
ECOS DE GUERRA
¿Quién dio la señal,
desde cuándo te despojaste
del manto de paz,
en qué momento las melodías
se cambiaron por el
redoblar del tambor?.
Millones de habitantes
marchan a su alrededor,
de los cielos brotan
siniestros relámpagos
que enfurecidos
incendian los campos,
al sonar del clarín la juventud
se pierde en la montaña,
en el ocaso de la tarde
los obreros y campesinos
cambian las herramientas por el fusil,
por las carreteras marchan
los convoyes militares,
los niños juguetean con sus ruedas.
La sangre baña las banderas
que flamean en lo alto,
ya no hay cantos exquisitos,
solo el ruido ronco de
los obuses que golpean,
los versos ya no riman,
la algarada callejera
es su reemplazo.
Las flores temblorosas se marchitan,
ya no saludan al sol en su cenit,
el cincel labra los huesos
entre la orgía de brillantes explosiones,
las voces de la guerra vibran
en todos los rincones de la patria.
Los alcázares se derrumban
ante el fuego arrollador,
las lágrimas y las plegarias
ya no importan:
¡Recoged los muertos
que esperan sus mortajas!
Ya no inspiran las estrellas
paridas en la noche,
ni la transparencia de
corrientes parlanchinas,
solo la fuerza arrolladora
de las tropas
en el fragor de la batalla.
¡Truena democracia,
resurge en la
América indomable
con más fuerza
que el eco de la guerra,
marchad gentes de mi patria
con pasos creadores!.
¿Quién dio la señal,
desde cuándo te despojaste
del manto de paz,
en qué momento las melodías
se cambiaron por el
redoblar del tambor?.
Millones de habitantes
marchan a su alrededor,
de los cielos brotan
siniestros relámpagos
que enfurecidos
incendian los campos,
al sonar del clarín la juventud
se pierde en la montaña,
en el ocaso de la tarde
los obreros y campesinos
cambian las herramientas por el fusil,
por las carreteras marchan
los convoyes militares,
los niños juguetean con sus ruedas.
La sangre baña las banderas
que flamean en lo alto,
ya no hay cantos exquisitos,
solo el ruido ronco de
los obuses que golpean,
los versos ya no riman,
la algarada callejera
es su reemplazo.
Las flores temblorosas se marchitan,
ya no saludan al sol en su cenit,
el cincel labra los huesos
entre la orgía de brillantes explosiones,
las voces de la guerra vibran
en todos los rincones de la patria.
Los alcázares se derrumban
ante el fuego arrollador,
las lágrimas y las plegarias
ya no importan:
¡Recoged los muertos
que esperan sus mortajas!
Ya no inspiran las estrellas
paridas en la noche,
ni la transparencia de
corrientes parlanchinas,
solo la fuerza arrolladora
de las tropas
en el fragor de la batalla.
¡Truena democracia,
resurge en la
América indomable
con más fuerza
que el eco de la guerra,
marchad gentes de mi patria
con pasos creadores!.
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