guerrero verde
Poeta veterano en el portal.
-Te quiero- gimió ella
-Se que me quieres y ese es el problema.
-No debería serlo.
-Pero lo es- dije mientras apagaba el cigarro a medio fumar .
Ese fue el único dialogo
que atropelló el silencio aquella noche,
el resto solo fueron gritos de dolor expresivo.
El cuarto estaba oscuro como de costumbre.
La cama bajo la venta,
la mesa de noche atosigada de Cortazar y Borges,
la silla vacía, se empalidecía con una luna plata.
Estaba en un rincón oculto, fumando de rodillas,
meditando sobre albores alquímicos, cansado quizás
de estar entre las sombras de la soledad.
Me puse de pié con paso abrumado
posando mi cuerpo en la silla que ahora eclipsaba.
Me senté en ella y crujió sin dar eco.
La luna se reflejaba en mis gafas empolvadas
proyectándose a las profundidades del nocturno hueco.
Por un momento sentí que en la ventana posaba
la misma dama del cuadro de Dalí, las mismas anchas caderas,
pero solo constaté que El Grito de Munch nacía de mi afonía.
La realidad golpeo mi estoicismo por cuarta vez.
Ella tocaba la puerta con su huesudo puño
que carente de ser amenaza era suave carne y placer.
Entró delicada observando mi habitual desorden,
observándome como si buscara algún indicio
que revelara mis deseos de sexo o de juegos de niño.
Mas no vio nada lo cual profundamente la estremeció.
-Ya no te deseo- Dije a la par que desenfundaba el bisturí azul.
-Te quiero -gimió ella
-Se que me quieres y ese es el problema.
-No debería serlo.
-Pero lo es- dije mientras apagaba el cigarro a medio fumar .
Ese fue el único dialogo
que atropelló el silencio aquella noche,
el resto solo fueron gritos de dolor expresivo.
El cuarto estaba oscuro como de costumbre.
La cama bajo la venta,
la mesa de noche atosigada de Cortazar y Borges,
la silla vacía, se empalidecía con una luna plata.
Estaba en un rincón oculto, fumando de rodillas,
meditando sobre albores alquímicos, cansado quizás
de estar entre las sombras de la soledad.
Me puse de pié con paso abrumado
posando mi cuerpo en la silla que ahora eclipsaba.
Me senté en ella y crujió sin dar eco.
La luna se reflejaba en mis gafas empolvadas
proyectándose a las profundidades del nocturno hueco.
Por un momento sentí que en la ventana posaba
la misma dama del cuadro de Dalí, las mismas anchas caderas,
pero solo constaté que El Grito de Munch nacía de mi afonía.
La realidad golpeo mi estoicismo por cuarta vez.
Ella tocaba la puerta con su huesudo puño
que carente de ser amenaza era suave carne y placer.
Entró delicada observando mi habitual desorden,
observándome como si buscara algún indicio
que revelara mis deseos de sexo o de juegos de niño.
Mas no vio nada lo cual profundamente la estremeció.
-Ya no te deseo- Dije a la par que desenfundaba el bisturí azul.
-Te quiero -gimió ella
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