guerrero verde
Poeta veterano en el portal.
El rastro de sangre seguía sobre la tierra
formando un río espeso y asesino para las hormigas,
un río que a los lobos excitaba desde la lejanía.
Seguía las marcas de agonía
adentrándome en el bosque oscuro.
Todo era silencio salvo el crujir de los árboles en luto
que ante mi duda cobraban vida.
Los sauces lloraban hacía la luna
y mi presa aun andaba derramando lagrimas
de dulce carmín.
Así llegué a un manantial
donde la luna hacía las aguas plata liquida
y al verdor sombra insólita amante de la brisa.
En la orilla derecha yacía mi presa;
un venado de blanca piel
que fosforecía con el brillo estelar.
Me acerqué a tomar el animal
y escuché un lamento femenino
que emitía palabras y sangre entre dientes nácar.
De pronto voltee golpeado por los silfos del viento
presenciando a una dama de blancos vestidos
que gemía en la orilla izquierda.
Ella también estaba sucumbiendo ante Manía
por una herida idéntica a la que había perpetrado
mi flecha de alabastro.
Había dañado a Eritia la ninfa
y del cielo nació una lluvia
que agitaba las mansas aguas.
De rodillas clamaba perdón por mi error
a una luna que impávida ilustraba la expiración
de la hija de Nix ya casi ausente de color.
Pestis eram vivus moriens tua mors ero,
Dije mientras con la misma punta de flecha
buscaba perdón y descanso eterno.
Mi sangre fue entregada al manantial como ofrenda.
Moría lentamente mirando un cielo ahora manso,
moría y antes de volar con las alas del espíritu eterno,
una risa remató el brillo de mis ojos.
Hic mort gauded sucurrere vitae,
Dijo la ninfa resurrecta dando vueltas
sobre mi sangre en danza pagana.
Pestis eram vivus moriens tua mors ero (En vida fui tu azote, muerto seré tu muerte)
Hic mort gauded sucurrere vitae (Aquí la muerte sirve a la vida)
formando un río espeso y asesino para las hormigas,
un río que a los lobos excitaba desde la lejanía.
Seguía las marcas de agonía
adentrándome en el bosque oscuro.
Todo era silencio salvo el crujir de los árboles en luto
que ante mi duda cobraban vida.
Los sauces lloraban hacía la luna
y mi presa aun andaba derramando lagrimas
de dulce carmín.
Así llegué a un manantial
donde la luna hacía las aguas plata liquida
y al verdor sombra insólita amante de la brisa.
En la orilla derecha yacía mi presa;
un venado de blanca piel
que fosforecía con el brillo estelar.
Me acerqué a tomar el animal
y escuché un lamento femenino
que emitía palabras y sangre entre dientes nácar.
De pronto voltee golpeado por los silfos del viento
presenciando a una dama de blancos vestidos
que gemía en la orilla izquierda.
Ella también estaba sucumbiendo ante Manía
por una herida idéntica a la que había perpetrado
mi flecha de alabastro.
Había dañado a Eritia la ninfa
y del cielo nació una lluvia
que agitaba las mansas aguas.
De rodillas clamaba perdón por mi error
a una luna que impávida ilustraba la expiración
de la hija de Nix ya casi ausente de color.
Pestis eram vivus moriens tua mors ero,
Dije mientras con la misma punta de flecha
buscaba perdón y descanso eterno.
Mi sangre fue entregada al manantial como ofrenda.
Moría lentamente mirando un cielo ahora manso,
moría y antes de volar con las alas del espíritu eterno,
una risa remató el brillo de mis ojos.
Hic mort gauded sucurrere vitae,
Dijo la ninfa resurrecta dando vueltas
sobre mi sangre en danza pagana.
Pestis eram vivus moriens tua mors ero (En vida fui tu azote, muerto seré tu muerte)
Hic mort gauded sucurrere vitae (Aquí la muerte sirve a la vida)