Raul Matas Sanchez
Poeta adicto al portal
Y las hay,
son las que permiten que el otro yo distraiga mis entrañas,
se envuelva en termitas de polvo que huyen, que miran, que engañan,
y se muestran tal como son,
como copos de nieve incandescente, como resmas de papel almacenado,
papel que canta como lo hacían antaño,
presas de un suave perfume a rebaño,
a nidos de abejas en discordia,
repletas de concordia, concatenadas,
enajenadas de risa, todas ellas, todas ellas repletas de brisas,
de tenues rostros enrojecidos, de tanta miel, de tanta dulce miel,
recogida, enceguecida, removida, almacenada,
toda ella como nuevos horizontes, como viejos sifontes arcanos,
de la mano de las nuevas vestiduras, esas que no se rasgan,
ni se rascan por la falta de agua,
de fraguas que importan desde fuera,
desde una ladera en horizonte,
como un polizonte que se escapa al espacio,
que no quiere ver más diluvios,
ni refugios terráqueos, ni saqueos, ni mordazas, ni deseos,
solamente las esperanzas de los truenos,
de los hombres envueltos en ropas de sueños,
de ensueños colmados de miel y abejas,
que los pinchan y los pinchan, y se hinchan y se hinchan,
y establecen, y esperan la simiente,
del hombre nuevo, de aquel hombre prometido, de la esperanza compartida,
con otros ropajes, con vistosos y lujosos, traposos vestuarios,
en los estuarios de los ríos de las vidas de los otros,
de los nuevos y esponjosos,
de los cantos del diluvio, la sal y el azúcar,
la dulce vestimenta de pasteles, de caramelos, chocolates y tortas,
la aorta milenaria,
la vasija,
la ninfa desnuda que se vuelva a vestir,
que vuelve a desvestirse,
a arroparse,
a llenarse de lanas,
de pieles,
y de abejas.
son las que permiten que el otro yo distraiga mis entrañas,
se envuelva en termitas de polvo que huyen, que miran, que engañan,
y se muestran tal como son,
como copos de nieve incandescente, como resmas de papel almacenado,
papel que canta como lo hacían antaño,
presas de un suave perfume a rebaño,
a nidos de abejas en discordia,
repletas de concordia, concatenadas,
enajenadas de risa, todas ellas, todas ellas repletas de brisas,
de tenues rostros enrojecidos, de tanta miel, de tanta dulce miel,
recogida, enceguecida, removida, almacenada,
toda ella como nuevos horizontes, como viejos sifontes arcanos,
de la mano de las nuevas vestiduras, esas que no se rasgan,
ni se rascan por la falta de agua,
de fraguas que importan desde fuera,
desde una ladera en horizonte,
como un polizonte que se escapa al espacio,
que no quiere ver más diluvios,
ni refugios terráqueos, ni saqueos, ni mordazas, ni deseos,
solamente las esperanzas de los truenos,
de los hombres envueltos en ropas de sueños,
de ensueños colmados de miel y abejas,
que los pinchan y los pinchan, y se hinchan y se hinchan,
y establecen, y esperan la simiente,
del hombre nuevo, de aquel hombre prometido, de la esperanza compartida,
con otros ropajes, con vistosos y lujosos, traposos vestuarios,
en los estuarios de los ríos de las vidas de los otros,
de los nuevos y esponjosos,
de los cantos del diluvio, la sal y el azúcar,
la dulce vestimenta de pasteles, de caramelos, chocolates y tortas,
la aorta milenaria,
la vasija,
la ninfa desnuda que se vuelva a vestir,
que vuelve a desvestirse,
a arroparse,
a llenarse de lanas,
de pieles,
y de abejas.
Última edición:
::