cesarfco.cd
Poeta que no puede vivir sin el portal
Te conocí un día normal, en raras circunstancias.
Desde siempre mi catarsis han sido las caminatas con el pensamiento puesto en las fronteras de lo que entiendo o vislumbro entender. Seguir el curso de mis pasos sin poner atención a nada relevante.
En ese momento en particular me extasié con las nubes y sin quitarles la vista de encima tomé asiento, en una banca de la plaza.
Algo se movió a mi lado pero no presté atención. Estaba cien por ciento inmiscuido en el efecto mariposa que se desencadena por las pequeñas y sutiles decisiones que tomamos a diario. En la cortesía o su contraparte, en la eficacia e ineficiencia. A cada polo del pensamiento lo acompañaba con movimientos discretos de mi mano izquierda, como dirigiendo una invisible orquesta que seguía a su modo los crescendos y diminuendos al compás de la filarmónica en mi cerebro. Al tiempo que mi mano derecha se cerraba, estiraba o temblaba para dar intensidad al pensamiento.
No se en que momento cerré los ojos embebido en el sonido de mis ideas. Como siempre ocurre: me recosté en la banca sin abrir los ojos y me pasé las manos por las sienes hasta lo alto de mi cabeza. Me sacudí el cabello y abrí los ojos para detener el picor de emoción que en ellos imperaba.
Al volver la cara ahí estabas.
Solo dijiste: Hermosa música, te levantaste e hiciste el amago de irte.
Más rápido que el movimiento de un pistón me levanté tras de ti y... Aquí estas, aquí estoy.
Desde siempre mi catarsis han sido las caminatas con el pensamiento puesto en las fronteras de lo que entiendo o vislumbro entender. Seguir el curso de mis pasos sin poner atención a nada relevante.
En ese momento en particular me extasié con las nubes y sin quitarles la vista de encima tomé asiento, en una banca de la plaza.
Algo se movió a mi lado pero no presté atención. Estaba cien por ciento inmiscuido en el efecto mariposa que se desencadena por las pequeñas y sutiles decisiones que tomamos a diario. En la cortesía o su contraparte, en la eficacia e ineficiencia. A cada polo del pensamiento lo acompañaba con movimientos discretos de mi mano izquierda, como dirigiendo una invisible orquesta que seguía a su modo los crescendos y diminuendos al compás de la filarmónica en mi cerebro. Al tiempo que mi mano derecha se cerraba, estiraba o temblaba para dar intensidad al pensamiento.
No se en que momento cerré los ojos embebido en el sonido de mis ideas. Como siempre ocurre: me recosté en la banca sin abrir los ojos y me pasé las manos por las sienes hasta lo alto de mi cabeza. Me sacudí el cabello y abrí los ojos para detener el picor de emoción que en ellos imperaba.
Al volver la cara ahí estabas.
Solo dijiste: Hermosa música, te levantaste e hiciste el amago de irte.
Más rápido que el movimiento de un pistón me levanté tras de ti y... Aquí estas, aquí estoy.
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