Rigel Amenofis
Poeta que considera el portal su segunda casa
La enjundia ágil del venado
lo eleva por encima de nuestro progreso.
El centelleo ámbar del lobo,
flama legendaria de los bosques,
escruta epistemológica-mente
nuestro conocimiento.
La carne de venado
ha sido siempre una carne acerba,
que viaja en el tiempo como arte,
como sombra que hiede a pecado.
Alimentó las tribus antiguas
y ahora nutre los corazones modernos.
Avitualla los sueños y pesadillas
de los habitantes urbanitas...
La índole del venado, egoísta,
afronta los aspirantes a héroes
que apuntan sus fusiles contra su-pervivencia.
El venado y el lobo, emblemas inmanentes
del ánima en la tribu primitiva;
están en los vasos canopes del talante citadino,
cuyo espíritu aún vive en cavernas.
Este clan primitivo venera la civilización
e inmola en el ara de este nuevo Dios;
no obstante, el ciervo irreverente,
mastica el sentido de la cultura
entre su mueca de sonrisa,
mientras el lobo la contempla
con sus acerados ojos ámbar.
El grácil astado se perpetúa
en las cuevas del espíritu.
Ciervo y lobo oscilan latentes
en las adargas anti-alienación.
Como colofón, por la seducción del ámbar,
hemos plagiado en las sirenas
con obituales presagios,
de lo profundo de la montaña
y de la tundra, la tétrica melodía.
8 de Noviembre del 2009
Copyright © Derechos reservados ®
lo eleva por encima de nuestro progreso.
El centelleo ámbar del lobo,
flama legendaria de los bosques,
escruta epistemológica-mente
nuestro conocimiento.
La carne de venado
ha sido siempre una carne acerba,
que viaja en el tiempo como arte,
como sombra que hiede a pecado.
Alimentó las tribus antiguas
y ahora nutre los corazones modernos.
Avitualla los sueños y pesadillas
de los habitantes urbanitas...
La índole del venado, egoísta,
afronta los aspirantes a héroes
que apuntan sus fusiles contra su-pervivencia.
El venado y el lobo, emblemas inmanentes
del ánima en la tribu primitiva;
están en los vasos canopes del talante citadino,
cuyo espíritu aún vive en cavernas.
Este clan primitivo venera la civilización
e inmola en el ara de este nuevo Dios;
no obstante, el ciervo irreverente,
mastica el sentido de la cultura
entre su mueca de sonrisa,
mientras el lobo la contempla
con sus acerados ojos ámbar.
El grácil astado se perpetúa
en las cuevas del espíritu.
Ciervo y lobo oscilan latentes
en las adargas anti-alienación.
Como colofón, por la seducción del ámbar,
hemos plagiado en las sirenas
con obituales presagios,
de lo profundo de la montaña
y de la tundra, la tétrica melodía.
8 de Noviembre del 2009
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