Jairo Castillo Romerin
Poeta adicto al portal
MODOS DE COLEGIR LA VIDA
Pero este modo
en que solemos ser
soledumbres,
pasión en desafuero
acaso
la conjugación de los espacios
en que a rastras
el fuego es quiño
y despertarnos
sobre el gentío
de luces
alrededor del polo
y la excoriación hueca
mordiendo la sonrisa
y disecándonos el alba,
las costas infames
donde danzamos jactanciosos
para proclamar ensalmos
que por fin serán réditos y amparos
y no la forma polícroma de un sol angustioso
y pálidamente a cuestas
de un día inseguro.
Pero la voz, el bostezo, la norma
y un asomarse escuálido
a jardines
donde se pierde siempre
el panorama,
la virtud original
por quien todo se despide,
y no es un simple aroma de montaña
que triste sube
sino la realidad
que apura la fuerza del regreso y retorna
con dos gramos de melancólicos afanes;
todo eso nos jacta, nos inclina
a ser ostracismos sin veletas,
agonías dulces
con cencerros crujiendo en las espaldas,
pero no hay quien nos escuche
no quien torne altivas nuestras manos,
no todavía,
aún no brota de la calle
la egregia sinfonía
de una esperanza sinverguenza.
Pero este modo
en que solemos ser
soledumbres,
pasión en desafuero
acaso
la conjugación de los espacios
en que a rastras
el fuego es quiño
y despertarnos
sobre el gentío
de luces
alrededor del polo
y la excoriación hueca
mordiendo la sonrisa
y disecándonos el alba,
las costas infames
donde danzamos jactanciosos
para proclamar ensalmos
que por fin serán réditos y amparos
y no la forma polícroma de un sol angustioso
y pálidamente a cuestas
de un día inseguro.
Pero la voz, el bostezo, la norma
y un asomarse escuálido
a jardines
donde se pierde siempre
el panorama,
la virtud original
por quien todo se despide,
y no es un simple aroma de montaña
que triste sube
sino la realidad
que apura la fuerza del regreso y retorna
con dos gramos de melancólicos afanes;
todo eso nos jacta, nos inclina
a ser ostracismos sin veletas,
agonías dulces
con cencerros crujiendo en las espaldas,
pero no hay quien nos escuche
no quien torne altivas nuestras manos,
no todavía,
aún no brota de la calle
la egregia sinfonía
de una esperanza sinverguenza.
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