DIEGO
Poeta adicto al portal
Se cruzaban las miradas mecidas por el viento estival que las acompañó cálido, manso y cómplice en cada encuentro de aquel verano de 1980.
Era otra la ciudad, la vida, la playa.
Transitaban la edad inocente que adorna las cabezas despreocupadas que sólo necesitan alimentarse de la bohemia joven; esa que da un infinito manto estrellado pendiendo nocturno sobre sus sienes. Y el silencio. Profundo, pactado, ensordecedor.
Decían que se amaban sin decirlo. Transitaban los cuerpos en espasmos salitrosos y humedades de arenas anochecidas. Silencio rey. Fiesta de los sentidos sin más música que la de sus corazones esperanzados, optimistas.
Confluían las emociones corporales y del alma recostados sobre los vestigios eternos de un día de playa extenso. No importaba. Para ellos era inexistente.
Fundían sus pupilas níveas en sus manos suaves, limpias, inexpertas y ávidas de sentirse vivos. Lo estaban.
Pasaron cada noche de aquellas vacaciones, improvisando visiones maravillosas. Impostores de lo que no tendrían jamás. Pintando sus vidas con los colores de la oscuridad.
Fantaseaban que eran los ojos del mundo, los únicos.
Se quisieron.
Al final de cada encuentro, el dejó mensajes escritos en la arena, para ella.
Cada mañana, los leyó una y otra vez deslizando sus manos sobre la a veces fina, a veces gruesa alfombra dorada.
Era su secreto. Escribir uno, leer la otra.
La mañana amaneció más fría que lo normal para un verano cálido como nunca.
Sus manos recorrieron una y otra vez la tibia arena. No encontró el mensaje tallado en perfecto braile como era costumbre. Nunca más.
Lograron sus lágrimas lo que no pudo el mar. Llevarse consigo los mensajes del buen amor.
Era otra la ciudad, la vida, la playa.
Transitaban la edad inocente que adorna las cabezas despreocupadas que sólo necesitan alimentarse de la bohemia joven; esa que da un infinito manto estrellado pendiendo nocturno sobre sus sienes. Y el silencio. Profundo, pactado, ensordecedor.
Decían que se amaban sin decirlo. Transitaban los cuerpos en espasmos salitrosos y humedades de arenas anochecidas. Silencio rey. Fiesta de los sentidos sin más música que la de sus corazones esperanzados, optimistas.
Confluían las emociones corporales y del alma recostados sobre los vestigios eternos de un día de playa extenso. No importaba. Para ellos era inexistente.
Fundían sus pupilas níveas en sus manos suaves, limpias, inexpertas y ávidas de sentirse vivos. Lo estaban.
Pasaron cada noche de aquellas vacaciones, improvisando visiones maravillosas. Impostores de lo que no tendrían jamás. Pintando sus vidas con los colores de la oscuridad.
Fantaseaban que eran los ojos del mundo, los únicos.
Se quisieron.
Al final de cada encuentro, el dejó mensajes escritos en la arena, para ella.
Cada mañana, los leyó una y otra vez deslizando sus manos sobre la a veces fina, a veces gruesa alfombra dorada.
Era su secreto. Escribir uno, leer la otra.
La mañana amaneció más fría que lo normal para un verano cálido como nunca.
Sus manos recorrieron una y otra vez la tibia arena. No encontró el mensaje tallado en perfecto braile como era costumbre. Nunca más.
Lograron sus lágrimas lo que no pudo el mar. Llevarse consigo los mensajes del buen amor.