Sommbras
Poeta adicto al portal
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Él decía que escribía por amor, o quizá para luchar contra el amor en todas sus formas, que todo lo que escribía era siempre usado en su contra, por eso regaba sus dudas con aceite dulce y melaza; jugo de lilas untaba en los verbos; un farol de luciérnagas colgaba en el desfiladero de las comas; y siempre escribiendo con los pies desnudos, los zapatos vacíos, libres para marcharse hacia el amor que mejor besase, por eso él comenzó a escribir: en el mar de...
Escribía y escribía a dos manos cordones de palabras. Cien, mil, palabras de amor, porque tinta es amor, porque él entendía que toda palabra de amor es amor para aquellos que aman, pero él lo traducía en querencia. También leía del amor; parecía que le volaban las ideas cuando leía todos los libros entre líneas. Para escribir del amor, sentenciaba, sólo se necesita pulir un par de recuerdos, porque inviolables son las leyes de los minerales, también del fuego y de la lengua.
Y continuaba hablando con su hipotético lector, alzaba la voz y extendía la palma de su mano izquierda hacia arriba, sus otras cien manos vigilaban el teléfono mudo.
Tenía memoria flaca; no devolvía libros prestados y sólo se acordaba de las Santas Bárbaras cuando su trompeta le tronaba. Huesos, pelos, palmeras, escamas, lunas, relataba. Escribía que recordaba todo perfectamente, luego miraba sus manos vacías, y tomaba un cigarrillo para recordar mejor todo lo bueno del amor, le pedí que viese mi pobreza, pensaba, le pedí que viese que yo no sabía nada, ni amor ni vergüenza pueden ser siempre completos, todos los martes son malditos, se disculpaba.
Escribía y movía su cabeza a la manera de una mosca; iba volando por encima de su piel inferior; recitaba una y otra frase escrita, hasta que las aprendía de memoria.
Luego trepaba hasta el arriba releyendo. Jadeaba un poco cuando encontraba aquél beso. En él se detenía. Avanzaba por él como de puntillas, porque encontrarte con un beso/beso tiene algo de especial, que por lo demás uno nunca encuentra.
Tal vez ahí esté el error del lector, pensaba: el leyente sabe poco de besos. Por eso él, como escritor, ignora que el leedor apenas sabe de su sabor, y escribe que todo es cuestión de entrenamiento, hasta que el leído haga olvidárselo a su memoria.
Describía campos floreados de besos, bosques de abrazos ardiendo bajo la piel, quería vestir o desvestir la belleza, moverla estrepitosamente, llorar al amor equivocadamente. Llevaba sus ojos tatuados con imágenes, ojos-peces colocaba en cuatricromía, simulando su visión a color del mundo.
Estaba gordo, y sentía que llevar su cuerpo era llevar un cofre. Transportaba una carne con reliquias, huesos de porcelana, en realidad era como todos: cargaba con lo que uno perdió. Pero él sabía que lo que uno perdió siempre lo conserva.
Aún así, llevaba grabada en el vientre una frase ¿Quién vuelve como el que era? tendría que recordar lo disgregado, retroceder el reloj, otra vez el amor cara a cara, como parte del proceso.
Corre, corre, escribe, se decía, la memoria reduce, sepárate de tu espera, entrénate, como si te separases, entrénate, deja tranquila tus manos, coloca tu armadura en la multitud, olvida lo que ella se quejaba, haz como instantes, como intentar recordar un sueño, hasta que lo sueñas.
Y se movía igual que un cangrejo, parecía escribir la sangre con otros nombres, pero sólo escribía para el mutismo del corazón. En realidad, sólo escribía para que las venas del envés del poema se quedasen quietas.
Chus
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Él decía que escribía por amor, o quizá para luchar contra el amor en todas sus formas, que todo lo que escribía era siempre usado en su contra, por eso regaba sus dudas con aceite dulce y melaza; jugo de lilas untaba en los verbos; un farol de luciérnagas colgaba en el desfiladero de las comas; y siempre escribiendo con los pies desnudos, los zapatos vacíos, libres para marcharse hacia el amor que mejor besase, por eso él comenzó a escribir: en el mar de...
En el mar de tu boca..
Escribía y escribía a dos manos cordones de palabras. Cien, mil, palabras de amor, porque tinta es amor, porque él entendía que toda palabra de amor es amor para aquellos que aman, pero él lo traducía en querencia. También leía del amor; parecía que le volaban las ideas cuando leía todos los libros entre líneas. Para escribir del amor, sentenciaba, sólo se necesita pulir un par de recuerdos, porque inviolables son las leyes de los minerales, también del fuego y de la lengua.
Y continuaba hablando con su hipotético lector, alzaba la voz y extendía la palma de su mano izquierda hacia arriba, sus otras cien manos vigilaban el teléfono mudo.
En el mar de tu boca se sumerge un beso..
Tenía memoria flaca; no devolvía libros prestados y sólo se acordaba de las Santas Bárbaras cuando su trompeta le tronaba. Huesos, pelos, palmeras, escamas, lunas, relataba. Escribía que recordaba todo perfectamente, luego miraba sus manos vacías, y tomaba un cigarrillo para recordar mejor todo lo bueno del amor, le pedí que viese mi pobreza, pensaba, le pedí que viese que yo no sabía nada, ni amor ni vergüenza pueden ser siempre completos, todos los martes son malditos, se disculpaba.
En el mar de tu boca se sumerge un beso en otro beso...
Escribía y movía su cabeza a la manera de una mosca; iba volando por encima de su piel inferior; recitaba una y otra frase escrita, hasta que las aprendía de memoria.
Luego trepaba hasta el arriba releyendo. Jadeaba un poco cuando encontraba aquél beso. En él se detenía. Avanzaba por él como de puntillas, porque encontrarte con un beso/beso tiene algo de especial, que por lo demás uno nunca encuentra.
Tal vez ahí esté el error del lector, pensaba: el leyente sabe poco de besos. Por eso él, como escritor, ignora que el leedor apenas sabe de su sabor, y escribe que todo es cuestión de entrenamiento, hasta que el leído haga olvidárselo a su memoria.
En el mar de tu boca se sumerge un beso en otro beso, el fuego se pringa de saliva...
Describía campos floreados de besos, bosques de abrazos ardiendo bajo la piel, quería vestir o desvestir la belleza, moverla estrepitosamente, llorar al amor equivocadamente. Llevaba sus ojos tatuados con imágenes, ojos-peces colocaba en cuatricromía, simulando su visión a color del mundo.
En el mar de tu boca se sumerge un beso en otro beso, el fuego se pringa de saliva. Adentro arder sin escrúpulos pretendo...
Estaba gordo, y sentía que llevar su cuerpo era llevar un cofre. Transportaba una carne con reliquias, huesos de porcelana, en realidad era como todos: cargaba con lo que uno perdió. Pero él sabía que lo que uno perdió siempre lo conserva.
Aún así, llevaba grabada en el vientre una frase ¿Quién vuelve como el que era? tendría que recordar lo disgregado, retroceder el reloj, otra vez el amor cara a cara, como parte del proceso.
En el mar de tu boca se sumerge un beso en otro beso, el fuego se pringa de saliva. Adentro arder sin escrúpulos pretendo, y así en tu agua desaparecer...
Corre, corre, escribe, se decía, la memoria reduce, sepárate de tu espera, entrénate, como si te separases, entrénate, deja tranquila tus manos, coloca tu armadura en la multitud, olvida lo que ella se quejaba, haz como instantes, como intentar recordar un sueño, hasta que lo sueñas.
Y se movía igual que un cangrejo, parecía escribir la sangre con otros nombres, pero sólo escribía para el mutismo del corazón. En realidad, sólo escribía para que las venas del envés del poema se quedasen quietas.
Chus
.