Sommbras
Poeta adicto al portal
Hoy, a pesar de todos los medicamentos del olvido, he hablado con unas asombrosas fotos históricas que me dijeron: "Te he recordado, y nunca más te recordaré"
Quizá me dijeron eso porque no nos gusta recordar; tal vez, porque se puede comparar la edad vieja del cansancio con los colores sepia de las fotos; son colores que gimen y se deshacen bajo la presión del tiempo consumido.
Perdido está quien piensa que asombrar forma parte de la naturaleza del poeta. No es así . Inclusive, a veces, sucede lo contrario.
Yo trabajaba en mi ordenador, abrí las fotos, y mi cabello rapado voló en el aire de otro siglo mientras mis pies nadaron en otra primavera.
De nuevo contemplo la foto de El Che. Sin palabras le comentaba que entonces yo vivía con mis padres; hacía frío; la ventana y la calle despejada de recuerdos; la tinta de los periódicos; Mayka la perrita de la vecina; los colores que nacían en la Navidad; los indios no eran indios y las muñecas eran tan sólo muñecas; la tienda de comestibles; el recreo del colegio; la galleta llevada a la boca; aquel gato negro que siempre volvía a mí; el ojo del caballo, por dios, el ojo de aquel caballo; la muerte de mi abuelita demasiado transparente es cualquier vida íntima, así el silencio de la foto se convertía en fruta cuando El Che me clavaba los metales del recuerdo.
A veces, una fotografía que escapa de su órbita da coces al bloque de la vacuidad espiritual, y cambia su decisión de asesinar el recuerdo. Matar el recuerdo nunca fue la costumbre del poema.
Hablaron las fotos, callaron las palabras, por eso ahora corto y salgo hacia el mundo que me debe más recuerdos.
Salgo sabiendo que no soy otro que yo, que el barco no se hundió y los cuadernos están blancos, que el bramido del mar no se escucha dentro de una cacerola, y que esta noche, cada noche, pasará más rápidamente.
Chus