Arturo Acosta
Reconstructor de sueños rotos
El salón era amplio, muy amplio, todo de blanco;
el piso de mármol y en los muros altos algunos cuadros,
cuadros enormes, ninguno pequeño.
Era de pronto aquella casona, la vieja y enorme casona
que construyó el abuelo, aquél señor de tantos sueños;
y aquella fuente de los deseos, los tuyos, los míos, los nuestros...
Y tú de blanco, toda de largo, con muchos encajes y tu figura
felina y grácil; tu porte, ora de reina, ora de princesa;
y con tu sonrisa, y tu mirada honesta, de transparencia, de plenitud,
lucías radiante, y tu cabellera como jugando entre mis dedos...
Y en tu mano una copa ya medio llena, con vino tinto
de alguna cosecha; yo, mineral en las rocas, con mucho hielo;
sabes que al alcohol lo he deshechado ya de mi cuerpo,
más sigo bohemio, con mis pasiones, con mis anhelos de hombre,
casi de macho, y de dominio mientras te poseo...
Y yo de negro, las mancuernillas aquellas que guardo con tanto celo,
y la camisa, haciéndo uno solo con los encajes de tu vestido.
Todo era bello. Al fin y al cabo, sólo era un sueño.
No había reclamos, ni discusiones, ni bajas pasiones, ni altercados.
Eramos, en esa casona, la vieja casona que construyó el abuelo,
sólo tú y yo, y nuestros recuerdos, y nuestras sonrisas, y nuestros besos...
Todo había empezado allá en la sierra, la Sierra Morena,
allá entre los míos;
luego tú llegaste,
y yo te dí asilo,
en mi corazón entonces vacío.
Ahora no estás, y en los sueños en que te busco,
yo soy feliz, más no contigo
sino con los recuerdos
de lo que vivimos...
el piso de mármol y en los muros altos algunos cuadros,
cuadros enormes, ninguno pequeño.
Era de pronto aquella casona, la vieja y enorme casona
que construyó el abuelo, aquél señor de tantos sueños;
y aquella fuente de los deseos, los tuyos, los míos, los nuestros...
Y tú de blanco, toda de largo, con muchos encajes y tu figura
felina y grácil; tu porte, ora de reina, ora de princesa;
y con tu sonrisa, y tu mirada honesta, de transparencia, de plenitud,
lucías radiante, y tu cabellera como jugando entre mis dedos...
Y en tu mano una copa ya medio llena, con vino tinto
de alguna cosecha; yo, mineral en las rocas, con mucho hielo;
sabes que al alcohol lo he deshechado ya de mi cuerpo,
más sigo bohemio, con mis pasiones, con mis anhelos de hombre,
casi de macho, y de dominio mientras te poseo...
Y yo de negro, las mancuernillas aquellas que guardo con tanto celo,
y la camisa, haciéndo uno solo con los encajes de tu vestido.
Todo era bello. Al fin y al cabo, sólo era un sueño.
No había reclamos, ni discusiones, ni bajas pasiones, ni altercados.
Eramos, en esa casona, la vieja casona que construyó el abuelo,
sólo tú y yo, y nuestros recuerdos, y nuestras sonrisas, y nuestros besos...
Todo había empezado allá en la sierra, la Sierra Morena,
allá entre los míos;
luego tú llegaste,
y yo te dí asilo,
en mi corazón entonces vacío.
Ahora no estás, y en los sueños en que te busco,
yo soy feliz, más no contigo
sino con los recuerdos
de lo que vivimos...
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