La espera más larga

SergioPuch

Poeta recién llegado
I



Lima, 1700

Su pelo, oscuro como una noche sin luna galopaba al pasar del viento, agitado y desordenado. Las sirenas aullaban con fuerza, él había logrado escapar. Ignorando el universo, no miró atrás, solo corrió y no reparó en voltear.

Llegó al puente del río Rímac. Las plantas de sus pies destrozadas reflejaban el intenso ajetreo y roce constante con el asfalto, la sangre que corría por el tarso se adentraba por el metatarso y fluía como un río hacia las falanges. Bañado en rojo intentó escabullirse debajo del puente, sin duda el agrio sabor del sudor y del tibio líquido viscoso indicaría el dulce hedor de la victoria.

Disfrutaba con dificultad sus primeros pasos cuando el descenso hacia la orilla del río comenzó a complicarse. Cada paso se hacía más lejano, el camino se difuminaba a cada pisada que se entremezclaba con la adversidad intrínseca que ofrecía la noche: la oscuridad. Sus ojos como fuego atizado palpitaban al ritmo del tambor de su pecho. Se perdía lentamente del mundo a cada suspiro incompleto, asimétrico. Su ropa agujerada solo contribuía al frío morboso de la noche y al ardor incesante de sus profundas heridas; un golpe seco acabó con sus molestias. Cayó rendido sin previo aviso, se desvaneció.



II



A través de su mirada observó el alba creciente mientras que el cantar de las palomas anunciaba el duro despertar. Movió sus extremidades con delicadeza, apenas las sentía inertes a él, un hormigueo lo poseyó lentamente mientras volvía en sí. A la distancia un sonido áspero que aún no distinguía lo sorprendió. Observó con terrible paciencia a un pequeño hombre gritando una curiosa melodía sobre una carreta blanca e indefensa.

“Revolución caliente,
Música para los dientes
Azúcar, clavo y canela
Para rechinar las muelas”

Esperó, identificó y pensó. Esbozó una sonrisa malévola: un réquiem sonó profundamente en sus oídos. Había encontrado una forma de escape seguro, ideó minuciosamente cada cruel detalle para ponerlo en práctica: solo un movimiento fugaz, único y exitoso, casi lírico.

Al unísono repitieron las voces suya y de su conciencia el plan en un par de segundos. Trepó sigilosamente en el momento en que el personaje que pasaba por el punto que minutos antes había fijado con claridad. Aceleró. El notable derrengue ya era casi imperceptible. Se ubicó a la par del muchacho y se abalanzó sobre él. Cayeron juntos a la pista, tal como lo había planeado, con el coxis sobre su pelvis envolviendo cuidadosamente sus brazos. Desprendían fuego sus ojos cuando colocó sus manos en su cuello y tiró hacia ambos lados en direcciones opuestas.

La calle lo observaba con ojos de complicidad mientras tiraba del cuerpo hacia el páramo. Contempló el silencio. Colocó el cuerpo al lado de las rocas erosionadas. Casi sollozando de alegría fue en busca de la carreta, había dejado las molestias físicas de lado.

Una vez conseguido el objetivo continuó con el astuto plan. Desnudó a su víctima y a sí mismo. Se colocó el traje blanco y mientras le iba colocando el traje a rayas observó en su bolsillo un pequeño reloj: marcaba siete menos cinco.

Le había tomado mucho tiempo completar la ardua tarea, pero lo consiguió con éxito. Cada detalle había sido cubierto; salvo el cadáver. Acabó con su efímera postura alegre y lo contempló detenidamente mientras evaluaba cada una de las variables. Si dejaba el cadáver, le dejaría una coartada perfecta a los policías. Si lo lanzaba al río, también; sin embargo esto último le daría más tiempo, pero no era lo único que necesitaba. La seguridad tenía que estar garantizada.

Aún descontento volvió a la carreta. Un tibio aroma lo sedujo hacia el interior. Satisfizo su apetito sin control hasta que dio cuenta de la capacidad de carga que tenía la misma. Cargó el cadáver, arrimó la basta cantidad de buñuelos hacia la tapa contraria de la carreta. Lo colocó dentro y lo cubrió con los mismos. Ansioso miró el reloj: las siete y media. Comenzaban a contar sus primeros minutos como asesino.


III



El cielo adquiría distintos matices mientras paseaba con la pesada carreta. Ya había desaparecido la actitud agresiva reo, ahora era reemplazada por la tibia inocencia trabajadora del funesto personaje. Dio vuelta a la esquina y al ver un guardia, continuó con su copla.

El policía le hizo una venia y sopló el silbato indicándole que se acerque. Llegó hacia él portando una sonrisa casi verosímil, lo miró a los ojos directamente y sin miedo. Una antítesis corporal lo recorrió: Las gotas de sudor frío caían por su espalda como una una cascada, su pulso, por otro lado, no se hacía sentir.

Colocó la carreta horizontalmente justo en frente del policía, asegurándose que las bisagras lo miraran. El guardia postró sus manos sobre la carreta y le dijo que por favor lo escuchara, que tenía un par de preguntas para él:

-Buenos días, no pretendo quitarle mucho de su valioso tiempo pero me temo que estamos en una situación de rigor. Esta madrugada el asesino de la familia García está ha escapado de prisión y es una persona muy peligrosa. ¿Ha notado algo raro en estas últimas horas? ¿Quizá una persona actuando sospechosamente?-.

Respondió con total calma y tranquilidad:

-Oficial, buen día. Espero poder ayudarlo. Usted sabe que Lima es una ciudad pequeña y que todo de todo lo que sucede se entera uno. Recuerdo haber leído que se declaraba inocente acerca del asesinato de los García pero hasta que no se demuestre lo contrario era condenado a prisión. Ahora, respondiendo a su pregunta, he quedado atónito, no pensé que sería eso posible, es más, estoy aterrado. Si sé de algo no dudaré en decírselo, usted será el primero en saber. Aquí tanto usted como yo corremos peligro.

¿Gusta de una revolución caliente antes de irse?- Preguntó con astucia.

-No se me permite comer en horas de trabajo, siga con su camino, tenga cuidado.- Lo miró sin mucho cuidado y caminó en dirección opuesta.

Siguió con su cantar por un par de cuadras, lucía cansado, tenía nuevamente la sensación del mundo lejano, tenía sed, tragaba saliva con esfuerzo pero no colmaba sus necesidades. Necesitaba reposo pero no había donde, tenía que aguantar un poco más. Miró el reloj: las nueve en punto.

Llegó a la plaza Dos de Mayo, lucía un poco distinta a la última vez, estaba rodeada de policías. Supuso que era una conducta normal de acuerdo a las condiciones y paseó por ahí vociferando. Miró al centro de la plaza, había un grupo de personas bien vestidas, clase medieras, las había de todos los tamaños tanto pequeños como grandes. Estos al percatarse de su existencia arremetieron contra él.

Una horda de por lo menos siete niños se abalanzó sobre la carreta y la abrió. Pensó en coger uno del cuello y asustarlos pero era muy arriesgado. Bajó de la carreta e intentó huir sigilosamente. Los niños hurgaron en esta hasta dar con el cuerpo pálido y tieso que estaba dentro. Gritaron despavoridos y corrieron.

-¡Mami!, ¡Papi ¡Hay un señor en la carretilla, mira papi, ven a ver!-Gritó una niña.

- Hija es el señor que las vende, tiene que haber un señor ahí- respondió.

-No Papi ahí adentro, luce como el abuelo ¿Recuerdas que estaba dormido y medio blanco en su cama la navidad pasada?

El reo agilizó el paso mientras la multitud acudía hacia la carreta. Un silbato sonó a la distancia. Decidió dar media vuelta, no podía quedar impune. Busco a la pequeña delatora y la sujeto del cuello. Se tornó multicolor. Los gritos de los niños se combinaban con los silbatos de los policías que gritaban que la soltara, ya todo estaba perdido.

La niña se adormecía en sus brazos. Un disparo impactó en su pierna derecha. No cedió. Ahora en la izquierda. Cayó pero aún la sostenía. Se revolcaba de dolor con la niña en sus brazos. Finalmente una bala rozó su brazo, y otra impactó en su hombro.

La sangre corría por el empedrado del piso. Lo sostuvieron cuatro policías, perdió el conocimiento.

* * *

Despertó en el mismo pasillo, detrás de las mismas rejas. El reloj de la pared marcaba las siete y media. Recordó el escape, a los médicos en el hospital y el nuevo juicio. Ya no era inocente. Gozó de libertad por horas, ahora serían eternas. Firmó un pacto de decadencia con su alma y libertad.

Miró a través de los barrotes, miró al cielo y pronunció.

“El tiempo no es sino la distancia que hay entre nuestros recuerdos, volveré por más. Podrán encerrar al león en una jaula pero seguirá siendo león.”
 
Última edición:
Felicidades, has logrado que llegara al final de la lectura cuando mis quehaceres me llaman, obligaciones que he tenido que dejar pendiente hasta acabar la bella obra que me ha tenido ensimismada en una hermosa prosa, que consiguen dejarme absorta porque se ha escrito de forma amena, interesante y bien lograda hasta el final, buena obra realizada por un buen escritor, enhorabuena amigo SergioPuch
 
Gracias muchas gracias. Me tomé tiempo en trabajarla y desarrollar cada detalle. Espero de verdad haya sido de tu agrado, espero también poder recibir una calificación de alguna otra persona. Estrellas para ti
 
I




Lima, 1700

Su pelo, oscuro como una noche sin luna galopaba al pasar del viento, agitado y desordenado. Las sirenas aullaban con fuerza, él había logrado escapar. Ignorando el universo, no miró atrás, solo corrió y no reparó en voltear.

Llegó al puente del río Rímac. Las plantas de sus pies destrozadas reflejaban el intenso ajetreo y roce constante con el asfalto, la sangre que corría por el tarso se adentraba por el metatarso y fluía como un río hacia las falanges. Bañado en rojo intentó escabullirse debajo del puente, sin duda el agrio sabor del sudor y del tibio líquido viscoso indicaría el dulce hedor de la victoria.

Disfrutaba con dificultad sus primeros pasos cuando el descenso hacia la orilla del río comenzó a complicarse. Cada paso se hacía más lejano, el camino se difuminaba a cada pisada que se entremezclaba con la adversidad intrínseca que ofrecía la noche: la oscuridad. Sus ojos como fuego atizado palpitaban al ritmo del tambor de su pecho. Se perdía lentamente del mundo a cada suspiro incompleto, asimétrico. Su ropa agujerada solo contribuía al frío morboso de la noche y al ardor incesante de sus profundas heridas; un golpe seco acabó con sus molestias. Cayó rendido sin previo aviso, se desvaneció.



II




A través de su mirada observó el alba creciente mientras que el cantar de las palomas anunciaba el duro despertar. Movió sus extremidades con delicadeza, apenas las sentía inertes a él, un hormigueo lo poseyó lentamente mientras volvía en sí. A la distancia un sonido áspero que aún no distinguía lo sorprendió. Observó con terrible paciencia a un pequeño hombre gritando una curiosa melodía sobre una carreta blanca e indefensa.

“Revolución caliente,
Música para los dientes
Azúcar, clavo y canela
Para rechinar las muelas”

Esperó, identificó y pensó. Esbozó una sonrisa malévola: un réquiem sonó profundamente en sus oídos. Había encontrado una forma de escape seguro, ideó minuciosamente cada cruel detalle para ponerlo en práctica: solo un movimiento fugaz, único y exitoso, casi lírico.

Al unísono repitieron las voces suya y de su conciencia el plan en un par de segundos. Trepó sigilosamente en el momento en que el personaje que pasaba por el punto que minutos antes había fijado con claridad. Aceleró. El notable derrengue ya era casi imperceptible. Se ubicó a la par del muchacho y se abalanzó sobre él. Cayeron juntos a la pista, tal como lo había planeado, con el coxis sobre su pelvis envolviendo cuidadosamente sus brazos. Desprendían fuego sus ojos cuando colocó sus manos en su cuello y tiró hacia ambos lados en direcciones opuestas.

La calle lo observaba con ojos de complicidad mientras tiraba del cuerpo hacia el páramo. Contempló el silencio. Colocó el cuerpo al lado de las rocas erosionadas. Casi sollozando de alegría fue en busca de la carreta, había dejado las molestias físicas de lado.

Una vez conseguido el objetivo continuó con el astuto plan. Desnudó a su víctima y a sí mismo. Se colocó el traje blanco y mientras le iba colocando el traje a rayas observó en su bolsillo un pequeño reloj: marcaba siete menos cinco.

Le había tomado mucho tiempo completar la ardua tarea, pero lo consiguió con éxito. Cada detalle había sido cubierto; salvo el cadáver. Acabó con su efímera postura alegre y lo contempló detenidamente mientras evaluaba cada una de las variables. Si dejaba el cadáver, le dejaría una coartada perfecta a los policías. Si lo lanzaba al río, también; sin embargo esto último le daría más tiempo, pero no era lo único que necesitaba. La seguridad tenía que estar garantizada.

Aún descontento volvió a la carreta. Un tibio aroma lo sedujo hacia el interior. Satisfizo su apetito sin control hasta que dio cuenta de la capacidad de carga que tenía la misma. Cargó el cadáver, arrimó la basta cantidad de buñuelos hacia la tapa contraria de la carreta. Lo colocó dentro y lo cubrió con los mismos. Ansioso miró el reloj: las siete y media. Comenzaban a contar sus primeros minutos como asesino.


III




El cielo adquiría distintos matices mientras paseaba con la pesada carreta. Ya había desaparecido la actitud agresiva reo, ahora era reemplazada por la tibia inocencia trabajadora del funesto personaje. Dio vuelta a la esquina y al ver un guardia, continuó con su copla.

El policía le hizo una venia y sopló el silbato indicándole que se acerque. Llegó hacia él portando una sonrisa casi verosímil, lo miró a los ojos directamente y sin miedo. Una antítesis corporal lo recorrió: Las gotas de sudor frío caían por su espalda como una una cascada, su pulso, por otro lado, no se hacía sentir.

Colocó la carreta horizontalmente justo en frente del policía, asegurándose que las bisagras lo miraran. El guardia postró sus manos sobre la carreta y le dijo que por favor lo escuchara, que tenía un par de preguntas para él:

-Buenos días, no pretendo quitarle mucho de su valioso tiempo pero me temo que estamos en una situación de rigor. Esta madrugada el asesino de la familia García está ha escapado de prisión y es una persona muy peligrosa. ¿Ha notado algo raro en estas últimas horas? ¿Quizá una persona actuando sospechosamente?-.

Respondió con total calma y tranquilidad:

-Oficial, buen día. Espero poder ayudarlo. Usted sabe que Lima es una ciudad pequeña y que todo de todo lo que sucede se entera uno. Recuerdo haber leído que se declaraba inocente acerca del asesinato de los García pero hasta que no se demuestre lo contrario era condenado a prisión. Ahora, respondiendo a su pregunta, he quedado atónito, no pensé que sería eso posible, es más, estoy aterrado. Si sé de algo no dudaré en decírselo, usted será el primero en saber. Aquí tanto usted como yo corremos peligro.

¿Gusta de una revolución caliente antes de irse?- Preguntó con astucia.

-No se me permite comer en horas de trabajo, siga con su camino, tenga cuidado.- Lo miró sin mucho cuidado y caminó en dirección opuesta.

Siguió con su cantar por un par de cuadras, lucía cansado, tenía nuevamente la sensación del mundo lejano, tenía sed, tragaba saliva con esfuerzo pero no colmaba sus necesidades. Necesitaba reposo pero no había donde, tenía que aguantar un poco más. Miró el reloj: las nueve en punto.

Llegó a la plaza Dos de Mayo, lucía un poco distinta a la última vez, estaba rodeada de policías. Supuso que era una conducta normal de acuerdo a las condiciones y paseó por ahí vociferando. Miró al centro de la plaza, había un grupo de personas bien vestidas, clase medieras, las había de todos los tamaños tanto pequeños como grandes. Estos al percatarse de su existencia arremetieron contra él.

Una horda de por lo menos siete niños se abalanzó sobre la carreta y la abrió. Pensó en coger uno del cuello y asustarlos pero era muy arriesgado. Bajó de la carreta e intentó huir sigilosamente. Los niños hurgaron en esta hasta dar con el cuerpo pálido y tieso que estaba dentro. Gritaron despavoridos y corrieron.

-¡Mami!, ¡Papi ¡Hay un señor en la carretilla, mira papi, ven a ver!-Gritó una niña.

- Hija es el señor que las vende, tiene que haber un señor ahí- respondió.

-No Papi ahí adentro, luce como el abuelo ¿Recuerdas que estaba dormido y medio blanco en su cama la navidad pasada?

El reo agilizó el paso mientras la multitud acudía hacia la carreta. Un silbato sonó a la distancia. Decidió dar media vuelta, no podía quedar impune. Busco a la pequeña delatora y la sujeto del cuello. Se tornó multicolor. Los gritos de los niños se combinaban con los silbatos de los policías que gritaban que la soltara, ya todo estaba perdido.

La niña se adormecía en sus brazos. Un disparo impactó en su pierna derecha. No cedió. Ahora en la izquierda. Cayó pero aún la sostenía. Se revolcaba de dolor con la niña en sus brazos. Finalmente una bala rozó su brazo, y otra impactó en su hombro.

La sangre corría por el empedrado del piso. Lo sostuvieron cuatro policías, perdió el conocimiento.

* * *

Despertó en el mismo pasillo, detrás de las mismas rejas. El reloj de la pared marcaba las siete y media. Recordó el escape, a los médicos en el hospital y el nuevo juicio. Ya no era inocente. Gozó de libertad por horas, ahora serían eternas. Firmó un pacto de decadencia con su alma y libertad.

Miró a través de los barrotes, miró al cielo y pronunció.

“El tiempo no es sino la distancia que hay entre nuestros recuerdos, volveré por más. Podrán encerrar al león en una jaula pero seguirá siendo león.”



Tema movido a FORO PROSA GENERALES.

En el foro de obras maestras en prosa sólo se admite un tema por usuario. De los 3 temas que tiene publicados en obras maestras en prosa, se le mueven 2 a foro generales.

Cualquier otro tema que usted publique en Obra Maestra será borrado sin aviso previo. Si se reincide se le vetará la entrada al foro de Obras maestras.

Favor de leer el sistema de infracciones que se le aplicará en caso de nueva publicación en Obra Maestra:

http://www.mundopoesia.com/foros/Temas-generales/anuncio-sistema-de-infracciones.html

Si usted desea cambiar su obra maestra tiene que avisar a la administración o moderador del foro y ellos moverán el tema al foro que usted elija y ya podrá publicar uno nuevo en "obra maestra".

MAMEN
EQUIPO DE MODERACIÓN
MUNDOPOESíA.COM.
 

MundoPoesía se mantiene gracias a la publicidad y al apoyo (opcional) de nuestra comunidad.

♥ Hacer una donación
Atrás
Arriba